La isla Maciel es un territorio extraño. Un espacio salteado, un panorama siempre desde algún puente: no se lo transita, solo se esquiva o sobrevuela. Se lo reconoce porque, enclavada en el medio está la cancha del club San Telmo. Como el Dock Sud que hace algunas décadas atrás era paso obligado para quienes llegaran a Buenos Aires desde el sur del conurbano, eran zonas peligrosas, laberintos en los cuales era posible perderse y eventualmente no salir. El problema es que lo que se define como peligroso queda instalado, se postula definitivo. Haber construido puentes que la sortean hace lo suyo: mantiene la distancia, impide revisar los conceptos, romper lo instalado.

Estigma. Eso es lo que perciben los habitantes de la Isla Maciel. La marca de una marginalidad situada en el pasado y hecha de refugio de ladrones y zona de piringundines y prostitución. Hay algo que en Pintó la isla queda subyaciendo: la idea de que durante mucho tiempo los habitantes no supieron -o no quisieron saber- qué hacer con eso. Parece haberse resignado, acomodándose en la negación del territorio: se vivía en Maciel, pero se decía hacia afuera que se vivía en Dock Sud o en Avellaneda (lo difuso de los límites entre las localidades podía, en ese sentido, jugar a favor). La otra solución era irse: otra forma de negación del espacio que allí solo se dejaba atrás, como si el pasado pudiera borrarse de las vidas personales.

La pregunta es cómo se sale de ese estigma, cómo se hace para revertir una imagen construida y sostenida sin cuestionamientos durante décadas. No se puede esperar a que el Estado articule las políticas que hagan que una zona pobre, de clase baja o media baja, salga de ese pozo, traduciéndolo en la mejora de las condiciones de vida -de hecho, el único momento en que aparece algún rasgo del Estado, en este caso el municipal, funciona como obstáculo y como anulación del esfuerzo barrial.  La pobreza se sostiene de puertas adentro: lo que se modifica es lo que se ve hacia afuera. Se trata de mejorar el rostro, lo que se ve a primera vista del barrio: un lifting que implica sacarlo de los frentes de colores monótonos, de paredes despintadas y ganadas por la humedad por algo que refleje de otra manera el espíritu de la comunidad.

Un primer paso que puede resultar extraño, sin embargo resume la construcción de ese espíritu comunitario. Cuando la comunidad se apropia de un espacio abandonado -en este caso, una escuela- para utilizarlo como un espacio propio -un museo- no solamente está recuperando una parte de su historia, sino poniendo en movimiento a la comunidad en su totalidad. Crear un museo donde no había nada: hacer lo impensado, lo que los antiguos habitantes de la isla que se han ido no pueden creer que podría existir.

Lo llamativo es el segundo paso, que proviene de un espacio igualmente impensado. Un proyecto escolar impulsado por un profesor, apuntalado por una directora, adoptado como propio por los alumnos. Se trata de empezar por algún lugar: un dibujo, una pared, un poco de pintura. El resto es expansión por contagio. Primero hay que saber pedir y aceptar las eventuales negativas. Después, ni siquiera es necesario pedir frentes: los vecinos irán a ellos para que sus casas, sus frentes, formen parte de eso que terminará constituyendo un “circuito de murales” que le cambia la cara al barrio. Murales sin política ni religión ni violencia ni drogas: diseños en los que solo importa resaltar el color, el dibujo, el arte aplicado a los frentes de las casas. Cambiar el color, crear una policromía que empiece a romper con el estigma que pesa sobre el territorio.

Pintó la isla -nombre del proyecto y de la película- se postula como un documental que impone su impronta política. Se escapa de la textualidad discursiva para sumergirse en la práctica de la creación de una (nueva) identidad comunitaria. Que el foco esté puesto en la forma en que esa comunidad logra articular sus acciones en el objetivo de darle otra visualidad al espacio que habitan, potencia la exposición del proyecto. Lo colaborativo, la acción colectiva, terminan imponiéndose sobre cualquier consideración de lugares individuales. El documental llega incluso a diluir los nombres de los protagonistas hasta el límite de lo posible: aparecen una o dos veces -la mayoría mencionados en las entrevistas- y solo refieren a sus nombres de pila. El proceso de realización del mural final es una síntesis de ese espíritu: el pasaje del espacio privado -el edificio de un astillero- al espacio comunitario -el mural que mira hacia la calle y hacia el Riachuelo- es parte de ese recorrido. Allí también están los niños del comedor popular retratados como si observaran esa otra orilla que se empeña en negarlos. Esos niños pintados en las paredes por una multitud de manos postulan desde allí un cambio de imagen para cambiar la mirada que se tiene sobre ellos. Pero su persistencia en el tamaño está reclamando que se los mire, se los registre, que la mirada se vuelva sobre ellos para comprenderlos y quitarles de encima el estigma construido por otros.

Pintó la isla (Argentina, 2025). Guion y dirección: Gonzalo Sierra. Duración: 74 minutos.

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