Paul Thomas Anderson. Su cine. El ritual -innegociable- que tengo de ver Petróleo sangriento (2007) cada año, cuando más lo necesito. Como a Heat (1995) de Mann.

            Paul Thomas Anderson. El de las perlas, las maravillas fílmicas con Yorke, con Radiohead, con las hermanas Haim.

            Paul Thomas Anderson. El que no tuvo reparos en criticar la cientología desde el arte con esa obra maestra que fue The Master (2012); con el arte como metodología crítica antes que cualquier exacerbación política, ideológica, religiosa directa, común, del lugar común (de la crítica) más bien.

            Paul Thomas Anderson. El de la única película fallida, extrañamente intrascendente desde todo punto de vista como Boogie Nights (1997).

            Paul Thomas Anderson. El que supo hacer que tan bien le quedara en su extraordinaria Licorice Pizza (2021) lo que tan mal le quedaba a la Érase una vez en Hollywood (2019) de Tarantino.

            Paul Thomas Anderson. El que, en su Una batalla tras otra (2025), invierte torpemente esta relación y hace que le quede muy mal a su película lo que tranquilamente le quedaría muy bien a una película de Tarantino.

            Paul Thomas Anderson. El que abre frenéticamente una especie de abanico agenda-woke-progre desde los primeros quince minutos de Una batalla tras otra exponiendo todos los temas candentes de este abanico-agenda (especialmente en esta nueva era Trump, pos vikingos rednecks tomando en forma de patética caricatura el Capitolio): inmigración legal/ilegal, deportaciones brutales, campos de concentración modernos, capitalismo colapsado, drogas como forma de vida, minorías exhaustas dentro del “sueño americano” fallido, fachos, militares fachos, policías fachos, logias, logias masónicas (tipo Los Magios de los Simpson), supremacía blanca, racismos, sexualidad libre, adolescencias trasnochadas, religiones torpes, revolucionarios de cotillón, paternidades/maternidades de cabotaje, la tecnocracia, la sexualidad como arma de poder, el hipismo con OSDE, la violencia de género, la violencia estatal, la violencia judicial, la violencia de todo tipo.

            Paul Thomas Anderson. El que abre el abanico-agenda pero esconde la mano en Una batalla tras otra, curiosamente, en esos primeros vertiginosos quince minutos de una película de tres horas.

            Paul Thomas Anderson. El que narra de forma extraordinaria su película durante esas tres horas pues, estéticamente, Una batalla tras otra es absolutamente impecable.

            Paul Thomas Anderson. El que, a pesar de su narración impecable, cae en el peor pecado que puede caer una película de estas características, con este abanico-agenda abierto en estas épocas tan particulares del s. XXI: cagarse en la profundidad ideológica (y, por arrastre, en la política) y desactivar esta profundidad a través del humor bobo.

            Paul Thomas Anderson. El que hizo humor bobo con Una batalla tras otra escapando del humor cínico, paródico, negro, absurdo, inteligente, justamente, para que lo político no se haga estética de lo ideológico y viceversa en sus tres horas de película.

            Paul Thomas Anderson. Sí, el humor con el que desactiva el peso de lo ideológico (y por arrastre, de lo político) en Una batalla tras otra, es bobo. No causa gracia. No causa sonrisas cómplices. No causa empatía con la ironía de la ironía. Se acerca más al ridículo que a otra cosa. A una película ridícula -aunque muy bien narrada- que a otra cosa.

            Paul Thomas Anderson. No, con su humor bobo no hace parodia. No parodia los tiempos de Trump. No parodia las miserias de su propio sistema. No parodia los personajes que hacen de títeres (o titiriteros) en las miserias de su propio sistema. No está adelantado quince años a nadie como dicen por ahí en los virales de internet. No parodia nada. Termina, por ello, siendo, de hecho, una suerte de “Tarantino de outlet”.

            Paul Thomas Anderson. El que no sirve, definitivamente, para ser un “Tarantino de outlet” por más Di Caprio (Bob) que le protagonice la película. Por más Sean Penn (Lockjaw) que se ridiculice al grotesco para encarnar a su personaje (que no queda muy en claro si es milico o cana). Por más que Benicio del Toro (Sensei Sergio) parezca salvar la película de a ratos y no lo logre en ninguno de esos ratos.

            Paul Thomas Anderson. El que claramente le marcó un camino a gente como los hermanos Safdie pero que acá lo desvía hacia un lugar desconocido en su cinematografía, en su poética fílmica: el szifronanismo provocador que se caduca justo cuando empieza la provocación.

            Paul Thomas Anderson. El que caduca la provocación de Una batalla tras otra antes de comenzar a provocar con un humor bobo que no decae en su estupidez durante tres horas.

            Paul Thomas Anderson. El mejor director -de lejos- de su generación que falla en el atrevimiento de una película que podría haber sido una bomba nuclear, pero que prefiere implotar toda explosión en un mero guiño (livianito) de época.

            Paul Thomas Anderson. El que nos guiñó mal (livianito) con esta película pero que tan bien nos miró con los ojos abiertos en todas las otras.

            Paul Thomas Anderson. En ésta, no. Pero en todas las otras, recontra sí.

 Una batalla tras otra (EUA, 2025). Guion y dirección: Paul Thomas Anderson. Fotografía: Michael Bauman. Edición: Andy Jurgensen. Elenco: Leonardo DiCaprio, Regina Hall, Sean Penn, Benicio del Toro, Alana Haim, Teyana Taylor, Wood Harris. Duración: 162 minutos.

Si te gustó esta nota podés invitarnos un cafecito por acá: