UNCIPAR 2014Camino por la 104 rumbo a la playa mientras atardece y la aparición de un hotel que se llama “Pleno sol” impide que me olvide del cine asaltado por recuerdos de Ripley, Delones y veranos mediterráneos de los 60/70 vividos a través del cine o las revistas de sociedad. Llego hasta el agua con mi mochila, mi leñadora, mi barba y mi habano, pero de lo que me acuerdo ahora es de un verso de Manzi que aparece en simultáneo con el misterio del ayer que siega el mar a punto de ser solamente rugido y mancha a medida que se pone el sol. Regreso por el sendero de madera que recorre la ribera ocremente iluminada por el alumbrado público. Antes de ver la segunda tanda de cortos de la competencia nacional pararé a tomar un café caliente y un alfajor de chocolate. En la primera tanda hubo uno descollante, Nuestra arma es nuestra lengua, de Cristian Cartier, cuyo título prometía el más pedestre manifiesto político, ingenuamente metafórico, pero resulta que el titulo es en buena medida literal, la política se resuelve en mitologías diversas y la animación de distintos tipos de telas es prodigiosa. Todos los géneros pasan por el corto, desde el terror inicial con fuerte carga social, que es a donde parece dirigirse inicialmente el discurso, hasta el cine de acción, las películas de venganza y las artes marciales en una sucesión de motivos que pueden ir del Apocalypto de Mel Gibson al subcomandante Marcos y el viaje psicodélico sin que resulte arbitrario.

Los dos cortos “mainstream” de la tanda – Mi marido y En vísperas– fueron por lejos lo menos interesante dentro de este contexto; Novia, con la voz del negro Dolina es redundante aunque breve, y ampuloso en su diseño gráfico (los chalecitos edificados con ladrillos de Nabucodonosor del autor de Crónicas del ángel gris van a terminar siendo filmados por un fanático de Luhrmann). 446246966_640 Alexia, de Andrés Borgi, debe de ser la primera película -de 9 minutos- argentina de horror japonés, y la eficacia de la anécdota no alcanza a ser tan perturbadora como el hecho de tener amigos muertos en Facebook, punto de partida de un corto que está más cerca de las fórmulas del J-Horror que de la abstracción lírica y política a las que las lleva Kiyoshi Kurosawa pero al que las cuentas le cierran acaso por su modestia. El otro corto brillante después del de animación es un chiste y uno tiende a restarle importancia justamente por eso, negando de inmediato su fabulosa y profunda capacidad de síntesis probada además por dicho automatismo. El año pasado en Mardelplá, de C. Contritti y S. Korovsky, usa los diálogos originales de Hace un año en Marienbad sobre imágenes en blanco y negro de las desventuras de un cinéfilo en el festival. La parodia desarma tanto el afrancesamiento de escuelas de cine, estudiantes y películas como el lánguidi romanticismo narcisista del piberío hipster. El público se rio a carcajadas aunque no todos eran cinéfilos y su sentido del humor me recordó el corto de Polanski para Chacun son cinema.

Entre las dos que nos gustaron a todos y las que gustaron a menos de la mitad quedaron un par de cortos peculiares: Casabindo grito de la Punade Ailen Daniele, y Mita’y, de Luis Zorraquin. El primero documenta acaso el único toreo -incruento- que se lleva a cabo en el país y los dos aspectos más interesantes consisten en el uso del montaje intelectual para exponer la colonización mediante las imágenes del encuentro entre el toro y el hombre, pero esa asociación mental surge por la vecindad con la palabra del relator andino que explica y conduce la mirada y la reflexión, supeditando el mundo de la percepción al de la palabra, herramienta y arma de los colonizadores. El montaje tampoco crea un tiempo autónomo o ligado a la cultura original que nos es acercada por momentos con la ligereza turística de la televisión. Mita’y, en cambio, es la ficción sintética de una nena del Paraguay que vive con sus tías y quiere ser pescadora como su abuelo a pesar del rechazo de este porque esa es una tarea para hombres. La decisión que toma la protagonista es menos concreta que simbólica y algo abrupta aunque no grave. Me dejó con la sensación de que podría haberse desarrollado más. Acaso la presencia de Simón Franco, director de Boca de pozo, que se exhibirá el sábado, augure un largo argentino-paraguayo a partir de este material que incluye un personaje telefónico rico para el despliegue.

El Año Pasado en Mardelplá 1 Casi llego tarde a la segunda proyección porque, como sucede a menudo en la costa atlántica, encontré una librería que ofrecía a 10 pesos cada librito de las muchas colecciones del Centro Editor de América Latina. Abrí primero el de Chamico, seudónimo de Conrado Nalé Roxlo y me quede enganchado con el relato de costumbres satírico sobre un porteño, los peinados de su esposa y un buzón (*), triángulo de vértices surrealistas que leí parado y aparté de inmediato para comprarlo. La oferta era de 5 x 50 y segundos después encontré el segundo, una antología de cuentos de Juan Carlos Dávalos. Escogí al azar, pero el azar confirmó el erotismo que esperaba encontrar en el padre del autor de Tonada del viejo amor, y cuando la piba se recuesta sobre la piedra húmeda solo después de que ha visto llorar al mismo muchacho que un rato antes parecía un fauno, pensé en los planos de Isabel Sarli extendida y desnuda, en el tropicalismo sensual que nuestra cultura urbana ignora u olvidó, en la poética erótica ignorada o reprimida en el cine argentino. Sobre el pucho cargué “La generación del 80” de Jitrik, “El cuarto en el recoveco” de Jaime Rest, “Los pájaros ciegos” de José Portogalo, pagué y me fui.

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* Una tarde, sin reparar en un cartelito que daba la voz de alarma, me apoyé en el buzón recién pintado, y el traje blanco, porque era en verano, me quedó inservible. Pero lo peor no fue eso, sino que mi novia, que es muy celosa, se empeñó en que aquellas manchas lo eran de «rouge» y quiso romper inmediatamente el compromiso. – Te juro que es el buzón -insistia yo. – ¡Buena soy yo para venirme con buzones! ¡Te creés que no te vi la otra tarde mirando a esa rubia teñida del sweater a lo Paulette Goddard! -me recriminaba injustamente. Para convencerla no se me ocurrió cosa mejor que apoderarme violentamente de la orla de su vestido, como vulgarmente se dice en poesía, y refregarlo fuertemente por el flanco culpable del buzón. Se convenció, pero siguió enojada. Las mujeres son incomprensibles.»

Aquí puede leerse la segunda parte de las Crónicas de UNCIPAR.


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