¿Y si el cine fuera la forma de concretar un sueño imposible? ¿Y si poner en escena o en pantalla la historia familiar fuera la forma de convocar en el sueño a esos personajes del pasado que ya no están?¿Y si esa es la forma de despegarles cualquier rastro de fantasmagoría para volverlos presente desde un recuerdo hecho de imágenes?¿Y si rastrear el árbol genealógico para reconstruir la forma de un clan fuera en sí mismo el sueño posible?

Ingrid Pellicori e Irina Alonso son hermanas y descubren luego del fallecimiento de su madre -la actriz iris Alonso-, una montaña de carpetas, fotos, recortes, imágenes que remiten a ese árbol genealógico que preside desde lo simbólico a la película y al que van sumando frutos de las ramas en el relato. Para esa reconstrucción las hermanas se sitúan en un espacio diferente al que ocupan en el presente. Desde el comienzo, ambas se trasladan a sus respectivas infancias para contar desde esa mirada la historia familiar. Lo definen de manera clara en el comienzo del documental: “Es como un país encantado, nuestra patria”. Lo refrendan cada vez que frente a una ventana en la que da el sol, juegan a recordar los juegos de manos de la infancia: canciones y gestos que persisten en la memoria y se actualizan. Lo hacen también cada vez que buscan en las calles de Mar del Plata, las casas en las que pasaban los veranos. En una y otra situación, las dos vuelven a ser niñas y a jugar como lo hacían hace décadas.

El relato se sitúa entonces en un tramo significativo que está marcado entre el nacimiento de Irina -10 años menor que su hermana- y la muerte del padre, el actor Ernesto Bianco. Son los años en los que se produce una transformación en el espacio público en el que se movía Bianco. Son los años del pasaje del actor dramático al actor de comedia, el que transita desde el prestigio conseguido en los teatros oficiales y el independiente (el documental recuerda justamente el momento de la renuncia de los actores a la Comedia Nacional del Teatro Cervantes en solidaridad con Orestes Caviglia y como consecuencia, el pasaje al teatro en cooperativa) a la comedia teatral y a la televisiva más cercana a lo comercial. Es, en fin, la explosión de popularidad del actor, entre la puesta de “Boeing Boeing” en 1964 y su “Cyrano de Bergerac” en 1979. En el medio, ponerle el cuerpo no solamente a “El botón” (junto a Alberto Olmedo, entre otros) y a “Mi cuñado” (repitiendo la pareja teatral que ya había hecho con Osvaldo Miranda), sino a lo que fue la primera miniserie de la TV argentina, “El inglés de los guesos” y a esa rara avis de la comedia cinematográfica industrial de la década del 70 que fue Un toque diferente (Hugo Sofovich, 1977). Ernesto es, en fin, el centro de ese árbol genealógico que termina en sus dos hijas, el tronco que parece sostener todo el andamiaje de recuerdos.

Las hijas convierten a su padre en el vértice de ese clan familiar situado siempre en las coordenadas de lo artístico. Es el vértice porque esa construcción se instrumentaliza a partir de la forma en que la familia se articula con la profesión: por eso Mar del Plata se vuelve tan central, a partir de las temporadas teatrales de verano en las que el grupo familiar se reunía tanto sobre las tablas como en las carpas de la playa. Ingrid e Irina hicieron de esa historia de recortes, de recuperación de recuerdos, primero una obra de teatro (“Papá Bianco y los Alonso”) en las que transformaron a sus primos en sus padres. El teatro se vuelve entonces ese juego en el que todos juegan a ser otros, ese espacio en el que como dice Ingrid, “hace años que juego a disfrazarme”.

Las dos hermanas retoman ese juego para construir el documental. Hacen partícipes a todos los entrevistados. Exploran ya no solo el recuerdo personal sobre el padre, sino el de los otros. El de quienes ven en Bianco uno de los mejores actores de la historia de la Argentina. Pero sobre todo, el de quienes se dejaron atravesar por la significación que tuvo ver a Bianco en escena. Su Cyrano -que por su muerte solo duró un mes en escena- aparece tanto en el recuerdo de críticos como Jorge Dubatti como en la evocación de Pepe Soriano (“Después de esto, qué veo”, se había preguntado en su momento) y en la mirada de quienes eran jóvenes que estaban empezando sus carreras -Gabriel Goity, Ricardo Darín, Oscar Martinez- y para quienes Bianco fue influencia absoluta e insoslayable. Son ellos los que también se remontan a otro tiempo, a otro espacio, a esa juventud que les permite navegar por sus recuerdos de una época en la que absorbían toda influencia del entorno.

El sueño imposible entonces es concreción, trayendo a Bianco a un presente en el que parece haber quedado olvidado (sus rastros en algunos espacios culturales incluso han sido borrados) y con él a los Alonso y sus ramificaciones. Unos y otros comparten el hecho de haber vivido sus vidas en ese espacio indefinido que flota entre el hogar y la escena, entre los cines y las revistas. Los Bianco/Pellicori y los Alonso vivieron en las películas como en la vida, en la escena en la que los roles se iban intercambiando (el ejemplo más contundente es la relación entre Tito Alonso y Tita Merello, pareja en la vida real, y que en el cine interpretaron papeles de madre e hijo) y en las revistas donde todo se unía. Las dos hermanas, en ese juego recuperan la forma de la familia, la historia de su padre como actor y con ello, un teatro, un cine, un país que solo existe en el recuerdo.

El sueño imposible (Argentina, 2025). Guion y dirección: Paula Romero Levit. Duración: 112 minutos.

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