
El comienzo plantea un corrimiento de la centralidad de Ella McKay (Emma Mackey). La narración no le corresponde a la protagonista, sino a un personaje secundario, Estelle (Julie Kavner), su secretaria en el despacho de vicegobernadora. La que la conoce desde que se graduó en Derecho. La que puede decir –a cámara, como si la estuvieran entrevistando-, que los problemas de Ella comenzaron cuando tenía 16 años. Es la mujer mayor, experimentada, con esa dureza que dan los años, quien narra la historia de una joven con empuje y vitalidad, despojándose de cualquier cuestionamiento posible. Cuenta como si el contar le transmitiera la vitalidad de lo narrado a su vida. Pero eso que anuncia, esa catástrofe familiar que se inicia con una denuncia contra el padre de Ella, contiene el cisma que parte en dos a la familia, a la vez que señala el camino del personaje en el futuro. Quedarse con Helen (Jamie Lee Curtis), la tía/madre sustituta, refugio e impulso sanador, es la parte visible. Hay que entender que cuando le dice a su padre que sabe que lo echan por haber mantenido relaciones sexuales con sus empleadas, lo que marca es la decisión de enfrentar los problemas –lo mismo que cuando le enseña a su hermano Casey (Spike Fearn) que simular saber algo es la forma de no adquirir conocimiento y recurre al diccionario para que entienda lo que está pasando- y que repetirá en su vida adulta. Y también allí está la otra marca que asumirá Ella, resumida en la frase de su madre: “No puedo dejar que pagues por mis errores”. Asumir la frontalidad de toda disputa y con ella, los riesgos que conlleva sin arrastrar a los demás.
De ese momento que Estelle señala como iniciático, la historia salta casi dos décadas hacia adelante –solo volverá la vista atrás para los eventos que repercutirán en el futuro: la muerte de la madre (Rebecca Hall), la relación y el casamiento con Ryan (Jack Lowden)-, hacia otro momento crucial en la vida de Ella: el gobernador Bill Moore (Albert Brooks) ha recibido un ofrecimiento para ser Secretario en el gobierno nacional y dejará la gobernación en sus manos por los 14 meses que quedan para el cumplimiento de su mandato. El hecho coincide con la insistencia de un periodista que tiene una información que podría perjudicarla. Entre Bill y ese periodista se establece una suerte de pinzamiento sobre Ella, quien queda en medio de ambos. Hacia Bill, presiona con el cumplimiento de una promesa que no parece dispuesto a cumplir –porque en fin, así es la política muchas veces. De ese periodista que nunca vemos –una decisión interesante, en tanto no queda personificado y le permite a Ella entender su accionar en función de la forma en que se manejan los medios- aparece la amenaza de una revelación: la utilización de un espacio perteneciente al gobierno para una práctica privada.

Esa amenaza se espeja con la denuncia hacia su padre en el pasado, con las diferencias del caso –las relaciones de Ella fueron con su marido Ryan, por lo que solo es cuestionable el uso de lo público. Hay una ética que la lleva a invertir uno de sus lemas (“Que mi trabajo no interfiera con mi familia”) y enfrentar la situación antes de que la exposición pública la obligue. Saltar hacia adelante, hacer su jugada sorprendiendo a la contraparte –algo que repetirá en la negociación con la líder de la bancada del partido. Ella hace política hasta cuando parece no hacerlo. Entiende el juego aunque la lleva hasta el límite, porque como dice justo antes del momento en que pareciera sucumbir –y en verdad lo que logra es reencontrar la fuerza para recuperarse-, “me encanta mi trabajo”. Parafraseando a Bill y despojándolo de toda carga posible de ironía, “¿qué puede haber más bonito que eso?”, sobre todo si viene de boca de un funcionario público.

