Las primeras imágenes de Sólo las bestias (2019), película de ficción del realizador francés (nacido en Alemania) Dominik Moll, resultan enigmáticas. Un joven de color pedalea en bicicleta por las calles de Abidjan (Costa de Marfil) con un ternero en sus espaldas. Se detiene en un edificio, donde se presenta como Rolex, y pide ver a Papá Sanou, quien permanece fuera de campo. Aunque luego pasemos a una región montañosa en temporada invernal, nevada y con vientos que arrecian en Francia, algo en ese pequeño animal que se entrega hace pensar en un cordero sacrificial, una víctima que paga una serie de pecados de la humanidad. Aquí es donde esta línea se entronca con la dimensión del policial de enigma a la que somos introducidos durante la parte del film que transcurre en Francia.

Durante una noche de tormenta de nieve y viento desaparece una mujer francesa, de muy buena posición económica, que pasaba unos días en su casa de descanso en la región del Causse. El policía Cedric Vigier (Bastien Bouillon) comienza a interrogar a una serie de personajes que podrían estar vinculados a esa desaparición, y cuyas vidas se encuentran entrelazadas, a partir de sus silencios y secretos. Y la cuestión será entonces cómo ligar el enigma policial con esas primeras imágenes del prólogo, vínculo que se revelará en el tramo final del film.

Lo interesante de la película es que si bien está narrada en una temporalidad lineal se encuentra estructurada en cuatro capítulos que llevan el nombre de los cuatro de personajes principales: Alice, Joseph, Marion y Amandine. De manera que cada capítulo va aportando nueva información al espectador desde el punto de vista de cada personaje, desbaratando a cada paso las ideas y sospechas que habíamos construido previamente sobre el potencial autor del crimen y sus motivaciones. El relato sostiene el clima de suspenso durante toda la película, apoyado en un buen trabajo con la luz (ambientes oscuros y penumbras), los colores apagados (salvo el rojo que identifica a Marion/Amandine en tanto objeto de deseo) y el uso del paisaje, desolado y hostil en Francia –que transmite el vacío interior de la vida de cada uno de los personajes y la frialdad de los vínculos-, en contraposición con el sórdido y bullicioso Abidjan, dando cuenta de la situación de abandono humanitario de esas vidas que se sostienen en una precaria languidez.

El crimen inicial, la desaparición de Evelyne Ducat (Valeria Bruni Tedeschi), no va a ser algo que la policía llegue a resolver (algo que evoca el gesto presente en los buenos cuentos policiales donde la figura del policía siempre se revela como un funcionario corto de miras, y es el detective amateur o privado quien resuelve el caso), pero no obstante se revelará el asesino y sus motivos al espectador. Por otra parte, podemos plantear que la pesquisa en sí no es lo que interesa al  director (de hecho no hay un capitulo desde el punto de vista del policía), sino que es un disparador para dar cuenta de una intrincada red de relaciones humanas que se unen por el azar y la desesperación y a partir de los cuales dar tratamiento a los temas que sí le interesa abordar.

Cada uno de los personajes lleva una doble vida, siempre oculta. Alice (Laure Calamy), la trabajadora de seguros que hace sus rondas entre los moradores de la región del Causse, principalmente dedicados a la ganadería, tiene un amorío con Joseph (Damien Bonnard). Su esposo Michel (Denis Ménochet), que maneja el establo ganadero, la engaña manteniendo, durante sus horas de trabajo, un amor cibernético con Amandine, a quien le envía cuantiosas sumas de dinero a espaldas de Alice. Mientras su esposo Guillaume (un empresario de la minería) se encuentra en viaje de negocios, Evelyne mantiene un affaire con la joven camarera Marion (Nadia Tereszkiewicz), a quien conoce en el sur de Francia. A su vez Guillaume tiene también una amante en la colonia francesa donde regularmente viaja por su trabajo. El director revela de esta manera la hipocresía de la institución matrimonial. Vemos parejas en las que se ha perdido el amor y que se sostienen por mera costumbre o conveniencia, donde prima un silencio incómodo y hostil que conduce a los involucrados a la búsqueda de un deseo que vivifique sus apáticas vidas, por fuera del lazo establecido.   

