
A mediados de 1974, cuando Jaime Chávarri comienza a lucubrar El desencanto, la salud del Generalísimo se deterioraba sin retorno posible. Al año siguiente, el 20 de noviembre, Franco se fue de este mundo luego de su casi eterna estadía en el poder. En septiembre de 1976 se estrenaría el documental sobre la familia del escritor Leopoldo Panero en tanto, por estos pagos, se tardaría un tiempo hasta que comenzara a exhibirse en un recordado espacio de la avenida Corrientes.
El párrafo anterior no tiene la intención de acumular datos y fechas (que abundan, eso sí) sino tratar de comprender aquel contexto donde se gestó y luego difundió esta gran película de Chávarri. Un paisaje luctuoso para millones y feliz para otros tantos, un segmento de época al que se lo conoce como el del inicio de la “transición española” hacia un mundo enteramente democrático que recién saldrá a la luz en 1982 luego del intento por volver al modelo franquista propiciado por un grupo de militares que invadieron y ocuparon el Parlamento en un hecho político conocido como “El Tejerazo”
En esa transición económica, social y política, el cine español presenta algunos nuevos directores y temas que no podrían haberse expresado en los casi cuarenta años de dictadura. Films como El bosque del lobo (1970) y La casa sin fronteras (1972) de Pedro Olea, Navajeros (1980) y el cine “quinqui” de Eloy de la Iglesia (y su posterior legitimación con Deprisa, deprisa (1981) de Carlos Saura), Arrebato (1979) de Iván Zulueta y ¿Quién puede matar a un niño? (1976) de Narciso Ibañez Serrador, hasta la irrupción de Almodóvar con su opera prima Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón (1980), serían algunos ejemplos relevantes de aquel espacio de cambio, de mutación hacia otras formas narrativas y conceptuales que explotarían durante la década del 80 reconfigurando a una industria que no parará de ganar premios y ocupar mercados en todo el mundo. Pero en 1976, y no es casual, además de El desencanto, también se estrena Canciones para después una guerra (1976) de Basilio Martín Patino, otra obra maestra del documental que mira hacia atrás tratando de comprender ese nuevo presente.
Efectivamente, son muy diferentes los documentales de Patino y Chávarri; aquel armando un rompecabezas de imágenes de noticieros y canciones pos Guerra Civil en medio de hambrunas, represiones, sotanas, botas militares y resurrecciones económicas momentáneas. En tanto, el trabajo de Chávarri (su opera prima en 35 mm.) mete el bisturí en la familia del poeta Panero y del explosivo clan: su esposa Felicidad Blanc y los hijos Leopoldo María, Juan Luis y Michi.
Este grupo de “pijos” (representes de la alta sociedad presumida y culta) aparece retratado a través de entrevistas a cámara colectivas o en solitario con el afán de desentrañar el pasado y ese presente sin el progenitor (fallecido en 1962) donde la cámara de Chávarri escarba no solo en las grietas familiares, sino también en la historia de un país ya sin Guerra Civil. Pero la operación conceptual del director no busca trazar un paralelo transparente entre lo macro (España) y lo micro (la familia Panero) recurriendo a citar al Generalísimo o a mostrarlo a través de fotos o referencias varias. La decisión de El desencanto va más allá del aspecto histórico: las imágenes y los relatos fluctúan de lo privado a lo público para volver a las características y a la tipología de esa particular familia. Y, desde ahí, comprender a un país como España con la óptica de los Panero: un padre muerto y convertido en la estatua más importante de Astorga (municipio de León), a su fiel, sumisa y esclava esposa y a un trío de vástagos al borde o más allá de la demencia. En este punto, el documental es extraordinario ya que parte de lo familiar para describir a un paisaje determinado omitiendo el camino más convencional en este tipo de trabajos. Sí, se escuchan referencias al paisaje político y la Guerra Civil y se cita a Franco y otros apuntes contextuales, pero en El desencanto, lo que prevalece es la disección de esta familia de pijos con el propósito de entender a otros clanes familiares. De aquel tiempo y, por qué no, también de otros más cercanos.
Si el aspecto macro del documental resulta valioso como mero apunte o cita necesaria, por lo tanto, esta gran película tiene protagonistas imborrables, cada uno con su propio monólogo o, cuando aparecen en conjunto, sacándose las tripas al revolverse en esos recuerdos donde impera una nostalgia mortuoria y un presente todavía más extremo y conflictivo.