El complemento del personaje entonces, no es Bill, el que reconoce que se deben todo –o casi- mutuamente, pero para quien Ella no deja de ser una segunda línea. Ella lo acompaña desde su época de alcalde. El, que la llevó siempre en su carrera, en la despedida, de todas maneras, le deja el mejor consejo político posible en un off the record. En el medio Bill se vuelve un estorbo adicional: es el que le dice que la encuentran irritante y dejan de escucharla cuando habla (y lo comprobará tanto en el discurso de asunción del cargo como en la reunión con el personal de la gobernación). Ni tampoco lo es Ryan, que parece serlo en ese recorrido de la juventud hasta el momento en que es elegida gobernadora, porque a fin de cuentas Ella es un medio y no un fin. Que haya sido él justamente quien reveló los hechos de la oficina al guardia de seguridad, quien sobornó al periodista y quien reclama un cargo porque “me necesitas porque le caigo bien a la gente”, lo releva de ese lugar. Los hombres que orbitan alrededor de Ella son los reclamantes: los tres, incluyendo a su padre Eddie (Woody Harrelson), recurren a papeles –como si no pudieran hablar directamente- en los momentos más inoportunos y equivocados, para reclamar (que lo nombren o no, que le den un cargo, que lo perdonen). Las excepciones son los únicos hombres en los que puede seguir confiando: su chofer Nash (Kumail Nanjiani) –que tiene un sentido ético y de responsabilidad similar a Ella- y su hermano Casey, que no le reclama nada y que encuentra en el diálogo con su hermana una salida a ese mundo del que se ha aislado para evitar el dolor.

El complemento de Ella es siempre otra mujer. En el trabajo es Estelle, en quien delega el peso de la organización de los tiempos laborales. En la vida es la tía Helen, la que funciona como refugio, como espacio en el que se siente local –la escena en que Bill lleva a toda la comitiva del partido para buscarla es un indicio del lugar que ocupa. Helen es consuelo y consejera, crítica y defensora. Es quien advierte el lugar que ocupan Ryan y Bill en la vida de su sobrina, y si bien se ofrece como puente para el reencuentro con Eddie, es también la primera en detectar que las actitudes del padre tornan esa situación imposible. No es casual que dos de las escenas decisivas transcurren en su bar: en ese espacio se toman decisiones que resolverán la relación de Ella con el entorno –una es antes de que se anuncie que es gobernadora; la otra, cuando quieren hacerla renunciar. Más que relaciones de complicidad, lo que hay es un acompañamiento en el que las mujeres se mueven en una igualdad que contrasta tanto con esa Olympia a la que solo escuchamos, como con la madre de Ryan con su intento de restablecer un orden –político, patriarcal- sobre la pareja.
De allí surge una idea incontrastable. Las películas de James L. Brooks están esencialmente organizadas alrededor de un puñado de personajes que entran en relación por proximidad –ver Detrás de las noticias (Broadcast news, 1987)o Mejor…imposible (As good as it gets, 1997)-. Pero a partir de ello, lo que construye es una narrativa que expone conflictos y dudas, que no avanza linealmente, sino que tiende a complejizar desde los detalles, la resolución de los conflictos. Que Ella se constituya como un personaje desdoblado entre la palabra y la acción, le permite despegarla de los otros que solo pueden apoyarse en una de ellas, prescindiendo de la otra. Ella puede resolver las situaciones que se le presentan porque puede sostener su discurso –con Casey, con Ryan, con Maggie (Kathleen Choe)- y complementarlo con una acción –especialmente en el plano laboral-. Que ese trabajo esté inserto en las estructuras del Estado, le permite a Brooks plantear a la política como parte esencial de ese discurso. Es a partir de esa noción que construye una película deudora de Frank Capra: una que puede mostrar las miserias y las roscas políticas, oponiéndole el personaje que aún cree que la política debe estar al servicio de una comunidad. La disputa que se plantea en el café de Helen entre Ella y Maggie es justamente eso, y lo que deja en claro es que incluso allí es necesario recurrir a la rosca y hasta a un cierto nivel de extorsión. Lo que sigue no es el estado de bienestar, sino la recuperación de un Estado que en lugar de pedirle a los pobladores un aporte –con la consecuente “confusión” entre Estado y Partido-, se pone al servicio de ellos. En tiempos como éste, no se me ocurre un mensaje más provocador y subversivo que pueda surgir de las entrañas mismas del Imperio. Ese anacronismo, posiblemente sea el culpable del rechazo al film de Brooks en la crítica y en los espectadores. O quizás se trate de otra cosa, de que en estos tiempos dominados por la inteligencia artificial, cualquier cosa que se parezca a una película no tenga otro destino que ser incomprendida y denostada.
Ella McKay (Estados Unidos, 2025). Dirección y guión: James L. Brooks. Fotografía: Robert Elswit. Edición: Tracey Wadmore-Smith. Elenco: Emma Mackey, Jamie Lee Curtis, Albert Brooks, Spike Fearn, Woody Harrelson, Kumail Nanjiani, Rebecca Hall, Jack Lowden, Julie Kavner
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