Por Marcos Vieytes.
En un día peronista salimos para un festival kirchnerista. Lo primero es una evidencia tan clara como el cielo de esta mañana soleada, sin nubes y todavía fresca (son las 7am). Lo segundo da para hablar, pero está claro que así como el BAFICI es un festival donde se sienten cómodos los macristas, los recoletos y los progres, el de Mar del Plata es mucho más hospitalario y popular. Pero esto no es un análisis de identidades y políticas culturales, cosa mucho más compleja que este comentario sobre sensibilidades, sino una celebración del festival que más nos gusta, de este domingo, y del viaje que estoy a punto de emprender hacia la casa del venerable Eduardo Rojas, quien habrá de conducirnos hacia el puerto del cine, la sal de la vida, guiados por su aguda mirada de sabueso y su olfato de lince, virtudes capitales del crítico de raza.
El acontecimiento, entonces, es aún más singular que en otras ocasiones, y además el flako Roberti, amigo y productor, presenta Polvareda, de Juan Schmidt, película con la que colaboré en algo así como la tercera parte del guión original, y no pienso ver porque mi idealismo sólo concibe a la realización (cinematográfica) como dolorosa degradación y prefiere solazarse en la imagen escrita. Tampoco voy a escribir ninguna crítica de ella, pero espero que la proyecten a sala llena, gane la competencia argentina y nos llenemos de guita (perdón, quise decir de gloria). De yapa, un colaborador de Hacerse la críticacompite con su Work in progress Estación Taiwan, así que a Marcos Rodríguez también le deseamos la gloria y, por qué no, la guita. 

Pero como la vida es algo más que fama y billetes (o eso dicen los que tienen ambos), hablemos de las películas que quiero ver. En principio, algunas argentinas clásicas restauradas, sobre todo El último payador, uno de esos peliculones industriales que funcionan a la perfección y reúnen a dos de los más eficaces y exquisitos artistas cinematográficos argentinos, Homero Manzi y Hugo del Carril. Tampoco pienso perderme la posibilidad de ver por primera vez en pantalla grande una película de Gardel. Otras: una poco conocida de José Ferreyra, una con Fidel Pintos haciendo del hermoso brummel, e Historia del 900.
En Tráiganme la cabeza de Alfredo García, Peckinpah le dio al Indio Fernández el papel de un señor feudal que era también el de Dios Padre. Enamoradademuestra que no exageró. Alguien capaz de filmar un melodrama político como ese y vérselas con María Félix tiene ganado el cielo, aunque el tipo que le pegó un tiro en las bolas a un crítico que escribió en contra de una de sus películas se divertiría mucho más en el infierno.

De las nuevas, no me pienso perder Real, la última de Kiyoshi Kurosawa, mi cineasta favorito y uno de los lúcidos de los últimos veinte años. La última de Guiraudie (L’inconnu du Lac) me dará, supongo, acceso a una geografía francesa tan regional y descentrada como la sexualidad de sus personajes. Desde hace unos años, pienso en algo así como la película feliz ideal, que sería una película dinámica y acrobática, abstracta como las mejores de Fairbanks y de Jackie Chan. Puede que Liberen a García ronde esas rutinas de movimiento incesante.

Con algunos documentales uno corre el riesgo de encontrarse con puestas en escena, justamente, rutinarias, pero quizás valga la pena correrlo para saber de Rosita, la favorita del Tercer Reich, sobre la cancionista chilena que llenó estadios de la Alemania nazi. Otra mujer capaz de llenar estadios (si no lo hizo fue sólo porque no se lo propuso) es Claudia Cardinale, que en Sacrificial Youth no aparece de la mano de viejos señores europeos dignos como De Oliveira, sino de una joven directora estadounidense que fue su vecina en París y la consiguió para esta ficción.

Un documental italiano acerca de la locura es más que interesante, tratándose de la patria en la que Bellocchio sigue filmando políticamente los desequilibrios mentales. La pasión sexual entre viejos y jóvenes filmada por Bruce La Bruce en Gerontofiliatambién promete. La primera de Bong Joon-ho, Dog Bite Dog, también de género y también clasista como The Host, vale decir nacional y popular a la coreana. El resto, sobre la marcha, ya que arranca el auto.