Joseph – de apellido Bonnefille, “buena hija”, he ahí una clave- es un hombre solitario, pasivo y antisocial, dedicado a sus animales y a su perro. Es el candidato perfecto sobre el cual recaen nuestras primeras sospechas. Perturbado por lo que llama “susurros” y habiendo perdido recientemente a su madre, es un personaje que evoca y homenajea al Norman Bates de Psicosis. En esta línea, la foto enmarcada en la pared de su casa, tomado de la mano de su madre cuando era niño, es una clave de lectura. Su dificultad para separarse del objeto perdido no puede sino sumirlo en una melancolía que expande la sombra del objeto perdido sobre él, sin poder hacer otra cosa que perderse a sí mismo y para el mundo.

El modo en que se estructuran las relaciones entre Marion y Evelyne y entre Michel y Amandine también es significativo y habla de los lazos en la época contemporánea. Marion le dice a Evelyne que quisiera que estuvieran “pegadas”, no tolera el límite que plantea Evelyne a la continuidad del vínculo. Se trata de un amor fusión, asfixiante; que apunta a hacer del dos un uno total y absoluto. Por su parte, Michel construye a su partenaire en sus fantasías, a partir de imágenes y videos de internet; se trata de un otro sin cuerpo, en el cual proyecta una imagen idealizada a cuyas demandas se somete y se rebaja, y sobre la cual deposita -cuando finalmente la ve- toda la posesividad machista de tomarla como objeto de pertenencia y de cuidado respecto de terceros, con todas las consecuencias nefastas que de allí se desprenden. Por otra parte, que se recurra a la anónima virtualidad marca algo de la dificultad en la época contemporánea para estructurar lazos que se sostengan en el encuentro entre los cuerpos y da cuenta de la soledad como signo de nuestro tiempo.

Otro cariz que permite tomar la película es su dimensión social. Totalmente olvidados por el Estado y por quien fuera su país colonizador (Francia), los jóvenes en situación de vulnerabilidad en Costa de Marfil se ven empujados al delito, como forma de supervivencia, como modo de pertenecer a una sociedad que basa su reconocimiento y su inclusión en el dinero con que se cuente,  como signo de éxito o de fracaso. Esto es fundamental: mientras Armand (Guy Roger ‘Bibisse’ N’Drin) tiene dinero es el alma de la fiesta, es validado por sus pares y puede hasta pensar en una posible reconciliación con Monique (Marie Victorie Amie), la madre de su hija, quien a su vez se sostiene en los lujos que le provee su amante francés, como modo de subsistir.

Finalmente, Sólo las bestias, resulta un título apropiado: los animales que aparecen en el film no se muestran hostiles, más bien son pasivos y dependientes y hasta explotados por el hombre. Es el hombre que presenta su aspecto bestial: el que engaña por soledad, estafa por dinero, el que hiere o no soporta la pérdida del amor, pudiendo llegar a actos extremos. Es que en el terreno del hombre sus instintos y necesidades están pervertidos por la intervención del lenguaje, que los convierte en deseo y lo que se desea no es el bien. De ahí que sólo en la dimensión del hombre pueda existir la crueldad.

Con una narrativa original construida a partir de los cambios del punto de vista, un buen uso de los recursos técnicos y del elenco actoral, el crimen se presenta en Sólo las bestias como la punta del iceberg con al cual el director Dominik Moll permite reflexionar sobre los modos de lazo amoroso en el época contemporánea, sobre la deuda de Francia con sus colonias y apunta al corazón mismo de la crueldad humana.  

Calificación: 8/10

Solo las bestias (Seules les bêtes, Francia, 2019). Dirección: Dominik Moll. Guion: Dominik Moll, Gilles Marchand, Colin Niel. Fotografía: Patrick Ghiringelli. Montaje: Laurent Rouan. Elenco: Denis Ménochet, Laure Calamy, Damien Bonnard, Valeria Bruni Tedeschi, Nadia Tereszkiewicz, Guy Roger ‘Bibisse’ N’Drin, Marie Victorie Amie, Bastien Bouillon. Duración: 117 minutos.


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