
Primero, una confesión: Cuando yo era un joven imbuido por el espíritu sobrador y canchero de la adolescencia, no le daba bola al cine de Aristarain. Tenía la referencia de mis viejos de que era un buen director de simples policiales que retrataban los oscuros años de la Argentina de finales de la dictadura y de comienzos de la democracia. De muy pibe había visto Tiempo de revancha (1981) y Últimos días de la víctima (1982). Esta última, sobre todo, me parecía una película hecha y derecha. Sobre Tiempo de revancha pensaba que estaba cargada de un exceso de simbolismo que atentaba contra el relato. Eso de cortarse la lengua como metáfora del silencio frente a un contexto oprobioso y un Estado genocida me parecía, como dicen los jóvenes de hoy en día, “un montón”. De las películas de Aristarain de los noventa tenía la sensación que eran muy declarativas. Creía erróneamente que Un lugar en el mundo (1992), Martin (Hache) (1997) y Lugares comunes (2002) eran declaraciones de principios de gente honesta al que el mundo sencillamente se los estaba llevando por delante en el contexto de lo que la historia argentina recuerda con el nombre de “menemismo”. Esas primeras impresiones de mi parte, con el correr del tiempo, no las puedo recordar de otra manera que como un infausto prejuicio propio de un joven ignorante y soberbio. Con el paso del tiempo empecé a rever el cine de Aristarian a medida que me daba cuenta de que las nuevas generaciones de cineastas argentinos lo consideraban una referencia ineludible (a la altura de Leonardo Favio), y empecé a mirar sus películas con otros ojos. En Bolivia (2001), de Caetano y en El custodio (2006), de Moreno, veía al Aristarain de los policiales de los ‘80. En la trilogía de Daniel Burman y en Mundo Grúa (Trapero, 1999), encontraba ecos del Aristarain de los ‘90. Sus películas ya no me parecían declarativas, sino contundentes. Cada una de las palabras estaban ahí por algo, y ese algo era funcional al relato. La puesta en escena en términos cinematográficos era simplemente perfecta. Nada sobraba y todo tenía su perfecta razón de ser.
Lugares comunes cierra de alguna manera la trilogía iniciada por Un lugar en el mundo en 1992. La película inicia con un veterano profesor de literatura al que le avisan que le llega el inevitable retiro. En esos primeros minutos la película va y viene del ámbito de lo público al de lo privado. Por un lado, vemos a Fernando Robles interpretado por Federico Luppi (alter ego del propio Aristarian), atormentado ante el irreparable retiro, y por otro lado sentimos el profundo desprecio que dicho personaje siente por el mundo en descomposición en el que vive. Estamos en los comienzos del siglo XXI. Los más de diez años de políticas neoliberales que azotan a las clases medias y a los sectores populares de nuestro país son el síntoma más evidente de un país en descomposición, y de un contrato social astillado que deja a los ciudadanos a la deriva en el más descorazonador “sálvese quien pueda”. Esa jungla darwiniana que Aristarian describe con pincelazos de realidad insertados con sutil maestría son una parte del paisaje descorazonador de los que habla Lugares comunes. El profesor jubilado a la fuerza y su esposa Lili (Antológico papel de Victoria Sampietro), irán a visitar a su hijo Pedro (interpretado por Carlos Santamaría), que vive en España. Allí surgirán otra clase de conflictos, esta vez vinculares. La tensión entre Luppi y su hijo llevará a que la excursión termine siendo agridulce debido a las diferencias que surgen entre padre e hijo que podrían ser mucho más dramáticas si Lili no estuviera ahí para poner paños fríos al asunto.
Al regreso del viaje, la situación económica del matrimonio irá de peor en peor, lo que los llevará a ambos a tomar la opción de partir de la ciudad a una casa de campo alejada del ruido de la gran ciudad. En ese paraje Fernando y Lili intentarán seguir viviendo reinventándose una vez más lejos del mundanal ruido.
Lugares comunes es una película tristemente hermosa llena de palabras y de silencios. Ahí, cuando el personaje de Luppi no tiene nada para decir, es la cámara de Aristarain la que pareciera abarcarlo todo. Desde la distancia con la que Aristarain filma las discusiones en interiores (las que tiene Luppi con su hijo y las ideológicas y generacionales que se dan entre el matrimonio amigo interpretado de modo magistral por Arturo Puig y Valentina Bassi), hasta la poética metafísica de esa cámara filmando a un hombre abatido frente a la naturaleza, todo en Lugares comunes parece tornarse crepuscular y definitivo. Luppi, como alter ego de Aristarain pareciera contemplar con sabiduría el crepúsculo de su vida que, no es otra cosa que el crepúsculo de cualquier vida.
La resignación de Fernando y Lili nunca se transforma en la asunción de posturas derrotistas o conservadoras. Pareja de ideales fuertes y de pasiones alegres a su nuevo hogar le ponen 1789 como homenaje a los ideales revolucionarios y se niegan a tener un trato vertical con los peones que le cuidan el rancho al que se mudaron.
En el final, Fernando es seducido por una bibliotecaria interpretada por María Fiorentino (Tutti Tudela). Seducido y halagado, Luppi le declara su amor incondicional a Lili, que ya a esta altura no es otra cosa que una representación de una heroína fordiana trasplantada a la Argentina de las ruinas menemistas. Esa escena en donde nuestro héroe declara su amor funciona como testamentaria de todo el cine de Aristarain. Su cine todo no es otra cosa que una serie de postales atemporales que registran un mundo y un tiempo determinado pero que no son otra cosa que postales universales sobre lo que significa la condición humana.
La maestría del final, en el que sin decir nada entendemos todo lo que sucede, no es otra cosa que la confirmación de que Aristarain es un poeta que como pocos cineastas confía en el poder abrasivo de las imágenes para dar cuenta de su mirada personal del mundo.
Como Buster Keaton, John Ford o Yasujiro Ozu por nombrar solo algunos colegas ilustres su cine es la manifestación del triunfo de la poesía en un mundo real carente de belleza.
A veinte años de su estreno, Lugares comunes sigue siendo además un manifiesto contra el orden político del mundo y el país en el que vivimos. Como si Aristarian nos quisiera decir que allí donde hay amor no hay crueldad. En esa afirmación radica ni más ni menos toda la sabiduría de su arte.
Lugares comunes (Argentina/ España 2002). Dirección: Adolfo Aristarain. Guion: Adolfo Aristarian, Kathy Saavedra, basada en el libro el renacimiento de Lorenzo Aristarian. Fotografía: Porfirio Enríquez. Edición: Fernando Pardo. Elenco: Federico Luppi, Mercedes Sampietro, Arturo Puig, Valentina Bassi, Carlos Santamaría, María Fiorentino, Claudio Rissi. Duración:
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