La última película de la saga es la única que no ha sido dirigida por Wes Craven y, más allá de ciertos recelos, funciona entre el homenaje sincero, el panegírico respetuoso y el disfrute lúdico.

Si la película que inició la saga en 1996 reflexionaba sobre el cine de terror -en plena sequía en aquella época-, y la violencia atravesada por un contexto determinado por los medios de comunicación, esta nueva entrega, homónima, propone revisitar esa reflexión, esos lugares comunes, esos tópicos y esos personajes, poniendo nuevamente a los jóvenes como víctimas del avance de los medios de comunicación, en especial redes sociales tales como los foros. Sin embargo, si en el 96 aún quedaba espacio para el asesinato como pulsión sexual, en este caso la pulsión erótica está dada plenamente por el fanatismo hacia la franquicia.

Scream funciona como un homenaje al slasher de fines de los ‘70 -sería imposible no caer en las filiaciones de la saga con Cuando llama un extraño (Fred Walton, 1979)-, con personajes que conocen la codificación del cine de terror tanto o más que los espectadores, por lo que se genera empatía en ese código compartido. Y aquello que el espectador no conocía se le informa, como sucede con el concepto de “recuela” -mezcla entre precuela y reboot-, término explicado con magistral conocimiento por uno de los personajes que se dirige no solo a sus compañeros de escena sino también a los espectadores, en una conversación que pone de manifiesto el funcionamiento de la industria del cine. En ese conocimiento se cimenta gran parte de la película de Matt Bettinelli-Olpin y Tyler Gillett, con recurrentes citas tanto a la precursora de Craven como a otras películas trascendentes: se nombran varios slashers -“Se parece mucho a Halloween” dirá un personaje al explicársele los crímenes de Woodsboro-, sagas e incluso se cita a Carpenter en una escena que recuerda a la de Christine (1983), en el asesinato de un personaje que, además, tiene tatuada la máscara de Jason Vorhees.

La nueva Scream, como la anterior, cita a Psicosis (Hitchcock; 1960) pero ya no desde el diálogo como Craven, sino con un plano de la ducha calcado de la del inglés. Todo funciona como un guiño hacia el espectador y como una declaración de amor de los realizadores. Una declaración que se evidencia también en la forma en que se introducen a los personajes legendarios de la saga, con la épica del zoom mientras  uno gira sobre su eje para develar la identidad de la final girl Sidney, o con un paneo de abajo hacia arriba en contrapicado para enaltecer a Gale. Además, entre los personajes se destaca uno llamado Wes que, a diferencia del resto, es apuñalado solo una vez, sin la saña que se le propina a los demás y mientras se encuentra de pie. Es el único, además, al que luego se le rinde un homenaje con una fiesta en su honor.

Esa distinción se consagra desde la realización al respetar tópicos como la trama de la familia disfuncional que se rastrea no solo en la saga de Scream sino también en las películas que Craven dirigió de Nightmare on Elm Street. Asoma como constante la ausencia de los padres, y la generación queda enfrascada en los medios, en este caso en las redes, mientras el rol protector está encarnado aquí precisamente por los personajes legendarios de la saga. Es a ellos, a los “originales”, a quien se acude en busca de ayuda.Y hacia el original vuelven también los directores al retomar la reflexión sobre Scream devenida en “Stab”, a la que se tilda de muy iluminada y “súper 90s”. Una película “tonta con sustos predecibles” -y a mucha honra-, porque la dicotomía propuesta se da entre el “terror elevado” moderno y la “tontería con sustos predecibles” del slasher clásico, una película sin aparentes aspiraciones intelectuales cuya única materia de reflexión es el revisionismo y el goce en él. Ese revisionismo, ese saber compartido con el espectador, no genera la zozobra de lo ya visto, sino que se utiliza inteligentemente al brindar todas las pistas para la resolución, jugar con el conocimiento previo para interesar al espectador en la trama, y transformar ese conocimiento sobre el género en duda, en desconfianza, para sumergirlo en el entretenido whodunit.

Ese juego de identidades está reflejado en el relato mismo, con las constantes rupturas de la cuarta pared y la absoluta autorreferencialidad, porque es cine, es ficción y es juego. Un juego que no es inocente porque a pesar de echar por tierra la obsesión escópica malsana posibilitada por la transparencia, por el ocultamiento del dispositivo, hace gala en todo momento de los recursos propios del subgénero. Representación dentro de la representación de la que Craven supo hacer escuela sobre todo en las primeras escenas de cada película de la franquicia para poner en jaque el estatuto de verdad del cine de terror. Ese estatuto en el que el susto es lúdico y la sangre brota a borbotones sin calar en las susceptibilidades porque esa violencia está inscripta dentro de un terreno que se declara ficcional, que se declara ni más ni menos que cine. El cine que propone Scream no es un terror que apele a los instintos atávicos, sino a la reflexión divertida, porque las películas de terror no crean asesinos, pero vilipendiar una saga querida sí. Por eso los fanáticos están capturados, cautivados por la ficción, y de ella surge un peligro que, dadas las nuevas formas de comunicación, de socialización, se vuelve cada vez más representativo. Por eso les da entidad dentro y fuera de la pantalla como fans que funcionan como motores para revitalizar y custodiar al cine.

Existe, es verdad, cierto cinismo al momento de denunciar la lógica mercantilista del refrito y las sagas interminables de las que inevitablemente esta película forma parte. Pero lejos de mostrar una elevada hipocresía al respecto, Scream utiliza esta condición para bromear con relajada desfachatez sobre los peligros de los fan-fic cuando esta “recuela” cabe sin problemas en ese término. Sin ampulosidades, sin pretensiones petulantes como las que se denuncian sin animosidades en el “terror elevado”. Acá se celebran los lugares comunes del género porque son constitutivos de éste y por, sobre todo, porque en la repetición de fórmulas está el lugar seguro al que abandonarse al pleno disfrute.Es una construcción que muestra sus hilos porque son ellos motivo de celebración.

Calificación: 9/10

Scream (EUA, 2022). Dirección: Matt Bettinelli-Olpin, Tyler Gillett. Guion: James Vanderbilt, Guy Busick. Fotografía: BrettJutkiewicz. Edición: Michel Aller. Elenco: Neve Campbell, Courteney Cox, David Arquette, Melissa Barrera, Jenna Ortega, Jack Quaid. Duración: 114 minutos.


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