Una mujer de mediana edad y aspecto modesto observa desde cierta distancia la entrada de un hospital. Allí se observa un auto del que desciende una mujer cuya vestimenta (tanto como el auto) traducen una mejor posición económica que la de la observadora. Ana ha sido paciente de obstetricia en ese hospital del antiguo Belgrado (hoy capital de Serbia) hace 18 años atrás, en pleno conflicto de los Balcanes, en la que el nacionalismo exacerbado fue la respuesta a la crisis económica y étnica de Yugoslavia. La otra mujer fue la médica a cargo de su parto. En este comienzo de su segundo largometraje de ficción, el realizador serbio Miroslav Terzic ya introduce, tras la diferencia de clases, una disparidad de poder entre ambas mujeres.

Cicatrices (Savovi, 2019) es un drama, inspirado en hechos reales, que está narrado en clave de thriller psicológico. La película sigue principalmente el punto de vista de Ana (Snezana Bogdanovic), una modista que está casada con Jovan (Marko Bacovic), vigilante nocturno, con quien tiene una hija llamada Ivana (Jovana Stojiljkovic), que es estudiante universitaria. Dieciocho años atrás, Ana tuvo un hijo (a quien llamaron Stefan), que según le han dicho, falleció a poco de nacer porque tenía una deformidad. De los responsables del hospital nunca obtuvo respuesta respecto de dónde está enterrado, más que el eufemismo de “desechos patológicos”, lo que hace sospechar a Ana de algo turbio en la trastienda. Tras un período de haber abandonado la búsqueda del paradero de la tumba de su hijo, un nuevo cumpleaños de éste, que Ana celebra con una vela en una torta que sirve a su esposo e hija, y el dato que aporta una mujer sobre un contacto dispuesto a ayudar, reactivan la inquietud de Ana.

Vuelve así a distintos establecimientos estatales en busca de un dato sobre la sepultura de su hijo. En este punto, el director trabaja muy bien desde la puesta en escena con planos estáticos y desde la uniformidad de las locaciones (con sus ventanillas, puertas y pasillos que se repiten en su monotonía y su escasa luminosidad); la atmósfera impersonal de laberinto kafkiano, propias de la burocracia del Estado, que la deriva de una instancia a otra para continuar rellenando interminables formularios, sin que su requerimiento obtenga respuesta alguna. Las rejas son otro elemento importante que aparece en diversas escenas, dando cuenta no sólo de un efecto de encierro sino también de inaccesibilidad de aquello que la protagonista busca en su pesquisa. 

En la primera parte del film, el director consigue un efecto de suspenso y tensión interesantes (con reminiscencias al cine de Polanski), al mantener en la ambigüedad si la inquebrantable tenacidad de Ana en la búsqueda de su hijo, no es acaso la certeza psicótica de quien rechaza la muerte y acosa a médicos, empleados y policías con sus preguntas en busca de confirmar su convicción.

Si la muerte es aquello imposible de simbolizar, los ritos en torno a la sepultura permiten cernir y elaborar el vacío que aquel que murió ha dejado en la existencia de sus deudos. La sepultura es aquello que da cuenta simbólicamente del paso de un ser humano por la tierra. Negar la sepultura es negar la dignidad de lo humano de quien murió, pero también negar el derecho a sus familiares de despedirse del muerto y duelarlo. Sin sepultura: ¿cómo no sospechar de un sistema corrupto? ¿Cómo saber si Stefan está vivo o muerto? Si el estatuto es de desaparecido: ¿de qué manera pueden Ana (y su familia) tramitar la herida que su pérdida significa para ella, en tanto causa de su deseo?

En este punto, es interesante el título de la película tanto en castellano como en el original. Cicatrices refiere por un lado a las secuelas indelebles que deja un acontecimiento doloroso, como puede ser el trauma de perder a un hijo momentos después del nacimiento, ya sea por fallecimiento o arrebato parte del poder del Estado. En esta línea es destacable la interpretación de Snezana Bogdanovic que con su distancia emocional, su silencio y su rostro vacío, traduce sin patetismos ese dolor inconmensurable, esa llaga abierta e inaccesible en que devino su propio cuerpo, ya sin deseos, sin alegrías como expresa su vestimenta de colores oscuros y apagados, dando cuenta del abismo que no le permite acercarse afectivamente a su esposo ni a su hija.

