cand-se-lasa-seara-peste-bucuresti-sau-metabolism-456712lLo que está mal está mal.

Pero lo que está bien

también está mal.

Charlalo con tus padres.

 Vicente Luy.

 ¿Cae la noche en Bucarest es una de las mejores películas que hay en este momento en cartel? La respuesta es sí. ¿La calificaría con un diez? La respuesta es: indudablemente. ¿Es que me parece una película buenísima? La respuesta es que sí, pero la respuesta también es que no. En realidad, creo que simplemente la película nos presenta otra manera de hacer cine. Satisface las demandas de un tipo particular de público que está cansado de que lo ignoren: nosotros los intelectuales, ¡también somos seres humanos!

Lo cierto es que si esta manera de hacer cine fuera tendencia, Cae la noche en Bucarest pasaría totalmente desapercibida. Sin embargo, esta manera de hacer cine es un capricho de minorías, y ahí es donde lleva una obvia y larga ventaja. Nosotros los intelectuales, que creemos que somos diferentes al resto porque compramos un producto en lugar de otro… deberíamos recordar lo que decía Gary Panter: el capitalismo, bueno o malo, es el río en el que nos bañamos (o en el que nos ahogamos).

Cae la noche en Bucarest es una película genial y artificiosa y por eso mismo merece toda nuestra atención. Porque resulta fascinante en su fealdad. Atractiva y repulsiva al mismo tiempo. Básicamente, es un inmenso cliché, pensado por un intelectual, para satisfacer la demanda de otros intelectuales. Y funciona. De hecho, funciona con tanta precisión que es intachable. Uno no puede quejarse de nada. Nosotros los intelectuales, hemos sido moldeados en esta arcilla. No hay nada que hacer. Estamos obligados a reaccionar con loas. Esto es lo que nos gusta. Esto es lo que nos satisface, es lo que nos conmueve, es lo que nos gusta, y es lo que nos da placer. ¡Tome mi dinero y cállese!

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¿Cómo podemos evitar que esta película nos llegue al corazón, a nosotros, que hemos sido educados viendo películas de Godard? No podemos. Y ese es el punto. No tenemos por qué evitarlo. Cae la noche en Bucarest es un producto pensado y realizado para emocionarnos a nosotros, para llegarnos al corazón de manera directa. Y eso es lo que hace. Y está bien.

Pero no deja de ser un producto.

Desde lo formal, está construida por una sucesión de planos secuencia. Arranca in medias res, con una discusión en un coche entre el director de cine Paul (Bogdan Dumitrache) y una de las protagonistas de su película, Alina (Diana Avramut). Paul intenta justificar, desde cierta coherencia narrativa o búsqueda artística, una posible escena de desnudo de Alina. Sin embargo, lo más a importante de la conversación que mantienen es un comentario del director a favor del cine fílmico y en contra el cine digital que opera, a su vez, como toda una declaración de principios. El rollo de película que se utiliza para grabar en fílmico sólo dura 11 minutos. Esa limitación impone una manera de hacer cine, que es también una manera de ver y percibir el mundo.

Michelangelo Antonioni decía que la mejor manera de filmar un sueño era filmar al protagonista durmiendo, mientras una voz en off relataba ese sueño. Paul debe postergar el rodaje debido a un malestar estomacal y luego descubrimos que -como no podía ser de otra manera- tiene un affairecon Alina. Lo interesante de esta escena es que la narración de los hechos reemplaza a las imágenes que deberían revelarlos. En la progresión de ese amor furtivo, los vemos a Paul y a Alina cenando, manteniendo discusiones sobre todo y nada. En sus conversaciones subyacen discursos que contienen una posición política e ideológica, una visión que decanta por la nostalgia y la melancolía por una época disuelta, cierto dolor por la responsabilidad que les cabe, por tener una sensibilidad superior que no encuentra eco entre las mayorías. Así es como Paul, hablando sobre la cocina oriental, llega a la conclusión de que al paladar hay que educarlo. Y nosotros, los espectadores, ya no sabemos si el protagonista habla sobre cocina oriental o si nos está interpelando de manera directa, respecto a lo que estamos sintiendo o pensando, a partir de la contemplación de las imágenes en la pantalla.

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Se supone que esta visión opera, también, como un chiste. Sin embargo, su discurso no llega a ser lo suficientemente exagerado como para funcionar a través del cinismo. Se queda a mitad de camino y tanto puede ser una broma, como un ejercicio de pedantería increíble. En Cae la noche en Bucarest hay mucho tiempo muerto. Escenas que se prolongan innecesariamente. Pero, en lugar de aburrir, resultan placenteras. Porque estamos terriblemente resentidos contra la estridencia y la hiper estimulación del cine mainstream. Enhorabuena.

Cae la noche en Bucarest se explica a sí misma mientras sucede: se contiene a sí misma, reflejándose sobre su propia imagen, como en una suerte de reflejo geométrico fractal. Mientras están cenando, Paul y Alina se cruzan por azar en un restaurant con otro director de cine, que, sin mediaciones, confiesa sentir interés en Alina como actriz, ya que la encuentra parecida a Mónica Vitti.  A propósito de lo cual, luego conversan sobre Antonioni. Alina no vio ninguna de sus películas. Paul dice que no conocer a Antonioni y formar parte de la industria del cine, es como si te gustara el teatro y no conocieras a Antón Chéjov. En fin, Paul le explica que es fundamental ver las películas de Antonionipara entender algo de cine.

Y sí.

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Hacia el final, por si no quedó claro que toda la película funciona como una declaración de principios, Corneliu Porumboiuse juega una última carta: Magda, la productora, sospecha que Paul puede tener una úlcera que, de confirmarse, implicaría reescribir el seguro que lo cubre. Paul insiste en que sólo se trata de una gastritis. El doctor asignado tiene que corroborar los datos de la supuesta endoscopia que el médico particular de Paul ha realizado. La información es confirmada, a través de un video que Paul proporciona. Magda sabe que ese video es falso, que ha sido manipulado a través de tecnología digital. Es que, desde que la tecnología digital ha ganado la batalla, las imágenes ya no son capaces de revelar lo real: todo puede ser manipulado.

En conclusión, Cae la noche en Bucarest es una película deshonesta: porque ha sido diseñada por un ingeniero experto, para conformarnos a nosotros, los intelectuales pedantes que amamos el cine sensible y es eso exactamente lo que hace: nos llega directo al corazón. De manera incuestionable.

 Cae la noche en Bucarest (Când se lasa seara peste Bucuresti sau metabolism, Rumania/Francia, 2013), de Corneliu Porumboiu, c/Bogdan Dumitrache, Diana Avramut y Mihaela Sirbu, 89′.


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