¿Cómo se trae de vuelta a un desaparecido? ¿Alcanza con evocarlo desde la memoria personal? Jorge Julio López fue secuestrado en octubre de 1976 por una patota militar que lo sacó de su casa. A los dos años fue liberado: en esa instancia pudo volver a su casa, pero como señala Ruben, uno de sus hijos, el silencio alrededor de esa situación se instaló en la casa familiar. López desapareció, pero volvió. Pudo dar su testimonio, pero volvería a desaparecer 30 años después de aquella primera vez, y ahora en democracia. Entonces, cabe preguntarse cómo se hace para volver por segunda vez de una desaparición. Cómo se hace para pasar dos veces por el infierno infligido por otros y volver.

Jorge Julio López no volvió de su segunda desaparición. A diferencia de la primera, en la que lo arrancaron de su casa, delante de su familia, y fue llevado a un centro clandestino de detención y tortura, la segunda se vuelve un enigma porque no hay certezas de qué y cómo ocurrió exactamente. El documental, en su interés por reconstruir lo que ocurrió ese día de septiembre de 2006, traza un mapa en base a los últimos testigos que lo vieron. Se detiene en esa última parada de López en la puerta a un par de cuadras de su casa: registra ese mismo espacio hoy, vacío, sin poder entregar una respuesta a eso que la imagen deja en evidencia, esa ausencia, ese lugar en el que el cuerpo de un hombre, visto por última vez, ya no puede volver a verse.

Recuperar al desaparecido no solamente como ejercicio de la memoria. No es solo traer su imagen del pasado, sino recomponer lo que ella implica, la importancia que tuvo y tiene. López, el hombre que desapareció dos veces (Colás, 2025) recupera un López preciso y puntual: el que se sienta ante el estrado en el juicio y relata lo que recuerda de ese tiempo de secuestro y tortura; el que acompaña la inspección ocular en la Comisaría Quinta de La Plata dando cuenta de los detalles que el tiempo no pudo borrar. Hay un gesto que define a ese López: es el de quien entra en la pequeña celda donde reconoce haber estado encerrado y busca, con cierta obsesión, una marca que dejó en la pared antes de irse. La marca no está y López no revela cuál era. Pero lo que queda claro es que así como dejó ese rastro en la pared para el futuro -algo similar a lo que haría más tarde con las hojas escritas en la valija de madera-, aunque alguien la haya tapado más tarde, de esa misma manera talló su memoria para no olvidar su pasaje inicial por el infierno.

La otra cara de la memoria de López es la escritura. Esa necesidad -que su hijo Ruben sitúa en los finales de los 90- de anotar lo que recordaba -incluso hasta esa incomodidad que implica plantear su cansancio con los organismos de derechos humanos-. Una escritura apretada, hecha en cuanto papel encontraba a mano (que haya usado boletas de tasas municipales o restos de bolsas de cemento son ejemplos notorios de esa necesidad). Datos e historias que parecen escritas a borbotones, incluyendo dibujos y representaciones espaciales y que establecen una continuidad con el López oral de unos años más tarde. En ambos se advierte la necesidad de que broten las palabras que parecen empujarse unas a otras en un torrente irrefrenable. Lo que en la escritura se nutre de los dibujos, en la oralidad se detiene en las inflexiones de la voz conmocionada, en el movimiento tembloroso de las manos, en la precisión con que las palabras pueden dar cuenta de ese mundo que solo sus ojos pudieron ver.

En ese sentido, López, el hombre que desapareció dos veces pone en disputa en su centro, dos discursos que se contraponen. Uno es el que construye a partir de Julio López, del registro de su exposición en el juicio y en la inspección. Ese torrente de palabras tiene la virtud de conjugar de manera intuitiva la organización y la espontaneidad. La elaboración de ese tejido de recuerdos que tomó años en formarse y la liberación que implicaba que alguien desde un estrado judicial le pidiera que cuente su historia. López cuenta el infierno desde la simpleza que marcó su vida como albañil, de educación sin terminar y de memoria sin límites. El otro discurso es el de Echecolatz. Como en el caso de López, el documental se ciñe a las palabras del ex comisario de la Policía Bonaerense emitidas en los juicios que se le siguieron. Su gestualidad ocurre en la misma sala en la que se lo juzga. Pero el suyo es un discurso calculado, atravesado por la necesidad de provocar, de amenazar, y de quitar del centro de la escena a los testigos. En cada gesto, en cada palabra, lo que el documental resalta es que Echecolatz intenta retomar el centro del ring en esa pelea porque se sabe capaz de absorber cada golpe (o que, en su defecto, los escudos de la policía lo seguirán protegiendo literal y simbólicamente). Los discursos chocan en niveles de veracidad, de verosimilitud, en una disputa que se recalca no solo a partir de las palabras, sino en las acciones que como consecuencia de ello encara cada uno (la angustia de López; la risa y el beso a la cruz que lleva colgada en Echecolatz).

Donde aparece en toda su dimensión la búsqueda que emprende el documental es en lo que se desprende del entramado de entrevistas que va enhebrando. Si queda claro que en Ruben López aparece la continuidad de la memoria de su padre (esa carpeta de recortes que sigue sumando páginas), a partir de los otros entrevistados se reconstruye el largo proceso que va desde esa primera declaración de López hasta los vaivenes en la investigación y la búsqueda tras su segunda desaparición. Más que adentrarse en tecnicismos legales, el documental logra poner en escena aquello que estaba detrás de lo visible -haciendo aparecer, de alguna manera, una parte de aquello que podría haber desaparecido sin ese relato-. Lo que construyen es el carácter fundamental de ese testimonio que dio López, no solo por la precisión de lugares sino por la cantidad de nombres que dio. Lo que construyen es la forma en que las pistas más convincentes fueron siendo desechadas (la imagen de Felipe Solá y sus dichos lo construyen como un personaje muy resbaladizo en esta trama, como ocurría también en La crisis causó 2 nuevas muertes 2). Lo que construyen es un sistema político que admitía no poder controlar a la fuerza policial ni tener una idea precisa de cuántos de los policías que habían estado en tiempos de la dictadura seguían en ejercicio más de veinte años después del regreso de la democracia. Ese detrás de escena es lo que se impone como legado más tangible del documental de Colás. Recuperar a Jorge Julio López en el presente no es solo traer a la persona, sino entender que lo inhabitual de lo que pasó con él (eso que alguien define de manera contundente cuando señala que las desapariciones en democracia se dividen en tres: casos de trata, violencia institucional y Jorge Julio López) revela la persistencia de los mecanismos represivos amparados en la impunidad institucional y la dificultad para hacer justicia, para encontrar al desaparecido y para esclarecer lo ocurrido. López, el hombre que desapareció dos veces es una contribución más para que López, el nombre, la persona, su historia, no desaparezcan una vez más.

López, el hombre que desapareció dos veces (Argentina, 2025). Dirección: Jorge Leandro Colás. Duración: 70 minutos.

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