cool_hand_luke_ver3_xlgLuke es un joven que marchó a la guerra y volvió herido de ella dos veces, pero aún así sano y salvo. Un muchacho bien parecido que trajo su pellejo de vuelta de la guerra. Una especie de pequeño héroe. Condecorado. Pero luego le tocó estar adentro. Dos años. Lo pillaron borracho descabezando parquímetros con una llave. Daño a la propiedad del Estado, de modo que adentro. Y en la cárcel no le tocó pasarla bien. Pero se hizo de un nombre, se ganó un apodo en no mucho tiempo. Luke fue, para el resto de los presidiarios y aún para algunos guardas, el indomable. Un bendito jodido que se levantaba una y mil veces, que no se daba por vencido, que podía comerse cincuenta huevos para demostrar solamente que podía hacerlo. Así era Luke, testarudo. Lo quebraban una y otra vez, y una y otra vez volvía de los muertos. No daba a torcer el brazo. Se escapó dos veces de prisión, dos veces lo trajeron de vuelta. La primera no duró mucho afuera. La segunda, un poco más. Mientas estaba libre, Luke envió un presente al preso más recio de la escuadrilla, Dragline, aquel que lo golpeó tantas veces como Luke pudo levantarse -moviéndose como un borracho de tanto puño recibido en la cabeza- y por eso luego desistió, moliéndolo a palos pero sin poder ganarle. Luke de pie, siempre. Entonces lo apadrinó porque no podía vencerlo, porque tal vez nadie podía vencerlo. Lo bendijo a palos y luego lo aceptó bajo tutela.

Luke era el chico listo, un cabeza dura capaz de soportarlo todo, capaz de bancar y desbancar la saña de los guardias resentidos. Se plantaba como ninguno. Y por eso todos lo admiraban. Era el nido de esperanza en ese sucio campanario. Si él estaba allí dentro, ellos no podían estar del todo mal. “Siempre sonreía, así era Luke”. Entonces, decía yo, durante su segundo escape envió a su extraño camarada una revista enrollada dentro de un tubo de cartón. La encomienda provenía de Nueva Jersey. “¿Quién pudo haberla enviado?, ¿el tío Jerry?, pero si hace años que no sé nada de él”. Entonces Dragline saca la revista del envoltorio y comienza a hojearla, “pero qué tipo más extraño el tío Jerry, mirá lo que envía justo ahora, después de tantos años”. Y sigue repasando las hojas de la revista y al llegar a una página estalla en una carcajada, “¡Maldito Luke!, miren esto, maldito hijo de puta, nuestro Luke, ey amigos, fellas, vengan a ver esto, tienen que verlo, es el maldito de Luke, miren a este hijo de puta”. Y en verdad allí estaba: a mitad de revista una foto ocupaba una página entera: Luke en un traje glorioso abrazaba por cada hombro a dos muchachas, una morocha, rubia la otra; detrás de ellos, varias copas vacías y una botella de licor sobre la barra, en la que el fotografiado sonriente se dejaba recostar. “Luke maldito una y mil veces Luke, en la gloria de un bar de lujo, rodeado de mujeres y cerveza. Y cómo luce, en ese traje. Y nosotros con las migajas de su triunfo, qué va, que nos las siga enviando. Si él está allí, todos nosotros lo estamos también un poco”.