Felicidad Blanc de Panero añora aquellos momentos (pocos) de felicidad matrimonial en contraste con esa finca (también protagonista como espacio de encierro) al poco tiempo invadida por amigos de su esposo. Su rictus se modifica a medida que transcurre la película: de la alegre añoranza por los primeros años matrimoniales, la mujer del poeta pasará a ser juzgada desde las palabras de sus hijos, alguno con más ferocidad que los otros. Felicidad (vaya nombre) representa a la mujer española de aquellas décadas, al servicio exclusivo de su esposo, sin distinción alguna de clase o diferencia social.
El extravagante Juan Luis, el más viajero de los tres, no disimula su arrogancia y su aspecto de dandy, de alto conocimiento en literatura con su mirada directa a la cámara con el fin de atemorizarla, es decir, de desafiar al espectador.
La postura de Michi, el carilindo de la familia, se debate entre largos silencios y preguntas ponzoñosas para Juan Luis y su madre, tratando de descifrar a los Panero desde ese presente y no tanto escarbando en un pasado turbulento.

Pero a mitad o poco menos de El desencanto surge la figura de Leopoldo María, el ángel exterminador del clan, el consumidor de drogas duras con sus dedos manchados de nicotina. Un fantasma vivo que interroga no solo a su familia sino también a sí mismo, un espectro humano que vivirá en más de un manicomio, un suicida cotidiano pero también una voz digna de escuchar para certificar con sello propio las idas y vueltas de un clan.
Ocurre que El desencanto no es un documental rutinario sino todo lo contrario debido a los ajustes de cuenta, los silencios que dicen más que mil palabras y los testimonios que identifican el malestar y el desconcierto no solo familiar sino también de clase por los tiempos nuevos que se avecinaban en aquella España de la transición.
Los Panero no fueron relevantes como hombres de letras pero sí quedan en el recuerdo por la hora y cuarenta minutos del trabajo de Chávarri concebido como mucho más que un documental con testimonios a cámara. Detrás de cada palabra y gesto de los cuatro integrantes de la familia estaba un país que salía de una dictadura de casi cuatro décadas, de prohibiciones, censuras, fusilamientos y exilios propiciados por la cruz y la bota militar. Y un mismo país, aclaremos, en buena parte de acuerdo con la situación.
Pero ese malestar y ese desconcierto de los Panero ya aparecen representados al principio del documental cuando se descubre la estatua del escritor con la presencia de la esposa y de los hijos y de un pueblo – bien pueblo – dispuesto para el homenaje. Pequeños y adultos, bandita militar, palabras del mejor amigo del escritor y tres de los Panero (ausente Leopoldo María quien sabe por dónde andaría) cada uno mirando hacia lugares diferentes, ajenos al acto, acaso preguntándose por qué están ahí, en esa celebración pueblerina en transparente pose y actitud superior al resto de la gente. Ya desde ese comienzo y hasta el final de El desencanto los rostros y las palabras gobiernan cada uno de los planos y terminarán resultando muy difíciles de olvidar para el espectador.
Coda. Los Panero quedaron huérfanos en 1990 y cuatro años más tarde el director Ricardo Franco decidió volver a ellos en Después de tantos años, una especie de continuación que no está a la altura de El desencanto pero que acierta al ubicar el presente de los hermanos, viejos, canosos, con dificultades de salud, ahora sí y en buena parte, convertidos en un trío de fantasmas. El final es monstruosamente bello con Michi y Leopoldo María visitando y dando vueltas por el cementerio familiar.
Final. Con el paso del tiempo nada queda de los hermanos Panero. Michi, el más joven, fue el primero en irse (1951-2004). Luego, el soberbio Juan Luis (1942-2013). Y, por último, el más border de los tres, el incisivo Luis María (1948-2014). Perdón, me corrijo. Queda mucho de ellos para comprender a una familia y a un país como España: una obra maestra del género documental y un bonus más que aceptable. O algo más de tres horas del mejor cine.
El desencanto (España, 1976). Dirección y guión: Jaime Chávarri. Fotografía: Teo Escamilla. Edición: José Salcedo Palomeque. Protagonistas: Felicidad Blanc, Leopoldo María Panero, Juan Luis Panero, Michi Panero. Duración: 97 minutos.
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