La pesadilla del pibe. Sí, esto es cine catástrofe pero de orden emocional, humano. Es el resquebrajamiento de una familia tipo y ejemplar, que luego de atravesar las peores circunstancias vuelve a unirse sin poder evitar que se noten las fisuras. La película está basada en la historia real de una familia española que sobrevivió al tsunami que asoló la Costa Este Asiática en el 2004. Juan Antonio Bayona va bastante más lejos y se excusa en el desastre natural para revelar otro: el del Edipo no resuelto de Lucas (Tom Holland). María (Naomi Watts), su madre y única mujer de la familia, es una doctora que dejó de ejercer cuando él nació, primero de tres hijos. Viven en Japón, donde trabaja Henry, el padre de la familia, un lavadísimo Ewan McGregor que ni sombra de patriarca tiene y al que la Naomi Watts guerrera, de mandíbula apretada y respiración agitada que ya hemos visto alguna vez, pero aquí funciona, deja chiquito.

Bayona le da un espacio preponderante. Su relevancia, plano por plano, es mayor que la de la figura masculina. La cercanía de la cámara evidencia cambios gestuales significativos en María. Uno en particular señala que la catástrofe está por llegar. Después de comunicarle al marido sus intenciones de volver a ejercer la medicina e irse de Japón, comentario que él recibe con indiferencia, la vemos ofuscada e insomne en su cama. Como en los buenos melodramas, el temperamento desata las tormentas, y esta mujer contenida en su carácter aguerrido no puede más que desencadenar una fatalidad. A la mañana siguiente, una ola de incalculables dimensiones arrasa con todo mientras la familia se encuentra disfrutando de la pileta del hotel de lujo que los hospeda en Tailandia. Se dice que no podemos saber de qué manera reaccionaríamos ante una situación extrema, y es en ese instante de reacción inconsciente en que prima el ser instintivo, cuando quedan expuestos los deseos de los protagonistas. María se aferra a su libro, le grita a Henry que agarre a sus hijos más pequeños, y Lucas queda solo frente a su madre, separados por la pileta. Antes del black out, un plano subjetivo une dos miradas: las de hijo y ola, que chocan violentamente contra una madre que no abre los brazos y se resguarda.

Ese libro/escudo es el elemento por el que conocemos a María, primer y único personaje que aparece tras los títulos. Dentro de un avión de línea, una hoja se desprende de un libro y cae en el pasillo. María la levanta y la devuelve a su lugar con una mueca molesta. Inmediatamente, su marido interrumpe la lectura rompiéndole las bolas con una discusión sin importancia. Un sacudón ocurre cuando se hace referencia a sus años de juventud aparentemente alocados, entre risas desprovistas de gracia. Estos primeros indicios la constituyen como una mujer autárquica pero insatisfecha, frente a otros aspectos de la puesta que nos quieren hacer creer lo contrario. La música melosa, las imágenes turísticas, y el exceso de blondos, no reflejan la esencia latente del grupo familiar. El apasionamiento refrenado también define a Lucas, que no quiere una madre sino una mujer que sea (como) su madre. Dos sacudones más intensos que alteran el vuelo ocurren cuando María y Lucas se sientan juntos durante el aterrizaje. La simbiosis entre ambos queda establecida. Lo imposible no refiere únicamente al evento milagroso de una familia entera que sobrevive a una catástrofe natural y logra reunirse. Lo imposible, entendido como algo irrealizable, inasequible, y por lo tanto insoportable, es la relación subyacente entre madre e hijo, simbolizada de forma portentosa durante los primeros treinta minutos.

Como si de una selección natural se tratase, el tsunami divide a la familia en dos grupos. María y Lucas ocupan la primer parte de la historia; Henry,  Simón y Tomás, eslabones más débiles de la cadena, la otra mitad. Dureza y fragilidad confrontan a mujer y hombre, madre y padre, mediante escenas o situaciones espejadas. Los procederes antagónicos dejan en evidencia que ella no lo necesita, y que él necesita un hombre. El clima que circunda a madre e hijo bordea el cine de terror; Henry construye un melodrama que involucra lágrimas, un héroe que viene a rescatarlo y al que le dedica un plano subjetivo digno de una película romántica. Por decantación las mitades difieren en ritmo e impacto. El inútil personaje de Ewan McGregor le resta toda emoción e interés a la película cuando cobra protagonismo y con él entra el discurso conservador y hasta casi reaccionario. María representa el espíritu complejo, libre, instintivo y animal. Henry representa la conducta fundada en los valores institucionales (y represivos) de familia y religión.

Las escenas entre Naomi Watts y Tom Holland poseen una potencia visual y simbólica que se hacen notar cuando faltan en pantalla. Tres escenas responden abiertamente al género del terror y representan la gran pesadilla de Lucas: que la madre se vaya, que esta mujer logre su independencia. En la primera, un gesto perturbador se dibuja en la cara de Lucas cuando le dice a su madre que perdió a Daniel, un nene de unos tres años que rescataron juntos. Así trasluce lo que reprime, verbalizado minutos antes al asumir que sus hermanos y su padre están muertos. En la segunda, María vomita un largo hilo ensangrentado mientras su hijo le grita que se detenga, entre enojado y horrorizado. Un par de escenas después, él ya no la encuentra y queda completamente solo. El cordón umbilical fue cortado.

La tercera y última escena ocurre cuando, corridas van, corridas vienen, la familia se reúne. A María tienen que operarla porque su estado de salud es complicado. Un montaje de su imagen en la camilla la une a la de su hijo recostado en posición fetal sobre una cama del hospital. Un flashback de la catástrofe parece ser el comienzo del sueño de María, pero sobre el final deja en claro que se trata de la pesadilla del pibe. Luego de verla sacudida bajo las agitadas aguas, golpeada y herida por cuanto objeto -troncos de árboles, mesas, sillas, vidrios- daba vueltas por ahí, un plano medio sobre la superficie del agua la muestra surgir desde las profundidades con un gesto triunfal. Pero la cámara lenta, el montaje, la música y el despertar agitado de su hijo la resignifican como monstruo. El monstruo libre, emancipado y poderoso que es la vieja si se va. Nada de esto sucede. Tras una exitosa operación, María vuelve a su lugar como la hoja suelta del libro, llorando su catástrofe, con un hijo que se hizo hombre, y un marido que lleva entre sus manos una imposible carta de amor.


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