Señora de todos. El cine alemán de posguerra podría distinguirse a través de dos siglas: AF y DF, respectivamente ‘Antes de Fassbinder’ y ‘Después de Fassbinder’ (es cierto, llevamos a Herzog en el corazón, pero el viejo Werner es un alemán de todo el mundo, el universo queda chico para su ambición de viajero romántico). Fassbinder deshizo al cine alemán y lo volvió a armar, al tiempo que desarmaba a la historia de Alemania y el presente en que le tocó vivir. Nada fue igual en el cine alemán desde su muerte. Ese cimbronazo tiene consecuencias hasta ahora sobre la discordante superficie que hoy presenta ese cine.

Por un lado, películas de gran producción, temas “serios” en donde la traumática historia alemana, el nazismo en particular, es sometida a una revisión tranquilizadora, dirigida a un público masivo –no solo local- necesitado de alguna forma de expiación indolora. Hitler como una anomalía, un hongo venenoso nacido por arte de magia (negra) en un campo de flores: La caída (Olivier Hirschbiegel, 2004). La reivindicación del culto al deber y la disciplina que engendraron al nazismo, oculta detrás de un realismo sucio de vómitos, mierda y metralla: El bote (Wolfgang Petersen, 1981). La misma mirada se dirige hacia la más cercana historia comunista del oriente alemán. “Yo no fui” es el lema de ese cine conformista y exitoso: GoodBye Lenin (Wolfgang Becker, 2003); La vida de los otros (Florian Henckel Von Donnersmark, 2004). Por fuera del cual hay una diversidad despareja no siempre bien conocida; ejemplos: el transhumante Volker Schlöndorff, la dogmática Margarethe Von Trotta, el inclasificable Hans Jürgen Syberberg; el notable Cristian Petzold, el que en los últimos años hizo renacer las esperanzas en el cine alemán; el que con coraje y maestría hace un cine frontal, riguroso y bello que da la cara al pasado y al presente germano; canto a la desesperanza que evoca las oscuridades del viejo romanticismo alemán y, por oposición, al aparente cinismo de Fassbinder.

Por allí, jugando de líbero, filtrándose entre generaciones (es diez años menor que RFW, que Von Trotta o Schlöndorff, veinte la separan de Syberberg, y es cinco años mayor que Petzold), como si no le debiera nada a nadie, está Doris Dörrie. Nacida en 1955, plena posguerra, sus películas (cinco estrenadas en Argentina sobre un total de veintiuna. Hombres, 1985. Nadie me quiere, 1995. ¿Soy linda?, 1998. Sabiduría garantizada, 2000. Las flores del cerezo, 2008) son comedias de apariencia ligera, que transcurren entre gente común, personajes flotantes en la tranquilidad del ahora tambaleante estado de bienestar de Europa occidental.

A Dörrie no le interesan los grandes retratos ni las dimensiones del tiempo; sus protagonistas parecen no tener un pasado ni enfrentar un porvenir; su cine es puro presente, cuentos sin locura ordinaria, apenas historias de amor y desamor, de personas desencontradas consigo mismas, de descubrimientos y separaciones. Casi nada. Los hombres y las mujeres de Dörrie se juntan, se separan o se mezclan; como en Hombres, en donde Julius descubre que su esposa Paula lo engaña con Stefan y comienza una estrategia de acercamiento a su rival para reconquistar a su mujer. Los rivales devienen amigos mientras, no muy oculta, se dibuja una discreta atracción sexual entre ellos; Paula se limita a mirarlos, entre maternal y divertida, dos hombres que juegan como chicos descubriendo(se) y una mujer adulta que se deja elegir.

Mirada femenina sin subrayado ni admoniciones; que también puede volverse, con igual espíritu, sobre otra mujer; como en Nadie me quiere, en donde Fanny se ve llegar a la treintena sola y sin perspectiva de dejar de estarlo. Frágil e inestable en un mundo en donde todos lo son pero lo disimulan, Fanny se inscribe en un curso para amigarse con la muerte, duerme en un ataúd y se hace íntima amiga de un estrafalario seudo hechicero africano, un gay que le predice inciertos futuros venturosos de amor. De cómo la magia fraudulenta puede convertirse en realidad y la amistad y el amor concretarse en dimensiones surrealistas, trata Nadie me quiere, cerrada con una secuencia de títulos a la vez simple, bella y optimista; mientras los títulos corren a la derecha, un pequeño recuadro muestra a todos los personajes agrupados como para una foto en el otro extremo, haciéndole coro a Edith Piaf en ‘Non, Je Ne Regrette Rien’.

Arrepentirse quizá, retroceder tal vez, avanzar algunas veces; tal podría ser una síntesis del cine de Dörrie; en la coral ¿Soy linda?, en donde las idas y vueltas entre España y Alemania enhebran los cruces y desencuentros de un grupo de personas en busca de sí mismos en la figura de otro/a. Sabiduría garantizada es, al menos entre sus películas aquí conocidas, la más despojada y emotiva de todas; al mismo tiempo la que reúne todos sus temas y profundiza hasta el extremo su estilo de una intimidad y detallismo que llenan a sus películas de calidez y cercanía (Dörrie prefiere filmar con los mismos actores y equipos técnicos, su DF fue hasta su muerte en 1998, su esposo Helge Weindler). Dos hermanos, uno –Uwe- pragmático, casi rústico; otro –Gustav- pequeño y delicado, practicante de la espiritualidad oriental en su versión occidental de autoayuda, viajan juntos, casi forzados, a Japón para una práctica de vida y meditación en un monasterio budista. Atrás quedan familia y obligaciones, Tokio los despoja de cualquier símbolo de su identidad occidental, dinero, pasaportes, ubicación geográfica. Los hermanos están solos y deben empezar de nuevo en un mundo ajeno; sujetos a la dureza de la disciplina monástica, los ánimos, los hábitos y las personalidades cambien y se intercambian. Los hermanos terminan refugiados en una carpa, apenas si quedan sus siluetas iluminadas desde adentro, bien adentro, mientras la cámara se eleva y los empequeñece y los hermana como nunca, y los acerca a nosotros en nuestra propia y fugaz hermandad de espectadores.

La paz -al menos la interior- es posible, dice Dorrie; quien filmó esta película luego de la crisis espiritual que le provocó la muerte de su esposo. Crisis que la llevó al budismo, una solución íntima pero al alcance de todos, como el cine de la señora Doris Dörrie.


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