
Roma es la capital de Italia, eso ya lo sabemos. Pero no es de esa ciudad de lo que trata la última película estrenada de Adolfo Aristarain. Roma (2004) es ahora el título de las memorias de un escritor. Una historia de despedida que lleva el nombre de una madre y termina con un río en movimiento. «El río de la vida», se burla Joaquín Góñez (José Sacristán) como guiño a la contenida sensiblería que a veces inunda sus recuerdos de infancia. Quizás Aristarain -como Góñez- pensó esta película como su último acto creativo, una de esas tantas películas testamentarias, más allá de lo solemne que suene el adjetivo. Y el fundamento de esa analogía puede establecerse en los paralelismos entre realidad y ficción, las coincidencias entre el director de la película y su escritor ficticio: el nacimiento en Parque Chas, el gusto por el jazz y la literatura de Hammett y Hemingway, el cine de John Ford, el exilio en España, el regreso a la Argentina en los 70. Pero también habrá desvíos entre una y otra biografía, de eso se trata la creación, no de las coincidencias sino de las bifurcaciones. Algo cínico y cascarrabias -nuevamente como Góñez-, Aristarain finalmente se despedía del cine, o eso nos hizo creer a lo largo de todos estos años sin películas.
«No tengo nada para echar al río salvo la tristeza», desliza el escritor ya maduro y amargado, con su españolísimo acento que encubre el porteño de origen por mera supervivencia. Que el río era el lugar donde dejar los malos pensamientos, pronunciados en voz alta para pudor del sufriente, fue una de las más importantes enseñanzas de su padre, el Joaquín original. Ahora, ya viejo y cansado, dedicado a publicar su autobiografía por dinero y para dedicar lo que le queda de tiempo a vagar por el mundo, el escritor no tiene demasiado para echar a las aguas. «Solo me queda tu recuerdo, mamá, tan convencida que estabas de que valía para algo». La madre es Roma, en la piel de una magistral Susú Pecoraro. No la Roma papal sino una Roma del pueblo y anticlerical, explica su hijo. Y algo de eso descubrimos cuando la vemos enseñar lo importante de la vida sin las argucias de la religión y su consuelo. Roma amó a su marido y a su hijo, dedicó su pasión al piano y a la música, defendió su libertad y su deseo sin mentiras ni tabúes, fue una mujer de su época y con ella se fue el último atisbo de emoción de Joaquín Góñez. También el último capítulo de su biografía.
Roma es probablemente la película más descarnada de Aristarain. En la que ya no tiene pruritos -si es que alguna vez los tuvo – en decir lo que piensa, en filmar lo que quiere. Elige la evidente voz de su personaje, un decidido alter ego que asoma en su vejez con el ceño fruncido, el whisky en la mano, la biblioteca de libros elegidos y la historia de una vida que se decide a contar. No por impulso confesional sino por el dinero que puede sacarle al hijo del antiguo dueño de una editorial que alguna vez publicó sus novelas. Las primeras, las buenas. Luego pasó el tiempo y se quedó sin nada que decir, sin música para escuchar, sin ganas de ir al cine. Se recluyó en un caserón de las afueras de Madrid con su tristeza. Pero como solo escribe a mano alzada, le pidió a la editorial la asistencia de un corrector joven para la transcripción, porque los jóvenes pueden no saber nada del mundo pero sí saben manejar las computadoras. Entonces llega Manuel Cueto (Juan Diego Botto), aspirante a periodista que ha torcido el legado familiar de pescadores para probar su valía en la ciudad y convertirse, tal vez, en alguien con una voz propia.
