timthumbMaestro de ceremonias oscuro y extravagante, Paul Thomas Anderson ensaya en su Vicio propio  el ejercicio lúdico con el que Howard Hawks desmontaba el noir a tan solo unos años de su consagración como fórmula. Aunque, como muchos sabrán, ya lo había hecho casi una década antes con la comedia en La adorable revoltosa, consciente de que el ritmo vertiginoso y el encanto de sus personajes sustraía a su película del envejecimiento. ¿De qué trata la historia?, dicen que le preguntaron a Hawks en aquel 1946 a propósito de El sueño eterno. “¿Acaso importa?”, fue su lacónica respuesta casi como un guiño al sesudo Raymond Chandler que intentaba asomar tras la maraña de imágenes ácidas y sudorosas en las que se había convertido la aventura de su Philip Marlowe. El encanto de Bogart, sus encendidos coqueteos con Bacall, y ese ambiente intrincado de pistas e indicios tramposos, hacían de ese interminable laberinto la más placentera de las travesías. Cruce sublime entre ambos géneros, Vicio propio, transita por la cornisa sin nunca caer, corriendo la mayor cantidad de riesgos posibles, haciendo de su argumento una excusa, de su héroe, una marioneta, y de los espectadores, los cómplices de la más agridulce de las fábulas.

Basada en la novela de Thomas Pynchon, quien también colaboró en el guión, Inherent Vice, tal reza su título original, supone una falla original, inherente, de la que no hay salida o escapatoria. Así de cíclica resulta la búsqueda infructuosa del detective privado Larry ‘Doc’ Sportello (Joaquin Phoenix) que se revela en farsa y tragedia al mismo tiempo: una mujer del pasado, un amante desaparecido, un cristal que revela su único y triste reflejo, parodia del sueño americano proyectado y trunco por los mismos impulsos que posibilitaron su despegue. El mundo de hippies drogones, policías corruptos, médicos pedófilos y barcos de heroína que diseña Pynchon en su relato y Anderson en su película no es otra cosa que el teatro de la desmitificación: no solo Doc ve caer uno tras otros sus sueños mariguaneros de paz y amor de los 60 ante la cara más hostil que pueda mostrarle ese capitalismo feroz de corporaciones legales e ilegales que asomaba en los 70 –y que existía desde mucho antes, en realidad- , sino que es el espectador el que sigue un devenir enmarañado y diletante sin nunca alcanzar esa pacífica sensación de que todo por fin encaja.

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Sin ser la mejor película de Anderson, Vicio propio pone en evidencia la notable capacidad del cine de hacer de la creencia una experiencia sensorial: los intentos de Doc de conectar los hilos de un entramado que se despliega libre y caótico -casi como la voluntad irrenunciable del hombre de darle sentido a su experiencia- encuentra la mejor réplica en ese ejercicio permanente de unir las tangentes, de seguir a una voz narradora oblicua y fantasmal, testigo y no protagonista, que mira e insta a una comprensión que nunca es tal. Sin redención alguna más que el vacío que define el gesto de distanciamiento que proscribe toda farsa, la caída de Doc solo puede darse en Los Ángeles, tierra de sueños grandes y artificiales que Anderson erige con precisión geométrica en ese mundo apolíneo que alberga y contiene lo dionisíaco. De modo serpenteante, la película coquetea con vicios, los expone, se divierte con ellos, y no por su tono relajado y envolvente deja de hablar del mundo, el hombre y su libre albedrío.

Anclada en un tiempo concreto, la referencia a la gobernación de Reagan hacia fines de los 70 supone instalar en su universo ese sentimiento de inquietud que invadía a los Estados Unidos mucho antes de la explosión conservadora y reaccionaria de los años que vendrían, con el actor como presidente. Ya los asesinatos del clan Mason y las nuevas drogas duras que reemplazaban a la marihuana y otras “hierbas” anticipa ese “fin de época” que podía intuirse en películas como Barrio Chino de Polanski o Cruising de William Friedkin (tal vez sería Un largo adiós de Robert Alman el verdadero eslabón perdido entre Hawks y Anderson). “Ellos me ayudan a despertar de mi pesadilla hippie”, suena a toda una declaración en boca del personaje perdido y buscado toda la película, víctima de su propio confort y exponente de esa necesaria concepción de la sanidad como asunto de mercaderes y terapeutas alternativos. El sueño de los 70 llegaba a su fin con ese violento despertar en el que no hay mundo posible fuera del negocio. Y la advertencia parece sonar cada día más real.

Aquí puede leerse un texto de Luciano Alonso sobre el autor de Vicio propio, Thomas Pynchon, y su obra.

Vicio propio (Inherent Vice, EUA, 2014), de Paul Thomas Anderson, c/Joaquin Phoenix, Reese Whitherspoon, John Brolin, Owen Wilson, Benicio del Toro, Katherine Waterson, 148’.


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