448092.jpg-r_1280_720-f_jpg-q_x-xxyxxA principios de los noventas, existían pocas regiones en el planeta Tierra menos afortunadas para «sacarse la lotería del nacimiento”, por usar la maravillosa expresión de Richard Dawkins, como la franja adriática de los Balcanes. El patio trasero de Europa se prendía fuego. Bosnia-Herzegovina, Montenegro, Serbia y otros países que minutos atrás pocos podían ubicar en el mapa llenaban las cadenas de noticias con imágenes de aldeas incendiadas, fosas comunes y vecinos matándose con AK47s por causas como el territorio, la religión o cualquier otro de los pretextos absurdos con que la raza humana acostumbra inclinar balanza del auto-exterminio.

Medio oriente y Sarajevo fueron las dos vedettes sangrientas de la televisión internacional del período y, si nadie había visto a los muertos de Irak en sus pantallas –como cantaba Pedro Aznar–, muchos se lamentaban del destino trágico de los países del Este, como quien se apena porque un primo lejano ha caído en la indigencia. Más o menos por esa misma época, Godard quiso sacudir a las conciencias frígidas del Oeste con una especie de poema fotográfico de 2 minutos llamado Je vous salue, Sarajevo (1993) –una de sus últimas piezas valiosas, antes de que una fijación senil con los montajes digitales y la no-linealidad del relato acercaran sus producciones a lo tediosamente inmirable–, donde hablaba de la regla (la cultura de masas, las noticias, el turismo, la guerra) y de la excepción (el arte), pero sobre todo de la imposibilidad de enunciar la verdad de la barbarie: “de eso no se habla”, declaraba. El horror, para Jean-Luc Godard, era aquello que, por definición, no se podía contar; como el arte, sólo se puede vivir o, a lo sumo, señalar. Básicamente, una reactualización (o puesta en práctica) del argumento del travelling de Kapo, bien ejecutada, contundente y de efectos previsiblemente nulos. Buen intento, aunque acabara por pegarse un tiro en el pie.

foto5En cierto modo, Mandarinas, que estuvo nominada como mejor película extranjera en los Oscars, viene a proponernos 20 años después una tercera vía a la pornografía de la barbarie (Kapo, la cultura de masas) y la resignación creativa que sugiere Godard. Ambientada en Abjasia, una provincia con aspiraciones separatistas de Georgia, que durante los noventas se disputaban georgianos (cristianos) y chechenos (musulmanes), Mandarinas evita la torpeza de presentarse como una película abiertamente “pacifista”, si bien puede contener un subtexto antibélico. Su director Zaza Urushadze –él mismo georgiano– no asume en ningún momento una posición partisana. No moraliza ni pretende explicarnos porqué la guerra es mala, sino que nos presenta una historia que se recorta con la guerra como telón de fondo. Como mucho, la alude: alude a la guerra a través de un relato menor, lateral, periférico, que es el de Ivo (Lembit Ulfsak), un viejo carpintero que se dedica a hacer cajas para envasar las mandarinas que cultiva su vecino en una zona rural. Alternativa doblemente astuta, por su eficacia y su sencillez narrativas y porque, además, dada la nacionalidad de su director, despeja cualquier sospecha de exotismo o idealización de lo ajeno.

2015_04_29_No_89-----El argumento de Mandarinas destaca el carácter humano de las partes del conflicto y, en este sentido, trasciende sus coordenadas de tiempo y lugar. Por su origen estonio y su edad avanzada, Ivo no participa de la guerra, aunque tampoco queda totalmente al margen. Como comenta Margus (Elmo Nüganen), su vecino: “chechenos y georgianos podrán estar en guerra entre sí, pero ambos lo están mucho más con mis pobres mandarinas”. Bravo, Sancho Panza no lo habría dicho mejor. Frente a las abstracciones quijotescas de la geopolítica, la evidencia incontestable de las necesidades elementales de la vida: preparar una comida, convivir, cuidar la familia, hacer unos pesos. Algo que Ivo le enseñará a dos combatientes, uno georgiano y el otro checheno, que quedan medio muertos tras un tiroteo frente a su jardín y que cuidará, evitando que se maten, hasta que finalmente se recuperen. Sin adornos, sin peripecias narrativas y casi, casi sin sentimentalismos, este es el motor argumental de Mandarinas, el del odio exorcizado por las pequeñas cosas, y funciona. Yo digo que la vean.

Aquí puede leerse un texto de Lucas Beriain sobre la misma película.

Mandarinas (Mandariinid, Estonia/ Georgia, 2013), de Zaza Urushadze, c/ Lembit Ulfsak, Elmo Nüganen, Mikheil Meskhi, Giorgi Nakashidze y Raivo Trass, 87’.


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