La película comienza con ese primer encuentro. La llegada apurada de Manuel, los reproches de Góñez por la tardanza, Brahms a todo lo que da, la definición de las tareas, del contrato, de la estructura que asumirá el relato. En el presente, Góñez escribe a mano y Manuel transcribe; en el pasado, las imágenes representan lo importante de esa vida. O por lo menos lo que Góñez ha decidido recordar y escribir: la infancia feliz en los años 50, la juventud bohemia y diletante de los tardíos 60, y, por último, el viaje a España, la publicación de su novela y el regreso a Buenos Aires en 1972, apenas como epílogo. Lo que quedó en el medio no vale la pena contarlo, mejor perderlo en las amplias elipsis que el cine nos regala. El Góñez joven, Joaco, asume el rostro de Manuel, quizás un punto de identificación para el periodista-lector, quizás un espejo amenazante en el cual reflejarse. En realidad, no importa. Ese es el juego al que nos invita Aristarain. Y con ello, la infancia se revela teñida de luz y felicidad, de viajes de caza y pesca y merengues con crema, de padres amorosos y acordes de tango. La juventud es egoísta e irresponsable, esquiva a los estudios y afecta a los bares, al sexo sin compromiso y los empleos intermitentes. Por último, un exilio por capricho o cobardía, a costa del sacrificio de una madre a la que nunca pudo recompensar con el éxito prometido. Un amor perdido, una renuncia sin ideales.
Góñez masculla los acontecimientos de cada etapa con una mezcla de amargura y conciencia de su claudicación. No hay otros culpables más que él mismo: por no haber sabido ver más allá de su ombligo, por su falta de coraje para arriesgarse más allá de lo permitido, porque antes de traicionar a los otros se terminó traicionando a sí mismo. Y entre los resquicios de lo narrado, entre esas partes que no merecen la letra impresa, solo quedan más fracasos: matrimonios fallidos, hijas a las que no conoce, novelas mediocres, soledad y tristeza. De eso sí hay mucho. Pero no para inspirar nuestra lástima, sino para afirmar una elección de vida. Góñez no se disculpa, ni Aristarain pretende que nosotros como espectadores lo hagamos. Así pasó, no hay vuelta atrás. Como dijo Roma cuando se murió su marido: ya no está en ningún lado, no nos mira ni nos protege. Ahora estamos solos, hay que seguir adelante.
Hay bisagras que dividen los capítulos de la historia. La muerte del padre cierra la infancia, y los merengues con crema se tornan agrios cuando Joaco los ve en la vidriera de la confitería ahora que su padre está en el cementerio. La ruptura con Renée (Marcela Kloosterboer) clausura la juventud, afirma la bronca sobre el arrebato enamorado, impulsa la traición al amigo Guido (Maximiliano Ghione), el sexo despechado con Alicia (Marina Glezer), el viaje a España sin darse cuenta que fue financiado con la venta del piano de su madre. Un buen cierre para unos años irresponsables. Y la coda llega en España, con la ironía que cruza la muerte de Roma y la publicación de su primera novela. Dos vectores que se cruzan sin tocarse. En Buenos Aires se gestan los años más oscuros, el preámbulo del regreso de Perón y la antesala de la dictadura. Una historia que Joaco toca de refilón, sin involucrarse, volviendo a su refugio, caminando ligero hasta el triste y solitario final.
Roma es una película de cosas que duran, como asegura Góñez en las primeras líneas de su autobiografía. Los autos, los discos, los libros, el piano. «Lo que se hacía, lo que se construía, lo que se podía comprar eran cosas que se podían tener para siempre». Roma se puede tener para siempre, verla de nuevo hoy es una forma de honrar esa manufactura, ese cine de sentimientos sin sentimentalismo, de historias tristes y de tristezas sin demasiada historia. Una película que devela a un Aristarain sin excusas ni explicaciones sobre fracasos y exilios, que se hace cargo del egoísmo personal, de la cobardía frente las demandas de la Historia, del amor a una madre que entregó todas sus esperanzas. «Cómo me quisiste. No hay otra cosa que valga la pena recordar». Lo que deja Góñez no es su recuerdo, sino el mismo gesto de recordar. La valentía de hacerlo, de transmitirlo a Manuel Cueto en la escritura conjunta. El mismo gesto que Aristarain nos regala, con su cine que se mueve incesante como el río, su cine perdurable.
Roma (Argentina/España, 2004). Dirección: Adolfo Aristarain. Guion: Adolfo Aristarain, Mario Camus, Kathy Saavedra. Fotografía: José Luis Alcaine. Montaje: Fernando Pardo. Elenco: José Sacristán, Juan Diego Botto, Susú Pecoraro, Vando Villamil, Gustavo Garzón, Raúl Rizzo, Marcela Kloosterboer, Marina Glezer, Maximiliano Ghione. Duración: 155 minutos.
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