Pero cicatrices son también las marcas que quedan después que se cierra una herida. Cerrar la herida es a lo que aspiran Ana y Jovan, pero por caminos diferentes. Mientras para Ana no es posible cerrar la herida sin que haya verdad, Jovan considera que hay que cerrar el caso, el expediente policial, para continuar con sus vidas. Esta diferencia de posición puede traducir también el lugar diferente que el hijo ha ocupado para ambos durante la gestación. Mientras que la mujer establece un estrecho lazo libidinal con el hijo, al llevarlo durante nueve meses en su vientre y en el parto mismo en tanto experiencias de cuerpo, el hombre durante este tiempo tiene una posición de exterioridad en la cual no ve comprometido su cuerpo.

Otro punto interesante es detenerse en el acierto que implica el título original en serbio. Savovi refiere a las puntadas que dan cuenta tanto del efecto de la pérdida (el agujero en la tela) como del saber hacer sublimatorio con ella (el hilo que pasa entre agujeros en la tela que se está cosiendo) y también del dolor agudo que se padece cada vez que se renueva aquello que no termina de entrar en la simbolización.

Otro detalle a señalar es que la película carece de música, ya sea extradiegética o diegética. De esta manera Terzic no sólo refuerza el tono realista de su film, sino que da cuenta del clima de tensión, de opresión y de falta de felicidad que experimenta la protagonista.

Un giro con respecto a la estabilidad mental de Ana se va a producir para el espectador cuando, con la ayuda de una empleada colaboracionista, Ana averigüe que su hijo está vivo, anotado con el mismo número de identidad, pero con otro nombre y otros padres en los registros. Es decir fue dado por muerto para ellos, pero dado en adopción ilegal a otra familia. Se configura ahora claramente una clara violación a los derechos humanos perpetrada por el Estado con la hermética complicidad de sus instancias policiales y judiciales, que sigue vigente hasta el día de hoy y donde Ana es la heroína que, como las madres y abuelas de plaza de Mayo en Argentina, es tildada de loca por querer saber la verdad. Que el énfasis de la búsqueda de Ana esté puesto en que “se diga la verdad” de lo acontecido por parte del Estado y de la otra familia, más que en una restitución forzada, es también un punto interesante. Este dato demuestra que Ana es la verdadera madre, pues es quien está dispuesta a perderlo, incluso habiéndolo encontrado, más que poseerlo.

Siguiendo esta línea, hay un elemento de la puesta en escena que es interesante: el tensiómetro, que circula entre los personajes. Se trata de un artículo que al comienzo un vecino quiere venderle a la familia. También en una de las primeras escenas se hace referencia al horóscopo de Ana, que le aconseja controlar su tensión. Aquí podemos leer la presión que Ana experimenta por parte de su esposo y de la policía para abandonar su pesquisa y por asumir la muerte de su hijo. Por otra parte, el tensiómetro también es el objeto con que Ana logra ingresar a la casa de su hijo y tomar un primer contacto con él, haciéndose pasar por vendedora a domicilio de dicho aparato. Se trata de una maniobra interesante, ya que conocida la verdad (aunque el Estado la siga negando), la presión por enunciarla recae ahora sobre la otra familia e incluso sobre Marko. Con respecto a esto último, es interesante el cambio de punto de vista que efectúa el director en el tramo final. De esta manera se abre una posible salida que puede germinar en el futuro, al instalarse del lado del joven la semilla de la curiosidad por conocer su verdadera identidad.

Con una producción austera y prolija que se destaca por el recurso al suspenso, por la sutileza de sus pequeños detalles de puesta en escena y por la interpretación mesurada de Snezana Bogdanovic, en Cicatrices, Terzic consigue un agudo retrato de las heridas sociales y singulares que siguen abiertas como consecuencia de los convulsos y oscuros tiempos que ha vivido su país.

Calificación: 8/10

Cicatrices (Savovi, Serbia, 2019). Dirección: Miroslav Terzic. Guion: Elma Tataragic. Fotografía: Damjan Radovanovic. Música: Aleksandra Kovac. Elenco: Snezana Bogdanovic, Jovana Stojiljkovic, Marko Bacovic, Vesna Trivalic. Duración: 105 minutos.


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