El plano general del río Danubio en un día nublado y neblinoso da comienzo al segundo largometraje del realizador alemán Jan Speckenbach, que lleva por título Freedom (Freiheit, 2017).

Se trata de un primer indicio de lo trágico, en cuya misma dirección se encuentran los cuadros de Caravaggio que observa una mujer en un museo de Viena y la ópera Dido y Eneas (1688) de Henry Purcell, que acompaña la secuencia del prólogo.

Al salir del museo, la mujer toma un ómnibus en cuya carrocería se refleja la ciudad por la que discurre su recorrido, signo de la duplicidad que la envuelve de misterio.

Desde el título y las primeras imágenes se nos presentan entonces las claves desde las cuales leer el film. Se trata de un melodrama que instala como protagonista a una mujer, tironeada entre las luces y sombras de una decisión incomprensible para la sociedad.

La película está organizada en tres momentos. En la primer parte, observamos que esta mujer tiene una relación ocasional con un hombre joven a quien conoce en la caja de un supermercado y que se presenta siempre en movimiento: esquiva y huidiza respecto de cualquier contacto humano que pueda poner en riesgo la revelación su identidad. En paralelo, el director nos presenta la vida cotidiana de Philip (Hans-Jochen Wagner), un hombre que trata de sobrellevar la crianza de sus dos hijos en soledad y de lidiar con los dilemas éticos de su profesión como abogado al tener que defender a un joven que, sin motivo comprensible, ha dejado en coma a un refugiado de color.

La segunda parte muestra la llegada de Nora (Johanna Wokalek) a Bratislava (Eslovaquia), donde cambia radicalmente su apariencia y su nombre (haciéndose llamar Susana), al tiempo que con la ayuda de Etela (Andrea Szabová) y su novio intenta construirse una nueva vida trabajando como mucama en un hotel. A partir de aquí se deduce que Philip es el esposo de Nora, cuando lo vemos en un programa de televisión solicitando a la audiencia algún tipo de información sobre el paradero de su esposa que se encuentra desaparecida. Aunque mantiene un amorío con Mónica, una colega del estudio legal, Philip no puede olvidar a Nora. Es un hombre torturado por la incógnita de la desaparición de su esposa, la cual no puede comprender de ninguna manera. Sin poder continuar adelante con su vida, queda prisionero de los fantasmales recuerdos del pasado, cuando ante los ojos de la sociedad eran una familia perfecta y feliz.

Una de las claves de lectura del film es el nombre de la protagonista, que resuena con la Nora de Casa de muñecas (1879) de Ibsen. Como en la obra de teatro, aquí se trata de la mujer que una noche abandona los opresivos semblantes del buen pasar burgués, de la profesión de abogada y de la familia, para conquistar su libertad. La acción de Nora de salir, casi como quien va a tomar un poco de aire, no se justifica en la evidencia del estereotipo de un marido machista, amo y dueño de su esposa, más allá de presentar cierta intolerancia hacia lo diferente. Tampoco se presenta a Nora como víctima en su vida previa, ni como una mujer desalmada y desafectada respecto de su esposo e hijos. En este sentido, es un acierto que Speckenbach tampoco haga de Nora el estereotipo de la mujer desequilibrada por un brote de psicosis.

La pregunta acerca de qué puede empujar a una mujer al abandono de todo y de sí misma es aquello que intenta dar cuenta la tercera parte del film, que avanza desde la última tarde previa a la partida de Nora. Para retratar la extraviada errancia de Nora basta entender algo de las particularidades del goce femenino, ese que escapa al saber, que una mujer experimenta en el cuerpo como éxtasis infinito y que la extraña de sí misma. Nora vivía desde hacía 14 años totalmente sumida y dedicada a la impostura del matrimonio y la familia. Vivía infeliz en una cárcel vacía de deseo. El deseo femenino que toma a Nora sin anuncio y sin que Philip se percate de nada como para interrogarla o detenerla, la arrastra entonces a una huida sin rumbo, sin palabras y sin retorno posible, en un intento por recuperar su deseo, por ser otra para sí misma. En esta línea, la transformación de Nora, que se deshace de su look de mujer profesional y maternal, aliñado y recatado, para presentarse con un corte de pelo irregular y rebelde, con su campera de cuero y vestimenta mas ceñida y moderna, apunta a la liberación de las ataduras sociales y a volverse deseable para los hombres.

De ahí que la película pueda leerse como apólogo de lo verdaderamente femenino en tanto extremo opuesto a la maternidad, en tanto totalmente desamarrado del falo. La contracara de esta libertad absoluta es que conlleva un extravío que, sin vuelta atrás y sin tope, no conduce a felicidad alguna, ya solo puede conquistarse al precio de perderse absolutamente para el mundo.

A diferencia de Nora, Etela representa un saber hacer respecto de lo femenino. Ella se las arregla para sostener una posición femenina, compatibilizando su trabajo como perfomer erótica con la maternidad y el amor de Tomás, que operan entonces como anclaje y coto al extravío de lo femenino.

El de Nora, como la Torre de Babel (1563) de Brueghel que mira en el museo al comienzo (imagen que el director recupera simbólicamente en la escena final), es un trabajo subjetivo en relación a lo femenino inestable e inconcluso. Esta fuga muda y sin soporte simbólico, no puede más que precipitarla a la tragedia.

Calificación: 8/10

Freedom (Freiheit, 2017). Dirección: Jan Speckenbach. Guion: Jan Speckenbach, Andreas deinert. Fotografía: Tilo Hauke. Elenco: Johanna Wokalek, Hans-Jochen Wagner, Inga Bikerfeld, Andrea Szabová, Ondrej Kova. Duración: 100 minutos.


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