Atención: Se revela la resolución final del argumento. 

Hay autores capaces de producir un auténtico éxtasis literario. Adolfo Bioy Casares es uno de ellos. No tiene que ver con la trama de sus ficciones, con el argumento de sus libros (que igual suele ser genial), sino con la manera precisa, asertiva, peculiar, con la que sabe construir las frases. Las palabras exactas que utiliza para narrar, los adjetivos a los que recurre, la manera de hacerse entender, con fluidez e inteligencia, sin abusar de lirismo, pero con gran sentido poético. En definitiva, uno de los mejores escritores argentinos que jamás haya existido, penosamente (y razonablemente) eclipsado por la figura de su gran amigo Jorge Luis Borges, compañero de aventuras y de andanzas literarias.

Los que aman, odian, ha sido escrita, como suele decirse, a cuatro manos, junto a Silvina Ocampo. Se trata de una novela deliciosa, perfecta. Un poco desdibujada del panorama de las, así llamadas, obras maestras de la literatura, probablemente por su inclusión en el género policial o, quizás, porque las obras escritas a cuatro manos no suelen prender en el gran público. Al parecer, hay una suerte de regla implícita que dice que una novela debe ser el resultado de un único autor. La explicación, tal vez, tiene raíces profundas. Hay algo fundamentalmente solitario en el oficio de la literatura.

En cualquier caso, tratándose de una historia que, básicamente, explora una relación conflictiva y tensa entre hermanas, resulta particularmente interesante que la autora sea Silvina Ocampo, quien claramente sabía bastante sobre el tema.

La novela es una pieza de relojería suiza. Desde luego, llegado el caso, se puede desarmar el mecanismo de un reloj y volver a montarlo, pero hay que tener mucho cuidado de hacerlo bien. En el caso de obras tan delicadas y perfectas, hay que ser un experto. De lo contrario, se corre el riesgo de arruinar una valiosa pieza. La analogía es certera y puede aplicarse a cualquier adaptación literaria y, si bien la traslación de un lenguaje a otro es un asunto tan delicado como una operación quirúrgica, en líneas generales diría que hay autores que son más fáciles de adaptar al cine que otros, porque son autores de ideas, en los que el peso del argumento tiene más importancia que el de la construcción de las frases, la forma.

En el caso de Los que aman, odian, su mayor acierto literario está en la construcción formal del libro, antes que en su argumento. No obstante, al tratarse de una novela policial, el argumento es clave y, si bien es falsa la premisa que sostiene que una buena adaptación literaria es aquella que más fidelidad guarda con el texto original, cuando el argumento del libro es perfecto, difícilmente una variación mejore al libro. Desde luego, hay ejemplos y contraejemplos para todo. Desayuno en Tiffany’s es una adaptación fiel, pero Blake Edwars, el director, le cambió el final. Contra todo pronóstico, mejoró al libro. Es decir, como película, ese final es mucho más acertado que el del libro, mal que le pese a Truman Capote (que obviamente renegó toda la vida del final de la película). No obstante, como regla general, introducir variaciones en el argumento de una novela perfecta no suele funcionar y, menos aún, si ese modificación es hacia el final.

Desde luego, siempre hay variaciones entre un libro y una película, porque es inevitable. El cine y la literatura son idiomas diferentes y la traducción siempre genera cambios. No obstante, hay una astucia, una inteligencia específica, al saber cuándo y qué modificar. Los que aman, odian (la película) podría haber sido una genialidad absoluta, pero comete un error que, para los que leímos el libro, es imperdonable. Con la modificación que introduce, cambia todo el sentido del relato y afea la experiencia cinematográfica.

Es cierto que hay textos que son un tanto ambiguos, abiertos a múltiples interpretaciones, con zonas oscuras que un guionista o director puede completar como mejor le parezca. Pero una cosa es una interpretación posible y otra es una modificación deliberada. Cuando un director de cine exhibe lo que un autor literario supo ocultar, se genera una sensación ominosa.

Por ejemplo: en la novela, la relación de amor entre Huberman (impecablemente interpretado por Guillermo Francella) y Mary (Luisana Lopilato) no existe; en realidad, esa relación nunca se confirma, ni se desmiente. En cambio, en la película sí. Podríamos perdonar la suspicacia. Ahora bien, no eran necesarias las escenas de flashbacks, a propósito de la relación de Huberman con Mary. Son escenas totalmente irrelevantes, que le quitan gracia, fluidez e inteligencia al relato, porque se vuelven sobreexplicativas y groseras. Es decir, no está mal (aunque tampoco está bien) que el director haya inventado que Huberman y Mary eran amantes, pero sí está mal que introduzca esas escenas de amor entre ellos. Lo primero puede ser una interpretación posible de un texto que maneja cierta ambigüedad, lo segundo ya es una atribución gratuita y una falta de respeto hacia la novela.

En cualquier caso, es una atribución que todavía podemos disculpar. Qué feos son los críticos que, al juzgar una adaptación literaria, se ponen en policías de la fidelidad, buscando todas las diferencias y señalándolas como un error. Lo grave no es que se haya inventado esa historia, sino que la subraye con escenas gratuitas e innecesarias, como lo son las escenas en las que Huberman recuerda su relación tormentosa con ella, o las escenas que quieren ser eróticas y no lo son.

De cualquier manera, lo peor está por venir. La gracia del libro tiene que ver con la inocencia de Huberman, que se vuelve un detective, forzado por las circunstancias. Pero, de nuevo, no se puede pedir que una película sea igual al libro. A ver si me explico: no está mal que el director haya decidido cambiar el final de la historia, sino que haya tomado la resolución de explicar su picardía tres o cuatro veces, como si el espectador fuera un poco lento. La película, claramente, tenía que terminar cuando Huberman le susurra algo al oído a su prima. A lo sumo, con la carta de confesión de Miguel. Punto final y aplausos. Al agregarle la escena en la que Huberman ayuda a Miguel, la escena del tren, Huberman se convierte en su cómplice y, por lo tanto, en el culpable, malogrando toda la intriga, toda la genialidad, toda la elegancia del libro.

En definitiva, la película no está mal porque no es fiel a la novela, sino porque sobreexplica demasiado la trama y busca infructuosamente la complicidad del espectador, volviéndose canchera. Es una lástima que hayan desperdiciado la ocasión de hacer una gran película, como merecía. Tiene todo para serlo, pero está arruinada por una obvia intención de que todo el mundo la entienda. El espectador promedio, aparentemente, es un poco tonto.

Los que aman, odian (Argentina, 2017), de Alejandro Maci, c/Guillermo Francella, Luisana Lopilato, Justina Bustos, Juan Minujín, 101′.


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