«Podemos conocer a los antiguos, podemos conocer a los clásicos, podemos conocer a los escritores del siglo XIX y a los del principios del nuestro, que ya declina. Harto más arduo es conocer a los contemporáneos. Son demasiados y el tiempo no ha revelado aún su antología. Hay, sin embargo, nombres que las generaciones venideras no se resignarán a olvidar. Uno de ellos, es, verosímilmente, el de Dino Buzzati». Así comienza el prólogo dedicado por José Luis Borges a la reedición de El desierto de los tártaros, elegida como parte de su arbitraria biblioteca personal. Buzzati no es un escritor que venga a la mente inmediatamente cuando se reflexiona sobre la literatura italiana de los años previos a la Segunda Guerra, en parte porque su fama fue exigua y apenas difundida, en parte por las circunstancias de su personalidad y oficio. Nacido en la antigua ciudad de Belluno, cerca del Véneto y de la frontera con Austria -como cuenta el mismo Borges-, fue primero periodista y se entregó después a la literatura fantástica. Su padre era profesor de la Universidad de Pavía, su familia culta y acomodada. Buzzati creció en un ambiente marcado por las artes, tocaba el violín, estudiaba dibujo. Eran los años del fascismo y, entre su pasión por la naturaleza y el ascenso a montañas escarpadas, se recibió de abogado y entró como redactor en el Corriere della Sera, en Milán. Las primeras novelas de Buzzati son de los años 30, alimentadas por sus corresponsalías para el diario, su introspectivo estado de ánimo y sus variadas lecturas. Según Borges, su vasta obra -de la que El desierto de los tártaros es considerada la mejor novela- está teñida de frecuentes alegorías y exuda cierta angustia y algo de magia. Edgar Allan Poe y la novela gótica han influencias declaradas por el propio autor.  

Según contaba el director Valerio Zurlini, Buzzati había encontrado inspiración para El desierto de los tártaros en la misma redacción del Corriere, donde todos vivían a la espera de un magnífico acontecimiento y finalmente nada sucedía. Así, el libro está regido por el método de la postergación indefinida y casi infinita, frecuente en las historias de Kafka, su otra influencia evidente. Sin embargo, como también señala Borges, «mientras el ambiente de las ficciones de Kafka es gris, tedioso y burocrático, en esta obra hay siempre un anhelo, temido y esperado». Ese anhelo es la vida de gloria en la batalla, la llegada del ejército enemigo en el horizonte, la aparición de los misteriosos tártaros. Narrada en tercera persona y concentrada en la figura de Giovanni Drogo, un teniente cuyo destino es la Fortaleza Bastiani en una frontera muerta y olvidada, la novela se abre al retrato de la soledad en ese confín militar, cercado por una ciudad abandonada y un vasto desierto. La mente de Drogo oscila entre el intento de huida y el impulso de permanencia. Nada en ese mundo exterior, en la ciudad de su infancia, en la casa de su madre, puede competir con ese sueño de grandeza. Buzzati penetra en la mente de su personaje, desnuda sus miedos en sucesivos sueños y apariciones, y juega con la verdad de lo visto, como la aparición del caballo, las manchas en movimiento y el avistaje de la carretera.

Buzzati consigue que los espacios de la fortaleza y el desierto sean reales y simbólicos al mismo tiempo, que allí se conjuguen muertes y desgracias, miedos y desafíos. Entreteje las relaciones de Drogo con sus compañeros: algunos con los que comparte su deseo de ser trasladado, otros que se adhieren a esa pompa militar vacía, y otros que se escudan en maniobras ruines y egoístas. Lo difícil para llevar al cine es la relación que cultiva Drogo consigo mismo, los dilemas de su conciencia, los fantasmas de su memoria. Buzzati sostiene un tiempo y un lugar sin un anclaje concreto (aunque quede en evidencia que las fuerzas militares pertenecen al Imperio Austrohúngaro), que pertenece más a la epopeya que a la narrativa realista. De allí la influencia del fantástico y su aire de fábula. El caballo, los tártaros, el goteo del aljibe son representaciones mentales, contagiadas de un sentido que luego se desvanece. El destino de Drogo y sus compañeros de armas es esperar el asalto de los tártaros o bárbaros de Asia, que alguna vez, hace mucho tiempo, asolaron las lejanas fronteras del Imperio. Buzzati lo describe de esta forma: “Del desierto del Norte debía llegarles la fortuna, la ventura, la hora milagrosa que por lo menos una vez toca a cada uno. Por tal eventualidad vaga, que parecía hacerse siempre más incierta con el transcurso del tiempo, hombres hechos consumían allí la mejor parte de su vida”.

