Cinco ideas sobre el cine actual a partir de 5 cámaras rotas: 1) el cine documental o el cine de no-ficción es mucho más entretenido que las súper producciones, 2) la dimensión material, la eficacia narrativa y la escala humana de estas películas las hacen tan atractivas como lo fueron muchas de las estadounidenses y de las italianas de ficción política de la segunda mitad de los 60 y los 70, 3) los documentales sobre la resistencia de los palestinos al colonialismo criminal del derechizado estado de Israel ya constituyen un cuerpo tal que puede ser analizado estética y discursivamente, con cristalizaciones, rupturas y me imagino que estrategias de comercialización también, habida cuenta del interés que el mercado de festivales manifiesta, 4) el falso material encontrado, o found footage, como subgénero dominante del cine de terror a partir de El proyecto de la bruja de Blair tiene estrecha relación formal con la naturaleza terrible de lo ‘cotidiano bélico’ que se manifiesta con material verdadero y directo en películas como esta, y afecta a buena parte del planeta, cuya violencia no obedece a la proliferación del delito, que es otra cuestión, sino a la corporativización mercantil de la guerra, y 5) la facilidad, inmediatez y heterogeneidad del registro audiovisual precisan de una mirada que de cohesión a materiales inestables para contener la dispersión política del punto de vista y potenciar lo real como punto de fuga del sentido.
Las cinco cámaras rotas del título no son una figura retórica, sino cinco cámaras destruidas por el ejército israelí desde 2007. Pertenecen al civil palestino Emad Burnat, quien nació y vive en Bil’in, un pueblo de Cisjordania, progresivamente ocupado por Israel, que se ha resistido cada vez más activa pero siempre pacíficamente a la colonización, cuyos métodos incluyen -además de las construcciones de asentamientos, muros y alambradas, así como olivares incendiados y la represión de marchas de protesta con disparos y gases- la detención nocturna de niños para amedrentar a los padres y conseguir que acepten sin luchar el robo y el ultraje de la desposesión de la tierra con ultrajes aún peores que esos, como el mencionado secuestro de los chicos. Esas acciones buscan doblegar definitivamente o generar apetito de revancha, emoción primera que asalta al humillado (¿cómo no, si también asalta a los que somos meros espectadores de esa humillación pese a puestas en escena por completo carentes de sensacionalismo como esta?), pese a lo cual la película no da lugar a la venganza aunque expone el semillero del terrorismo como reacción al abuso. La propia película es una operación destinada a evitar la sedimentación del odio, desde el momento en que la dirección es compartida por el palestino que filmó las imágenes y el israelí Guy Davidi.
Una de las cámaras de Burnat detuvo un disparo que hubiera dado en su cabeza, y no consigo dejar de pensar en las escasas y descompuestas imágenes, posteriores a la inutilización de los aparatos, como imágenes de esa vida-más-allá-de-la-muerte-del-ojo que es la mirada cinematográfica en su dimensión más conmovedora. Pero hay muertes concretas en esta película, una de las cuales duele como pocas, no sólo porque ha sido y sigue siendo una muerte física real, sino también por la vitalidad que acompañaba a todas las manifestaciones de ese hombre (el de la izquierda en la foto que está arriba de estas líneas), uno de esos niños grandes que no perdieron nunca la alegría de vivir, verdadero animador cuyo asesinato deshabita la película y el mundo, y pone a prueba la templanza de esa comunidad y la del espectador. ¿Cómo se hace para seguir luchando –para seguir mirando- cuando una fuente principal de energía es eliminada? Exhibiendo, en lugar de reprimir, el dolor. De ese modo el duelo se vuelve manifestación comunitaria inalienable, protesta cuyo destinatario ya no es –solamente- el otro en tanto diferente, sino el sí mismo del otro no subsumido, aunque más no sea por un instante –a veces no hace falta más que esa apertura instantánea para ser– a razón de estado, orden castrense o jerarquía institucional como sustitutos absolutos del yo.


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