A la luz del cine actual, uniforme, cine de las buenas formas o políticamente correcto de acuerdo a la agenda social, recuperar una película como Martín (Hache) de 1997, implica recuperar un cine donde importa la idiosincrasia del autor más que el contenido adecuado, un cine que sigue vivo, porque abre debates. En Martín (Hache) se bebe, se consume drogas, se fuma, se menosprecia a la mujer, se sufre por amor, y tratándose de una ficción realista, eso la hace mucho más verosímil que muchas películas contemporáneas, lavadas y que pierden la marca de un país y de un autor cinematográfico para acomodarse a condicionamientos externos.

Adolfo Aristarain es uno de los realizadores argentinos que en los últimos años ha sabido leer y reflejar la historia política de nuestro país desde el declive de la dictadura y los avatares de la democracia hasta el comienzo de los años 2000. En 1997, año en que se estrenó esta película, estamos en los tiempos en que se hacen sentir los estragos económicos del menemismo y el director retrata muy bien de qué manera esto afecta a las familias argentinas. Las marcas temporales se perciben desde el comienzo del largometraje en la presentación de Hache (Juan Diego Botto), cuando apoyados contra el flipper en la conversación con la noviecita que lo deja, ella le dice: “Nadie aguanta, pero todos seguimos” (en referencia a lo difícil que es conseguir trabajo e independizarse de los padres) y también en la leyenda de su remera, que es de la banda de heavy metal A.N.I.M.A.L, en auge en esa época. Además la presencia importante que tiene la cocaína es otra marca temporal de los noventas. Sobre este punto, es claro que el director toma la cuestión del consumo de sustancias como una decisión que compete al ámbito privado, sin moralizar su uso, y aunque hay cierta idealización de las mismas como catalizador creativo (“te abren la mente, te hacen comprobar que la verdad no existe, que todo es relativo”), tampoco deja de mostrar sus estragos. Si las drogas le interesan a Aristarain no es en cuanto a apuntar a un realismo de las adicciones, sino al realismo de las emociones humanas, a dar cuenta de personajes afectados o que rechazan verse afectados por sus vínculos de amor-desamor.

La historia del grupo familiar que naufraga a partir de debacles económicas ya ha sido contada varias veces, pero aquí la particularidad es anclarla en la argentina de ese tiempo, donde el desgarro se juega en familias separadas dada la distancia que impone el exilio por motivos económicos, que se produjo durante los noventas y siguió posteriormente al estallido social del 2001. Así, el Atlántico como distancia física que separa al hijo y al padre entre Buenos Aires y Madrid establece simbólicamente la distancia emocional entre ambos.

Martín Echenique -Federico Luppi- es un hombre que está entrando en la vejez y que se ha separado hace cinco años de la madre de sus hijos.  Radicado hace varios años en Madrid, mantiene un vinculo con una mujer más joven, que es montajista, con la cual no termina de comprometerse afectivamente y se dedica a la escritura y la dirección cinematográfica, lo cual permite pensarlo acaso como una suerte de alter-ego del propio director. En este contexto, la película lo pone frente a la oportunidad de redimirse como cineasta (le ofrecen dirigir su ultimo guion) y como padre, pues la trágica internación por sobredosis de su hijo en Buenos Aires lo lleva a reencontrarse con él.

Martín cumplió su función como proveedor de familia, como transmisor de ciertos ideales bastante elevados (para que se sea digno de su orgullo hay que ser talentoso), pero no ha sabido transmitir algo de lo vivo de su deseo, especialmente por una mujer (la madre de su hijo se separa de él y retorna a Buenos Aires donde forma una nueva familia con otro hombre, y Alicia -Cecilia Roth-, su última mujer, termina suicidándose melancolizada por su frialdad afectiva). Hache, sin lugar en la nueva familia de su madre y con un padre indiferente, a sus 19 años siente que sobra en todas partes. Se encuentra perdido: no trabaja, no estudia, toca ocasionalmente la guitarra como aficionado en una banda de hardcore y su noviecita lo dejó. En este escenario, el episodio en que aspira un sedante para perros y lo descompensa dejándolo al borde de la muerte, se presenta a leer como el llamado a un padre que proponga una orientación. Por supuesto, Martín vence su fobia a los aviones y se hace presente en Buenos Aires.

