En el principio hay –hubo- una decisión. El documental la omite porque queda siempre como algo que va sosteniendo el hilo del relato. De la misma manera omite la referencia al nombre de nacimiento, el que los padres le ponen a un hijo/a: no tiene importancia aquí, no representa la identidad de esa persona que empezamos a ver en la pantalla. Por esa razón se detecta un hueco en esos primeros minutos, en el que no hay nominación, pero sí la existencia de un proceso de rescate de señales que lo destaquen y que deriva de aquella decisión del cambio. No por capricho, sino como una síntesis de esa necesidad de una búsqueda para encontrar lo que lo representa (cortarse las cejas, teñirse el pelo de color azul inicialmente)

Ese hueco se libera pocos minutos después. Como reivindicación de un gesto personal –y de una política de Estado que lo acompaña- el documental registra el momento en que tramita su nueva identidad y la posterior llegada del documento que lo certifica. El paso que lo lleva de lo interior, lo privado, hacia el reconocimiento institucional. Como su identidad sexual, se trata de una elección, con una justificación que se expone en ese momento –y que se redoblará en el final-: llamarse Tristán porque alude a la tristeza y la concepción de que por sí mismo no implica algo malo.

De allí en más, esos días por venir que anuncia el título, se presentan como el acompañamiento en un proceso de cambios que involucra su intervención en el espacio público –votar por primera vez, participar de las marchas del orgullo- y en el privado. Es particularmente interesante que en este segundo terreno, el documental elige una distancia precisa para no invadir. Participa de esa serie de cambios que se van produciendo en el cuerpo de Tristán, pero sin regodearse en el detalle, sino registrándolo como una normalidad que de a poco va haciéndose literalmente cuerpo. El inicio del tratamiento con testosterona, por caso, funciona como uno más de esos espacios en los que el proceso de cambio se produce a partir del cuidado del entorno –como se ve en las aclaraciones que hace la médica sobre los síntomas que irá viendo en su cuerpo a lo largo del tratamiento. Más que centrarse en los nudos que propician esos cambios, la cámara los naturaliza, se despega de una progresión temporal precisa, para dejar que se adviertan como producto de un crecimiento –por ejemplo, cuando vemos que empieza a aparecer el bigote.

Esa estrategia por el registro de lo privado, expone el camino marcado por la complejidad que implica un cambio de identidad sexual. Por un lado, porque si bien la relación que establece con su madre es de un acompañamiento amoroso, no evita las aristas conflictivas, que pasan por las indefiniciones propias de la edad y por las posibles rebeldías (“No tengo que hacer lo que vos digas” le dice Tristán a la madre en un momento, cuando le reclama que no definió qué quiere estudiar y en qué lugar, como si el “querer ser” no estuviera aún completo). Por el otro, porque expone situaciones de incomodidades y dudas que atraviesan tanto a sus compañeros y amigos que optaron por un camino similar el suyo –el de los baños es un tema central en la percepción de la relación del entorno-, como a padres y madres y sus temores ante los resultados de los tratamientos y el impacto que tendrá en sus hijos.

El tramo final del documental implica un reconocimiento de lo que persiste como base del personaje y lo que ha cambiado. Los amigos en la fiesta de cumpleaños, el amor de su pareja, el lugar que ocupa la familia y en especial la madre, siguen al final de ese recorrido, persisten como esos libros viejos que eran de la abuela y permanecen en la biblioteca, sin que nadie, salvo él, lo advierta. Lo que cambia esTristán y su vida cotidiana. Ya no dibuja solo para pasar el tiempo, sino para expresarse artísticamente y vender eso que produce en los puestos de las ferias y en las marchas. Elige un nuevo color para pintar su habitación, definiéndola en ello como un espacio propio. Si el final de ese recorrido coincide con una parte importante del tratamiento –ver que allí está la celebración de una fiesta bajo el lema de “Chau, tetas”-, lo hace también para volver la vista atrás en el tiempo, para recordar a ese Tristán que aún no tenía ese nombre. Pero que ya en un video del pasado, pensaba que la tristeza no era algo necesariamente malo. Y que sobre todo, creía que nunca iba a estar solo. El tiempo y su entorno le dieron la razón. El documental es finalmente, un registro de esa certeza.

Tristán y los días por venir (Argentina/Uruguay/Francia, 2026). Dirección y guión: Martina Matzkin y Gabriela Uassouf. Fotografía: Ana Paula Montenegro. Edición: Jerónimo Pérez Rioja, Manuel Margulis y Manuel Peralta. Duración: 62 minutos.

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