The_Rover-2013“Diez años después del colapso económico global”, con esta única y brevísima leyenda arranca El cazador, una película ubicada a mitad de camino entre la ciencia ficción, el western y la road-movie, con rescatables actuaciones de Guy Pearce (Memento, La máquina del tiempo) y Robert Pattinson (de la saga de Crepúsculo: quién lo hubiera anticipado) y algunos fallos en su ritmo narrativo y en la verosimilitud de los personajes. A esta altura del partido, sin embargo, cualquier distopía que no parta de la premisa de una epidemia zombie o recurra a los excesos del cine catástrofe para seducir a las audiencias, principales variantes en las que la industria cinematográfica acostumbra dilapidar el patrimonio poético de la ciencia ficción, merece por lo menos una cuota de mi atención.

El cazador (cuyo título original es The Rover) transcurre en las carreteras del desierto australiano, luego de una crisis social planetaria que deja a la humanidad en una situación casi terminal. Retracción del Estado como garante del bienestar y la seguridad física de las personas, escasez o falta total de dinero circulante −esa emulsión que suaviza las transacciones sociales−, migraciones masivas, decadencia absoluta de la infraestructura y los servicios públicos, son algunos de sus elementos. A este escenario desolador es arrojado Guy Pearce (y nosotros con él) cuando al hacer una parada en la ruta, un grupo de matones que, a su vez viene escapando de un tiroteo, le roban su automóvil. Pero Eric, el personaje de Pearce, no es un tipo que se deje llevar por delante así nomás y el robo desata a una violenta persecución en la que veremos rodar varias, muchas cabezas. Si este panorama −el robo, el maltrato− lo indigna profundamente y le resulta casi intolerable, entonces Ud. como yo seguramente ha de pertenecer a los sectores medios de nuestra población, y también seguramente empatizará con la reacción del bueno de Eric-Pearce: su expresión de amargura y la fría resolución de buscar venganza a balazo limpio, matando, matando y matando. Primer agujero en el tejido del personaje. ¿Tanta violencia por un coche? (Recordemos que el mundo se ha venido abajo). ¿Qué contiene ese coche que amerite semejante furia? Por el momento no lo sabremos.

Sin embargo, cuidado, pues hay un anclaje lógico para el frenesí asesino de nuestro protagonista y la película en general. Ante la ausencia del Estado, es decir, ante la carencia de una instancia superior que limite, regule y encauce los conflictos entre terceros, la amenaza (creíble, demostrable) del uso de la fuerza, la promesa de que hasta la más mínima ofensa ha de ser cobrada, constituye la única protección ante abusos presentes y futuros. Es lo que los psicólogos sociales llaman “cultura del honor”, concepto que permite entre otras cosas explicar los altos niveles de brutalidad que caracteriza la vida en villas y favelas y, por supuesto, en la arena internacional, y le otorga sustancia a las grandes películas de mafiosos y vaqueros. También es la demostración irrefutable de que la mirada edulcorada sobre los pueblos amerindios pregonada desde la izquierda y algunos ámbitos universitarios constituye ficción romántica (y para peor, condescendiente y etnocéntrica). La edad de oro, el mito del buen salvaje, etc. Lo sé, me estoy yendo por las ramas, volvamos a la película.

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La cuestión es que en su extensivo rodar por los caminos −una de las acepciones posibles de “rover” es la de “vagabundo” o “trotamundos”−, Eric tropezará con el hermano de uno de sus asaltantes, Rey, un muchacho con claras dificultades cognitivas, notablemente interpretado por Robert Pattinson. Tras encontrarlo al borde de la muerte a causa de un tiroteo, Eric le salva la vida sólo con el propósito de obtener información acerca del paradero de su coche, única cosa que parece importarle en el mundo. A medida que la historia avance, Eric y Rey establecerán un vínculo que concentra todo el interés humano de la película, uno taciturno y sin alma, el otro como ido, totalmente incapaz de valerse por sí mismo, los dos armados y peligrosos. Luego hay más desiertos, más pueblos perdidos, sangre, un sol tremendo y sólo un poco, realmente casi nada, de suspenso y buena fotografía.

El trailer y la campaña gráfica de El cazador prometía algo bastante cercano a la extraordinaria La carretera (The Road, de 2009, tan extraordinaria como la novela de Cormac McCarthy en la que se inspira). Con esa ilusión fui al cine, pero el producto final no satisface las expectativas.

El cazador (The Rover, Australia/EUA, 2014), de David Michôd, c/Guy Pearce, Robert Pattinson, Scoot McNairy, Tawanda Manyimo, David Field, Scott Perry, 102′.