Togo ostenta el instinto de su creador, que se descubre gracias a la lucidez narrativa que lo caracteriza. La impronta de las imágenes pone en evidencia una pulsión por filmar, que dispone al goce cinematográfico, es decir, a dejar fluir el placer de la mirada. 

De esta forma Caetano nos presenta, dentro de los parámetros del western, la génesis de un héroe que resiste y subsiste al sistema, defendiendo una moral de convivencia y cooperación. Togo (Diego Alonso), como un longevo y rengo cuidacoches, ordena y limpia un territorio que se extiende a lo largo de una cuadra, y que es suyo. Pero ante la llegada de unos forasteros, dealers dispuestos a copar su(s) calle(s), debe evolucionar hacia una nueva identidad hasta el momento latente. Por eso Togo va a luchar sin miramientos, con su bastón como arma, protegido por la cultura afro que lo antecede, con el superpoder del boxeo, entrenando al son del candombe y habiendo trascendido toda la humanidad que la vida misma lo obligó a atravesar: estamos así ante un personaje maduro, y vamos a presenciar su consagración como guardián y protector, o como el sheriff que se pone la estrella que los demás temen u omiten portar. 

Su flamante socia (Catalina Arrillaga) es una adolecente a quien Togo le enseña no solo el oficio, sino también a valorarse y a imponerse a través de este. De igual forma, él mismo aprende de ella, protegiéndola. La dupla, entonces, desarrolla una sinergia que se encausa en función del espacio que habitan y de sus mutuos aprendizajes. Pero, además, la configuración vital de Mercedes en su persistencia, valentía y fidelidad completa a los demás personajes en sus carencias. Así, ella condensa las problemáticas de las subtramas, a la vez que supera con su personalidad las derrotas que allí se plantean, como el abuso de sustancias, la soledad o el miedo, situaciones que encierran sin salida a los demás, y al mismo Togo antes de conocerla. 

El comienzo in media res nos sugiere un final posible para otra historia posible. Pero el flashback que antecede este hecho mortal nos muestra cómo Togo, dios de su cuadra, impone una inmortalidad necesaria. Su imagen se va acrecentando en el devenir de los acontecimientos hasta un climax visual donde ocurre la consagración de su nueva identidad. Un violento contrapicado, que funciona como contrapunto entre el bien y el mal -maniqueísmo necesario para el género-, lo enmarca. La claridad que emana esta imagen, presente con menor grado de sobreexposición en otros planos que lo acompañan, difumina su contorno y lo funde con el cielo, haciéndolo directamente responsable de ese desprendimiento lumínico. Allí comienza la acción y la película se moviliza en ese sentido, acelerando el ritmo hacia la resolución. 

Esa imagen, que lleva a la cumbre la excitación de presenciar el hecho cinematográfico, demuestra que la lucha entre el bien y el mal es también entre la luz y la oscuridad.  En este sentido, y siempre en clave western, los delears son ubicados en un plano general que se repite a modo de leitmotiv, desde la perspectiva de Togo, en lo alto de la calle aledaña a la plaza donde él reside. Pero para exponerlos en su peligrosidad, es decir, ya no como forasteros sino como villanos, se oscurecen definitivamente sus siluetas, volviéndose sombras acechantes. Por eso, el contrapicado mencionado, que muestra la iluminada superioridad del protagonista en su primera victoria, funciona para vivenciar el halo mágico, acaso esperanzador, que desprende, el cual, en definitiva, encausará su hazaña.

Esta intención que se fortalece desde la fotografía y los encuadres, también se asienta en el uso de las cámaras -casi siempre- en mano, que no solo crean un ritmo particular o se imponen como una búsqueda estética. Así, con pulso delicado, se manifiestan las intensidades narrativas, en el vértigo de su movimiento, en la aparente quietud de su oscilación. De esta forma los planos, algunos característicos y reconocibles, se multiplican en sus posibilidades, se (des)acomodan en lo deliberado de su establecimiento, en el seguimiento de los gestos, de las acciones, de los detalles; así el espectador, como voyeur privilegiado, puede vivenciar el relato y sumirse en la subjetividad del protagonista.

Togo es una película luminosa, que revela la pasión por narrar una idea concreta, original y cinematográfica, por (re)presentar una posibilidad del mundo a través de ella. Togo bien puede prescindir de esa estatuilla ajena, foránea, que otros tantos anhelan en su búsqueda por el centro; también puede evitar el impacto sensacionalista de fabricar una imagen para un afuera a costa de pervertir la nuestra. Esa es otra historia del cine, la que ocupa un sector más interesado en lo económico que en lo artístico.  Togo, entonces, no es ni chica ni menor, sino una película encuadrada y dirigida, también escrita por Caetano, que lleva impregnada la marca de su autor en una versión que irradia una energía auspiciosa, y que al finalizar deja dibujada una sonrisa.

Togo (Uruguay, 2022). Guion y dirección: Israel Adrián Caetano. Fotografía: Juan Manuel Apolo. Música: Diego Caetano Guerra. Reparto: Diego Alonso Gómez, Néstor Prieto, Catalina Arrillaga, Luis Alberto Acosta, Marcos Da Costa, José Pagano, Federico Morosini, Sabrina Valiente. Duración: 95 minutos.


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