Peter Capusotto y sus 3 dimensiones no es una gran película, y es justamente por eso que está bien. Una de sus claves está al principio, cuando se refiere a la sala de cine Los Hijos de Puta como ‘bastante’ buena. La excelencia está lejos y ni siquiera se plantea como ideal. Esa mezcla de conformismo y resignación -‘mediopelismo militante’, como me dijo un amigo- remite entre otras cosas a la cultura del menemismo expresada en el paradigma televisivo impuesto y sostenido por Marcelo Tinelli más allá de gobiernos y décadas, y es simultáneamente su crítica y su celebración, así como el carnaval y su cultura funcionan simultáneamente como fuga y sostén del orden imperante. Me alegra que sea un fenómeno mediático porque trabaja – a menudo de manera brillante- con una serie de referencias culturales argentinas instaladas en el imaginario colectivo. Saborido y Capusotto deberían pensar seriamente en hacer una película exclusivamente con el personaje de Bombita Rodríguez y la parodia del marco histórico y político de los 70. Una de las cosas más divertidas y valiosas de Peter Capusotto y sus 3 dimensiones es la reaparición del grotesco en los cines argentinos, y de un grotesco nacional, contemporáneo y autoconciente. Las comedias estadounidenses que lo ponen en escena casi no se estrenan, cuando lo hacen no tienen el mismo impacto porque buena parte del público no comparte esos códigos, y nunca dejan de tener cierta eficacia y limpieza típicamente industriales. La escatología de Peter Capusotto y sus 3 dimensiones , en cambio, es argentina, más precisamente conurbana por momentos, y su linaje se remonta al del grotesco que el cine italiano difundiera sobre todo entre los 50 y 70, y que antecede a la Nueva Comedia Americana. A diferencia de esta, es mucho menos homogénea y hasta más perezosa, pero esa irregularidad es también lo que la identifica y relaja. Como en Los desconocidos de siempre, de Mario Monicelli, que contaba el robo frustrado de unos muertos de hambre en la Italia de posguerra en vías de ser transformada por el Plan Marshall, las falencias de Peter Capusotto y sus 3 dimensiones ponen en escena no ya el subdesarrollo tecnológico, sino la riqueza, limitación y contradicciones de un discurso sobre el subdesarrollo como forma de resistencia o de fuga. Estaría bueno que a partir de Peter Capusotto y sus 3 dimensiones se desarrollara en nuestro país algún tipo de costumbrismo expresionista y deforme que ponga en tensión particularidades nacionales y discurso global uniformador, mundo virtual y mundo físico, Capital Federal, conurbano bonaerense e interior del país, clases sociales e ideologías.


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