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La opera prima de Iván Vescovo apuesta al film noir, pero con una marcada impronta policial en donde al final todo se resuelve como en un puzzle. La idea no es mala, la trama es interesante, aunque algunas decisiones atenten contra el esquema del «misterio a resolver».

Los primeros minutos de la película nos muestran a la pareja protagónica Alma (Guadalupe Docampo) y Ulises (Nicolas Woller) muy enamorados, se besan todo el tiempo, Nicolás es fotógrafo profesional full time y, además, está prácticamente toda la película cargando su cámara y tomando fotos. Alma es una estudiante de Letras que trabaja en un bar y que parece tener ciertas tendencias suicidas. Al menos eso es lo que nos hacen creer a los espectadores cuando, tras los títulos, vemos a Ulises solo, y todo parece indicar que Alma, finalmente, se ha suicidado.

Pero no todo es lo que parece y eso es un logro: mientras nos preparamos para una película dramática sobre un joven enamorado y su pérdida, la cosa gira hacia otro lado. Resulta que Alma no aparece, nadie sabe dónde se metió, y todos están preocupados.

Aparecen primero en escena Albertina (Vanesa González), su compañera de trabajo -un personaje interesante y bastante desaprovechado-, un ex novio (Martín Piroyanski), un tipo bastante espeso que ilustra la secuencia más bizarra y, decididamente, ochentosa del film, y luego le siguen Viñas (Claudio Tolcachir), su profesor de letras y librero, y finalmente Oribe, (Arturo Goetz) el dueño de la librería y poseedor de un objeto (¿mágico?) sobre el que se encamina la trama. Esta interesante galería de personajes secundarios se completa con el vendedor y coleccionista de libros antiguos (Federico D´Elia), quien además es ciego, y el experto interesado en libros raros, Boy Olmi. Quizás aquí reside uno de los problemas fundamentales del film, el casting. Hay una distancia sideral entre el desenvolvimiento actoral de la pareja protagonista y los intérpretes secundarios (que, de alguna manera son los que sostienen la trama), lo que deja a los primeros siempre en desventaja.

Las decisiones estéticas son, al menos, raras. Filmada en blanco y negro, las marcas del policial negro de los años 40 parecen reducirse al ruido (ese granulado que aparece en la imagen), rayones e imágenes excesivamente oscuras. El sonido es otro tema, defectuoso, saturado, algunos diálogos son imposibles de descifrar por el bajísimo volumen en que han sido registrados. Pareciera que estamos viendo una película «vieja» y no muy bien conservada, con marcas solo superficiales de una estética que contaba en su momento con una profunda dimensión dramática.

errataHay confusas y difusas marcas temporales como la cámara de fotos analógica del protagonista, los teléfonos a disco, la ausencia de tecnología, que -en contexto- parecen más marcas de una estética hipster que de una buscada atemporalidad. La elección de las locaciones, la mirada y la construcción de esta ciudad «que puede ser cualquier ciudad» (según reza la gacetilla), tampoco es demasiado feliz. Salvo los interiores (el departamento, la librería) y algunas escenas de calle, el resto adolece de serios problemas de continuidad. Un claro ejemplo es la salida de Ulises del departamento de Viñas (que vive en una especie de conventillo, ¿quizás San Telmo?) por la escalera de incendios de un piso alto que da a un callejón desierto (muy neoyorkino) que nos deja pensando: ¿cómo llegó ahí si el tipo entró a una casa baja?

La segunda mitad del film es decididamente un relato alla film noir: Alma ha sido secuestrada y la única opción que tiene para conseguir el dinero del rescate es hacerse con un libro único y raro (una de sus particularidades es, precisamente, una errata) cuyo dueño, Oribe, se niega a vender.

Hay algunas otras cuestiones de trazo grueso como la aparición de la hermana de Alma (la misma actriz pero rubia) que, además, repite las mismas sentencias («la culpa no existe, es la excusa de los débiles…»), y gran parte de los diálogos que suenan como una sucesión de lugares comunes.

Finalmente la trama se resuelve y se explica, y estamos frente a una historia de estafador-estafado, pero eso es algo que el espectador ya ha descubierto hace rato. Un detalle que el director parece olvidar (y creo que muchos directores lo hacen) es que ya no existen los espectadores inocentes, todos tenemos (aún sin saberlo) muchas horas de cine clásico encima, gracias al cine mismo y a la televisión, lo que debería ser un llamado de atención para los realizadores que intenten sorprendernos, cosa que, todos (aún sin saberlo) seguimos esperando.

Aquí puede leerse un texto de Gabriel Orqueda sobre la misma película.

Errata (Argentina, 2013), de Iván Vescovo, c/Nicolás Woller, Guadalupe Docampo, Claudio Tolcachir, Vanesa González, Martín Piroyansky, Boy Olmi, 78’.


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