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Pero poco duró esta celebración vicaria. Los presos se peleaban por ver esa foto. Cambiaban el pan del almuerzo, un par de billetes, botellas de gaseosa, todo por echarle otra mirada una vez más. En una de esas tertulias que lo tenían a Luke como un mesías elegante y sonriente ocupando el cuerpo entero de una página, las puertas del dormitorio comunal, donde toda la cuadrilla de presos dormía, se abrieron de par y en par con un estruendo, y a no creerlo: era Luke, arrastrado como un costal de papas, muerto, semimuerto, casi muerto. Era la pura suerte echada a perder, era el calendario que dejaba caer las hojas de los días. Era la diferencia devuelta al tarro de la igualdad. Era -coraje para decirlo- un verdadero desperdicio. Las cosas echadas a perder, el revés de la suerte, el mal rompiendo la racha buena, un dios vencido, golpeado, lleno de moretones, la carne caída del dios de los cielos, un morral que siquiera podía moverse. Era un mesías vuelto del horizonte de la promesa al indicativo del presente para contar que nada de eso había sucedido, que nada de eso había pasado realmente. Luke era el Cristo bajado del cielo para desmentir el paraíso. “Pero, muchachos, esa foto era joda. Pagué por esa foto. Es una foto arreglada, nunca estuve con esas chicas”.  Y la negación inmediata de todos: “No sabe lo que dice. Le pegaron en la cabeza”. Sí que lo habían golpeado, eso era verdad también, como el hecho de que la foto no valía nada. Cristocaído que hizo su entrada estelar por las puertas de la cárcel arrastrado por dos guardas que lo escoltaban en su regreso a la tierra viviente. Había estado lejos. Y volvía para descalificar a los cielos. La esperanza de esos presos estaba tirada en el tablón de la mesa, las manos estiradas a los costados, esperanza repleta de golpes, crucificada en la tierra. La esperanza habló, Luke tomó su palabra, mandó a callar a los demás: la foto estaba arreglada, era un truco, no valía nada. “Oye Luke, no mientas, di la verdad, ¿te cogiste a las dos? ¿A las dos a la vez?”. En ese momento entró el alguacil de la cárcel mofándose, “pero miren qué tenemos aquí, si no es más que Luke el indomable. Ya te escapaste dos veces, muchacho. La primera vez te pusimos un par extra de cadenas y te volviste a escapar. Pero ahora no vas a necesitar otro par extra de cadenas en los pies. Ya vas a ver, no te van a quedar ganas de intentarlo”. Y lo domaron, lo doblegaron. Al indomable. Domado, disciplinado, sumiso, obediente, dentro de una fosa que él mismo cavó cuatro veces. Y digo una misma porque las cuatro veces tuvo que volver a rellenarla también él. A la quinta, Luke ya no podía más. Antes de encomendarle esta tortura, la de tener que cavar su propia fosa hasta el infinito, esto es, hasta el día que rendido muriese de tanto cavar y la llenara con su propia materia, antes de tener que cavar hasta la extenuación, Luke pasó cuatro días en el cajón. El cajón era una caseta del tamaño suficiente para que en ella entrase un hombre de pie o a la sumo en cuclillas junto con dos vasijas, una para cada necesidad. Y comer y beber no era ninguna de ellas. Porque mientras se estaba en el cajón no se comía ni se bebía. Y Luke aguantó, cuatro días aguantó, pero a la hora de cavar por quinta vez la fosa cuatro veces cavada, cuatro veces llenada, Luke rogó. Rogó porque no le pegaran más; pidió clemencia. Se abrazó, parado dentro de la fosa, a los pies del carcelero que desde afuera todavía balanceaba la fusta sobre su cabeza. Nadie podía creerlo. La foto fue rota en cuatro pedazos, la revista fue destrozada y arrojada al suelo, las caras giraron y dieron la espalda cuando Luke, una vez detenido su martirio, entró a los trompicones en el dormitorio comunal. Estaba extenuado, más muerto que vivo, y tropezó y fue a dar al suelo. Alzó una mano, pero la mano quedó tendida en el aire, solitaria. Nadie se molestó en tomarla. Ese Cristo ya era demasiado humano. Ya no servía. Ya no podía purgar el mal de ninguno, era pura carne, y carne amoratada, amasijada, molida.

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Si Luke se levantó o no una vez más, eso no me toca a mí contarlo. Tanto sea lo uno como lo otro, hay que verlo. Hay que ver cómo los hombres ponen en otros el anhelo, pero hay qué ver sobre todo cómo lo quitan. Cómo la fiera hambrienta arrebata lo que ha dado cuando nadie se lo pedía. Cómo cuando quita, quita más de lo que dio en un principio, porque si dio fe primero, luego le tocará dejar de darla y pasar a dar desprecio. Por eso la historia no puede terminar aquí, por eso debe continuarse en un final, y Luke seguramente (esta es la ocasión en que me toca, lamentablemente, dar fe, dar crédito:) sabrá arreglárselas para darnos uno bueno. Uno que realmente valga la pena. 

La leyenda del indomable (Cool Hand Luke, EUA, 1967), de Stuart Rosenberg, c/ Paul Newman, George Kennedy, Jo Van Fleet, Dennis Hopper, 126′.


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