Martín es un duro que considera que la expresión de sentimientos es una cursilería. Se trata de un hombre acomodado a la soledad, de la cual hace un disfrute y mata todo deseo posible en la relación con Alicia porque la rutina de su trabajo y su tranquilidad no deben ser alteradas. Ella lo ama, y como toda mujer precisa las palabras de amor de un hombre como nominación que le dé un anclaje a la vida. Sin eso se siente perdida, muerta, y consume cocaína como intento de paliar el desamor. La discordia entre los sexos es evidente pero Martín se niega a ceder en las palabras, a feminizarse por amor a una mujer; y convengamos que el amor es un acontecimiento del decir. Alicia por su parte, no puede ceder la posición de hacerse amar por un hombre que no puede amar a una mujer y así, especificarla en su singularidad respecto de otras. Sufre el desprecio cuando está con Martín pero tampoco puede separarse de él.

Los únicos momentos en que este se conmueve aparecen cuando se juega la dimensión de la pérdida: posibilidad de pérdida real de su hijo (cuando se entera que está en coma), pérdida real de Alicia (tras su suicidio, puede acercarse realmente a Hache y decirle “Te quiero mucho”) y pérdida simbólica de Hache (cuando en el video que éste filmó para él, le comunica que tomó la decisión de volver a Buenos Aires).

Hay un cuarto personaje que es Dante -Eusebio Poncela-, actor homosexual amigo de Martín, su antítesis. Dante opera como confidente de los otros y como mediador: sostiene a Alicia y a Hache en sus decepciones e intenta hacer despertar a Martín de su ceguera frente a aquellos a quienes quiere. De ahí que la puesta en escena lo identifique en la cena familiar en la casa de la playa, de remera blanca con el logo estampado de Súperman. Es el que está atento al cuidado de todos y a sostener esa familia que se ha construido, que se está cayendo a pedazos y que es lo único que tiene.

Tomando el titulo de la película, si bien tenemos tres personajes principales, podríamos decir que el protagonista es Hache y en este sentido, podemos pensarla como un coming of age. De ahí que Hache manifieste que la frase que últimamente le repiten es “ya no sos un chico”, pero que tampoco sabe qué es ser un hombre. ¿Se trata de ser independiente, de valerse por sí mismo como sostiene Martín o de poder amar a una mujer, como sostiene Alicia? En la aventura del encuentro con el padre en Madrid, descubre que tiene un lugar en él (de hecho es lo más importante para Martín) a pesar de esa coraza manifiesta en la que vive encerrado. Pero también descubre que para encontrar su propio lugar en la vida tiene que separarse de él y regresar a Buenos Aires. Hache es una letra que está escrita, que lo inscribe como hijo pero que no suena, que queda silenciada y borrada tras lo mortífero de la gélida indiferencia paterna y de esa voz superyoica que empuja al éxito y lo condena a ser nada más que la sombra del padre (algo que traduce su vestimenta siempre de color negro, además de dar cuenta de un estado anímico depresivo, apático).

En términos formales, la película es un drama bastante clásico que bascula entre planos que apuntan al retrato de familia disarmónica y primeros planos cerrados, ya sea para dar cuenta de las emociones de los personajes, o del encierro en el goce de la soledad en el caso de Martín, en el desamor en el caso de Alicia o en el extravío en el caso de Hache.

Tomando la línea de una lectura política, Martín es el representante de esa clase media porteña con aspiraciones a la europea (“que tengo que ver yo con un salteño o un tucumano”, dice), que mira a la Argentina como un país invivible (“es un país donde no se puede ni se debe vivir, te hace mierda”) y destinado a ser una mierda (“no va a cambiar, los que se quedan con el botín no van a permitir que cambie”), mientras que Hache representa a esa juventud que sin ingenuidad, entiende que no hay mejor lugar que aquel en el que se tiene un lugar como ciudadano, donde nos reconocemos en una lengua común (que excede el que se hable castellano, porque como bien dice Alicia no es lo mismo la C que suena como “ese” que como “zeta”), y en un paisaje común (como los techos y personas que pasan silbando en Buenos Aires). En el fondo, se dirimen también dos estilos de masculinidad: aquella del macho duro que no se deja afectar por la nostalgia tanguera porque la deja pasar, que es el caso de Martín; y aquella que se deja afectar por las marcas identitarias para forjar a partir de allí su propio camino. La estadía de Hache junto al padre funciona entonces como trampolín que le permite primero alienarse a aquello transmitido por aquel, para después separarse. Poder decir adiós es crecer; de allí que sea el padre el que se borre ahora y que Hache sea nombrado por primera vez como Martín en ese brindis final junto a Dante, quien le augura un porvenir.

Martín (Hache) (Argentina, 1997). Guion y dirección: Adolfo Aristarain y Kathy Saavedra. Producción: Fito Páez. Música: Fito Páez. Fotografía: Porfirio Enriquez. Edición: Fernando Pardo. Elenco: Federico Luppi, Juan Diego Botto, Cecilia Roth, Eusebio Poncela, Ana María Picchio, Enrique Liporace. Duración: 128 minutos.

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