1.El primer error de Leo Harrigan (Ryan O’Neal) es haber aceptado la defensa de un hombre acusado de maltratar a su esposa. La evidencia termina siendo tan contundente e incontrastable como la posibilidad de sufrirla en carne propia. Son los primeros años del siglo XX y el abogado puede escaparse de la sala de audiencias corriendo por las calles de la ciudad mientras lo persigue su cliente. El segundo error es admitir la imposibilidad de la defensa y darse a la fuga, como si fuera un Buster Keaton perseguido por las mujeres que quieren casarse con él. Huir, claro, es mantenerse con vida. Y el azar que lo deposita en un callejón, lo llevará a un cambio crucial en su vida. Ese abogado timorato no sabe todavía que el futuro lo espera para hacer de él un director de cine.

2.Harrigan, en ese callejón en el que se topa con gente que, literalmente, es arrojada escaleras abajo, no advierte que está ingresando en un territorio en guerra por las patentes cinematográficas. No advierte que, en una guerra, lo último que se necesita son abogados. Y mucho menos que una guerra implica movilización, conquista de nuevos territorios. Cobb (Brian Keith) se maneja como un general que ordena a su tropa y que dispensa órdenes continuamente a partir de las ideas que le van surgiendo. Recuerda a ese ejecutivo exacerbado de la Coca-Cola que componía James Cagney en One, two, three (Billy Wilder, 1961). La hiperkinesis y la verborragia de Cobb es lo que le permite seguir en la guerra, aunque ocasionalmente pierda batallas. Wheelock, ese personaje al que nunca vemos –su huida es diferente de la de Harrigan- ha sido enviado como si se tratara de un expedicionario en busca de nuevas tierras: su silencio prolongado es el motivo por el que Harrigan es enviado tras sus pasos. Cobb entiende ese paso como una (nueva) Conquista del Oeste, que la llegada de Harrigan a Cucamonga, esa parada del tren en la que solo hay un par de construcciones que responden al imaginario del oeste que creó el cine, terminan de confirmar.

3.Cucamonga es el escenario en que una guerra a pequeña escala queda puesta en escena. La larga –y gozosa- pelea entre Harrigan y Buck Greenway (Burt Reynolds) es una representación de esa guerra y de sus consecuencias: tras el agotamiento mutuo, la vida continúa y hay que seguir, y si se puede juntos, mejor. La guerra entre ambos continuará de manera soterrada, mayormente implícita, pero el objeto deja de ser las películas. Ahora se trata de Kathleen (Jane Hitchcock), esa hermosa chica miope con la que ambos se han topado en diferentes ciudades y que reaparecerá cuando se marche del circo itinerante en el que trabaja. Hay un espacio en el que incluso esa disputa entre los personajes se pondrá en suspensión: son las películas que filman juntos, las que, como en el final, pueden ver que se están filmando en un set.

4.La guerra que cuenta Nickelodeon no es solamente la del comienzo del cine como negocio. Como una continuidad en la que nada ha cambiado demasiado, refleja el estado de las cosas a mediados de esa década del 70 en que fue filmada. “Cualquier cretino puede dirigir” le dice el camarógrafo Frank a Harrigan, cuando lo asalta el pánico escénico ante su primera filmación, y el dardo parece estar dirigido hacia el interior de esa industria que ya no destruye las cámaras, sino que ahoga financieramente a los que las tienen. El cine como negocio adquiere dimensiones de gangsterismo. Poderosos que controlan sicarios para eliminar la competencia, actores con egos desmesurados, productores que alteran los montajes de las películas y que ante los reclamos terminan despidiendo al personal, espectadores fanatizados con el fetiche de los actores e ignorando a los directores, guionistas que roban ideas de revistas o de textos clásicos, estudios a los que solo les interesa la producción en serie, profesionales que se juntan para hacer películas sin apoyo y por el solo placer de hacerlas. 1915 no es tan distinto a 1976, ni siquiera en el deslumbramiento que produce alguien que, como Griffith, lleva el lenguaje del cine más allá de lo conocido.

5.La descripción que Bogdanovich hace de la industria del cine es aguda y demoledora, desde el mismo inicio en que la muestra como escenario de guerra. Pero a la vez, es una declaración de amor por una manera de hacer cine y por un legado cultural del cual es receptor y continuador. Nickelodeon desde su título hace alusión a una época en la que por un níquel se podían ver películas de uno o dos rollos –es decir, no más de unos 18 a 20 minutos-, en las que se contaba la historia. Y para contar esa época recurre a los recursos de ese cine inicial en el que la acción era central y el contexto lo aportaban los intertítulos. Por eso, la guerra de Hollywood admite ese arsenal gigantesco que remite a las comedias de la primera y segunda década del siglo XX. Keaton, Harold Lloyd, Chaplin, Harry Pollard, Mack Sennett, Mabel Normand, Laurel & Hardy, Charley Chase y otros anónimos que sembraron la semilla de la que Bogdanovich se nutre para contar su historia. Por eso las persecuciones, los terrenos baldíos como refugio, las rodadas por las escaleras, el viejo chiste de las valijas intercambiadas –llevado a su extremo para forzar su característica de ficción-, peleas interminables en las que se destruyen cobertizos, se derriban montañas de paja y se engaña al oponente, los chorros de agua cayendo sobre los vagones del tren, las guerras con tortas de crema. Nickelodeon no es nada más que la ficción de una historia, de un momento: es la representación de lo que hizo del cine un entretenimiento popular y masivo. Es la felicidad.

6.La versión original de la película que se estrenó y circuló en video y otros soportes es en color. Hace una década, Bogdanovich decidió hacer una copia en la que, respetando el montaje original, fuera como quiso en aquel momento y no le dejaron: en blanco y negro. El paso revaloriza la película porque hay una belleza en la composición de la imagen que no es solo referencia de ese cine original al que alude, sino que el color terminaba opacando. Es como si ahora se pudiera ver la película que antes se escurría de entre las manos. Nickelodeon es una de las cimas del cine de Bogdanovich –junto con otras películas tan poco recordadas como esta, como Texasville (1990) y Noises off! (1992)-, lo que equivale a decir que es una de las mejores películas norteamericanas del último cuarto del siglo XX.

Nickelodeon (Estados Unidos, 1976). Dirección: Peter Bogdanovich. Guión: Peter Bogdanovich y W.D. Richter. Fotografía: Laszlo Kovacs. Edición: William Carruth. Elenco: Ryan O’Neal, Burt Reynolds, Tatum O’Neal, Brian Keith, Stella Stevens, Jane Hitchcock. Duración: 121 minutos.

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