Se dice que Buñuel había querido adaptar la novela y luego no pudo. En tal caso, el gran motor del proyecto fue el actor francés Jacques Perrin, quien asumió el personaje de Giovanni Drogo y la producción, con la colaboración de Michelle de Broca, más el aporte de capitales italianos, franceses y alemanes. En la escritura del guion participaron, sucesivamente, el británico Charles Wood, el español Jorge Semprún, los franceses Pierre Schoendorfer y Jean-Louis Bertucelli, y el húngaro Miklós Jancsó. Finalmente fue André Brunelin quien rescribió todo desde el principio y le proporcionó la estructura definitiva, bajo la supervisión del propio Valerio Zurlini, el director elegido. Si bien la figura de Drogo es la entrada al mundo de la fortaleza, las exigencias cinematográficas requieren que las interacciones con los otros personajes sean la clave para definir el carácter del héroe. Así, Zurlini armó un elenco de notables para interpretar a los militares que son parte de la vida de Drogo en su reclusión. De todos los vínculos el de Drogo y Hortiz (Max von Sydow) es el clave: el recién llegado que mantiene la esperanza; el que sigue las reglas con el recuerdo de haber visto a los tártaros y haber esperado su ataque. No hay vida más allá de la fortaleza, salvo una escena inicial que nos ubica en el tiempo (1907-1914) a través de la madre (y luego la novia) que despiden a Giovanni en la partida hacia su destino (de hecho la despedida de su casa es solo de su habitación y sus cosas, ya no de quienes la habitaron).

El uso del espacio fue clave para Zurlini. Para el rodaje, el director encontró una guarnición decadente, también rodeada por un desierto, ubicada cerca de la ciudad medieval de Bam, en el territorio iraní al límite con Afganistán. Zurlini consiguió una sobria elaboración visual -con el uso de los planos amplios de la blanquecina ciudadela y la laberíntica y fantasmal fortaleza- que transmite plenamente la atmósfera de misterio y soledad que reina en la novela. Contribuyen a crear ese clima: la iluminación de Luciano Tovoli, la escenografía de Giancarlo Bartolini Salimbeni y la música de Ennio Morricone. La película está impregnada de una singular épica, que consiste en sugerir una acción que nunca se concreta, y finalmente queda reducida a ceremonias rituales, cenas solemnes, cambios de guardias, secretos compartidos y una ansiedad que paulatinamente se va transformando en un desequilibrante deseo de entrar en combate para quebrar la insoportable y esquizofrénica rutina. La fuerza vital permanece atrincherada como metáfora de espera que se convierte en destino. La disciplina militar, el peso de las jerarquías, el orden establecido al margen de la lógica configuran la armazón a través de la cual circula el símbolo de una sociedad amurallada, dispuesta a morir a cambio de un destello que la consuma y la justifique.

Zurlini intenta apropiarse de la historia, que recorre varios de los tópicos de su cine: los dilemas en el comienzo de la vida, los vínculos afectivos, los sueños y renunciamientos. «En mayor o menor medida –comentó el director–, ¿qué he contado hasta hoy en mi cine? La soledad del hombre, su imposibilidad de ser feliz, el carácter efímero de todos sus encuentros, la caducidad de los sentimientos. Creo mucho en los sentimientos, pero creo todavía más en su precariedad”. Y esa apropiación la hace recortando aquellos elementos que distraen la concentración, y amalgamando esa mirada interior que Buzzati ofrece sobre Drogo al retrato de ese mundo alrededor. De ahí que el ataque final, que en la novela es del Ejército del Norte, quienes construyeron la carretera y Buzzati describe como “un denso hormiguear de hombres y de convoyes que bajaban hacia la fortaleza”, en la película concluye con la llegada quizás sólo imaginaria de los míticos tártaros, una masa oscura, no fácilmente definible, como si los invasores fueran sólo la proyección de una pesadilla.

En ese sentido, la penúltima imagen del horizonte oscurecida por una fuerza que avanza es una visión increíble; es el cumplimiento de una promesa y marca la invasión oscura de la muerte. Eso que señala Buzzati en su texto: “Giovanni Drogo sintió entonces nacer en él una última esperanza. Él, solo en el mundo, enfermo, rechazado por la Fortaleza como un peso inoportuno; él, que había quedado detrás de todos; él, tímido y débil, osaba imaginar que todo no había acabado: porque quizás había llegado su gran ocasión, la batalla definitiva que podía pagar su vida entera”. Y esa batalla era la de su propia muerte. Y Zurlini respeta la esencia de ese desenlace: sin poder exhibir el debate interno del personaje en el interior de la conciencia, lo deja entrever en el contrapunto con el teniente Simeon (Helmut Griem) y en la aceptación final de irse en la carroza. Drogo muere con la certeza de haber aceptado su “destino” y la tristeza de no haber alcanzado a vivir sus sueños de gloria. “Ve al encuentro de tu muerte como soldado –escribe Buzzati en el último capítulo– y que tu errada existencia al menos termine bien. Véngate finalmente de la suerte, nadie cantará tus alabanzas, nadie te llamará héroe o algo semejante; pero por esto mismo vale la pena. Traspasa con pie firme el límite de la sombra, derecho como en un desfile, y sonríe, si puedes. Después de todo la conciencia no pesa demasiado y Dios sabrá perdonar”.

El desierto de los tártaros (Il deserto dei tartari, Italia/Francia/Alemania, 1976). Dirección: Valerio Zurlini. Guion: André G. Brunelin, Jean Louis Bertucelli y Valerio Zurlini (sobre la novela de Dino Buzzati). Fotografía: Luciano Tovolli. Montaje: Franco Arcalli, Raimondo Crociani. Elenco: Jacques Perrin, Vittorio Gassman, Guliano Gemma, Helmut Griem, Philippe Noiret, Francisco Rabal, Fernando Rey, Jean-Louis Trintignant, Max von Sydow. Duración: 140 minutos.


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