En el paisaje montañoso del sur de Estado Unidos se desarrolla una historia sobre la (in)justicia, la forma de afrontar la culpa, y la transición del duelo, un combinado que expone las falencias del país de Trump, donde imperan el racismo, la xenofobia, la homofobia… y donde los derechos civiles se ven siempre deshonrados, dependiendo de los deseos de quienes ostenten el poder en cada caso.

Luego de siete meses de impunidad por el asesinato de su hija, Mildred Hayes (Frances McDormand), decide poner tres carteles en la carretera donde ocurrió el crimen, llamando la atención del jefe de policía Bill Willoughby (Woody Harrelson) sobre su impericia. Ese acto de impulsiva rebeldía desencadena una guerra intestina entre quienes apoyan a la madre de la víctima y quienes apoyan al oficial. Incluso desde el espacio se impone el enfrentamiento entre la estación de policía y la agencia de publicidad, entre la institución y la difusión expresiva. Los anuncios del título condensan los persistentes problemas de censura en la comunicación, sobre todo en lo que atañe a lo que se puede decir y lo que no, una problemática que también recorre la película de Martin McDonagh (In Bruges, Seven Psycopaths), en tanto retrata un Estados Unidos en descomposición, infecto por la violencia, donde las instituciones están tan corrompidas como cuestionadas y, sobre todo, donde el ambiente, emponzoñado de muerte e ira, no deja otro camino que el de la despedida.

No obstante, 3 anuncios por un crimen dista de ser una película panfletaria porque no se centra en denunciar los males de su sociedad levantando el dedito acusador, sino en describir a las víctimas de ese universo protervo: personajes profundos, que tienen contradicciones, sufren traumas y sucumben ante sus propias debilidades sin caer en el fatalismo nihilista, porque estos no se definen por la maldad pura, sino que sus reacciones negativas generalmente se encuentran justificadas por las situaciones que el argumento les tira encima. Son victimarios y víctimas. El mal como ente abstracto no aparece encarnado en un enemigo a derrotar, sino disuelto en medio de un contexto en el que cada uno parece tener sus motivos para violentarse. Como desde el guion se trabaja la ira como respuesta al dolor, esas reacciones abruptas tienden a ganar en empatía y, en varias ocasiones -como resultado del develamiento de algún detalle-, esa ira se trastoca en una culpa que es compartida también con el espectador.

Dicha furia está encarnada en el personaje protagónico, una mujer hawksiana, fuerte, pero salida de un spaghetti western: lo que comienza como búsqueda de justicia termina como cruzada vengativa en un terreno poblado de montañas y lagos, y desprovisto de ley alguna que sea respetada. Desde los primeros segundos, Mildred es una heroína solitaria que camina en cámara lenta en medio de unos acordes que remiten al lejano Oeste. Ese personaje de gesto adusto es tomado generalmente en encuadres propios del western: planos americanos, o de tres cuartos mirando de reojo hacia un contracampo empequeñecido. En la escena del altercado con el dentista, se la toma de abajo hacia arriba, desde el punto de vista del personaje tirado en el piso, con el dedo perforado. Ella siempre se encuentra engrandecida frente a los personajes con quienes comparte la escena. Un personaje cuya sola mirada le basta para imponerse por sobre aquellos que la rodean. Y, sin embargo, sus muecas duras, su conducta antisocial –que incluso puede pecar de egoísta-, no hacen que sea condenada moralmente ni le restan simpatía para con el espectador; en principio porque se muestra su dolor, pero también porque esa brusquedad en el semblante férreo es la amalgama perfecta para los ocasionales gags que se permite. No es un personaje devorado por la maldad o la locura, sino que expresa la transición de un duelo terrible el que la impele a su actuar. Si bien al comienzo declara no importarle la enfermedad de Willoughby, al momento de presenciar un episodio en que el jefe de policía se debilita, no sólo lo consuela, sino que busca ayuda. Asimismo, Willoughby tampoco se ensaña con ella, sino que su reproche hacia los carteles va cargado de cierto dolor ante la creencia de Mildred de que a él nunca le importó el caso de su hija.

Todos los personajes están rotos. Incluso el oficial furibundo, Jason Dixon (Sam Rockwell), torturador racista, xenófobo y homofóbico, es controlado por la madre y en el fondo quiere ser un buen policía. Todo es doble, por eso los personajes principales se reflejan varias veces en espejos que los duplican en toda su complejidad. Todos tienen cualidades que los absuelven ante los ojos de ese espectador endiosado, excepto el personaje más oscuro, el que realmente presenta una amenaza de violencia incontenible: el soldado. Toda una declaración de principios que sea ese personaje el único que sólo tiene maldad injustificada, sed de intimidación y un historial -encubierto por el Estado- de crímenes en Irak; algo que se insinúa, pero no se nombra – en cuanto a la ponderación de los “héroes de guerra” la censura comunicacional es infranqueable incluso para McDonagh-, se deja a “libre interpretación”, pero justamente a la de un personaje algo torpe, como si para no conocer esos crímenes fuera necesario estar algo ido.

Ese personaje nefasto brinda la esperanza de culpabilidad, de encontrar al criminal buscado para con su castigo lograr algo de sanación. “Alguien escucha a alguien decir algo en un bar…” dice Willoughby a Mildred imponiendo al azar como determinante en ciertos accionares de la justicia, y es el soldado quien es escuchado alardeando en un bar sobre una violación perpetrada. Suspenso que se genera por la tensión y la información que pone al espectador a fabular conspiraciones que luego se desmienten, donde cualquiera es capaz de cualquier cosa. Se genera la esperanza en el espectador sobre la resolución del crimen, pero en realidad ese no es el objetivo de la película sino la forma en que el duelo se expresa en un lugar donde la muerte (“Todos estamos muriendo”, grita Mildred a Dixon), y la corrupción es imperante, mas no definitiva. Todos los personajes tienen culpas que acarrear y expiar, y tanto la violencia como la crueldad se retroalimentan de los gags que alivian la tensión al tiempo que la magnifican en contraste. Contraste que se juega, además, en tanto que la ira magnifica los pequeños gestos de humanidad que los personajes tienen ya sea para perdonar o para ayudar a quienes los rodean.

Los anuncios no son un cebo para atrapar criminales sino una tumba. En el pasto quemado del lugar del crimen, debajo de los carteles, la madre lleva flores a su hija asesinada. No sólo es un lugar contestatario, sino un lugar de memoria, un lugar para transitar el dolor. Todo es una cuestión de transición. Lo que comenzó con un “Parece que tenemos una guerra en nuestras manos” termina resolviéndose como “El odio sólo engendra mayor odio”, y en medio de esa (in)determinación, aparece otra partida: esta vez la de un viaje hacia la sanación o hacia la corrupción absoluta, algo que queda sin develarse porque en ese universo, todo es posible. Luego del dolor de que sus seres queridos los hayan abandonado, finalmente, ellos se van también.

3 anuncios por un crimen (Three Billboards Outside Ebbing, Missouri, EUA, 2017). Dirección: Martin McDonagh. Guion: Martin McDonagh. Fotografía: Ben Davis. Elenco: Frances McDormand, Woody Harrelson, Sam Rockwell. Duración: 116 minutos.


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