Por Josefina García Pullés.

Lunas cautivas es una película sobre poetas presas. Así dice su subtítulo, que firma una importante declaración de principios: estas mujeres no son presas que son poetas, sino poetas que están presas. Buen comienzo para una película que, en muchos momentos, cuestiona la efectividad del sistema carcelario actual. Y es por ese buen augurio que da pena que aquella declaración no guíe, después, el trabajo de Marcia Paradiso en su debut como directora. Porque este documental, desde lo estético, no hace sino remarcar que estas mujeres son presas que hacen poesía.

Esta es la historia de un grupo de muchachas que están detenidas en el penal de Ezeiza y asisten a un taller de poesía como parte de su programa educativo. Entonces las vemos leer y las vemos escribir (también las vemos sacar fotos para el taller de fotografía), y en esa actividad -la de crear- está el nuevo mundo de estas penélopes que esperan la llegada de su libertad. Porque la prisión es una espera interminable, y la poesía, en este caso, se convierte en lo opuesto: lo inmediato, lo tangible, lo presente. Y durante los más de 60 minutos que dura esta película, escuchamos ese espacio en que ellas pueden ir adonde se les canta. Sí, lo “escuchamos”. El problema es que solamente lo escuchamos. Porque la imagen -que va de la torre de control al alambrado y del alambrado al taller para volver a la torre de control y volver al alambrado (y a un detrás del alambrado en foco y luego fuera de foco)-, no es más que un permanente agregado a eso que se está leyendo, diciendo o conversando.

Sí, quizás Lunas cautivas juega con la escasez de recursos para hacernos sentir el encierro. De hecho, casi todo el tiempo busca generar esa idea de universo limitado y remarcar que, la mayor parte del tiempo, nosotros vemos solamente lo que estas mujeres pueden ver desde donde están. Entonces escuchamos poesía mientras vemos una reja, una foto borrosa, un colectivo pasar o algunos niños jugar al costado de la ruta. Y todo, por momentos, parece demasiado pero también parece demasiado poco. Y, como en las malas presentaciones de power point, lo que se ve casi molesta a lo que se dice. Entonces la poesía, que en este contexo (y en todos) se nota liberadora, queda presa en el papel y nunca vive en esta película donde lo cotidiano solo aparece a veces y a modo de voz en off.


Entonces nos falta una parte del poeta -su relación con el mundo fuera de las palabras del taller literario-, estamos todo el tiempo buscándolo y nos distraemos. Por eso el episodio más logrado resulta el de Majo, la española. A ella la vemos presa, la vemos poeta y, además, la vemos persona. La vemos extrañar, hablar con su familia, cambiar de look, llorar, preguntar, no entender, recordar, no recordar, desconocer, insultar. Y la vemos mirar fotos. Y aunque nunca vemos las fotos que ella mira, eso no nos impide ver, en su rostro, el mundo que le llega en esas fotogafías. La decisión de no mostrar eso que Majo mira es una de las mejores decisiones que toma esta película, pero funciona porque ese mundo sugerido se hace presente en el universo físico y emocional del personaje.

En Lunas cautivas Paradiso encontró una gran historia que contar (una de estas poetas incluso publica un libro desde la cárcel) e interesantes mujeres que la cuentan. Está claro, entonces, que quiso concentrarse en ellas y no en aquello que las rodea. Pero el contexto se nota ausente y, de a ratos, los personajes ahogan y se ahogan. Y entonces la presencia de cada una de estas mujeres tiene tanto peso que la película empieza casi a gritar que tenemos que aceptarla, que tiene que gustarnos. Pero, claro, no lo consigue, porque si hay algo que afirma esta película es que la libertad nunca se pierde del todo.

Lunas cautivas: Historias de poetas presas (Argentina, 2013), de Marcia Paradiso, 64′.