1 afiche ISLAS fin CURVASPorque la protagonista de la película lo hace explícitamente y porque se trata de una referencia ineludible cuando hablamos de Malvinas, comenzaré esta crítica hablando de la obra de Rodolfo Enrique Fogwill. Pero no se exalten camaradas, ya que no tengo intenciones de colar aquí un epígrafe de Los Pichiciegos. Dios, no. Intentaré aleccionarlos con otro texto.

En abril de 1984, en plena efervescencia alfonsinista, el gran Fog, santo patrono del nuevo canon literario nacional, publicó un artículo titulado “La herencia semántica del proceso” en el que proponía la continuidad cultural y sobre todo lingüística con los años de plomo. Papá Malo, quien desgraciadamente se murió antes de que pudiéramos matarlo −y matar a los padres es re importante, como sabe cualquier feligrés de la religión freudiana−, argumentaba que el chiste último de los militares consistió en legarnos una “lista blanca” capaz de operar sin la necesidad de apelar a censuras o secuestros, un conjunto de “temas y palabras que entusiasman a un público que, como siempre, necesita dormir entre los sueños que distribuye la cultura”. (A propósito, el texto lo podrán hallar −junto con muchos otros y muy grosos− en “Los libros de la guerra”, un libro indispensable, editado por Mansalva en 2008 y reeditado hace poquito, donde se recopilan las intervenciones periodísticas de nuestro papi).

Malvinas, el universo discursivo de Malvinas, la retórica malvinense, su campo semántico, sigue operando en nuestra ya no tan joven democracia −tengo 31 y toda mi vida transcurrió al amparo imperfecto del voto popular; mi verdadero padre nació en el 49 y hasta que llegué a este mundo para joderle su nivel de ingresos, tuvo el dudoso privilegio de contemplar por lo menos 4 golpes militares más otros tantos institucionales, puntuados por unos pocos episodios de democracia tutelada− como una poderosa máquina de adulteración ideológica capaz de cooptar nuestros debates. A pesar del incuestionable progreso social y cultural de nuestro país durante la pasada década kirchnerista, la adulteración de las palabras que supone llamar “héroes” a quienes fueron, en realidad, carne de cañón y “guerra” a lo que, en rigor, constituyó una farsa suicida, está lejos de subsanarse.

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No se dignifica a las víctimas otorgándoles un aura de heroísmo, del mismo modo que no se regenera un extremidad amputada con rezos y buenas intenciones. Nada posee de noble la condición de veterano, de pobre, de mujer maltratada o de homosexual, y el reconocimiento por parte del Estado sólo puede desvirtuarse en el vocabulario de las almas bellas, ese sí una dictadura eterna. ¿Y si un ex colimba terminara hoy con un prontuario de violador y asesino? ¿Y si Astiz en vez de haber sido el cobarde que fue, hubiera desplegado altas cotas de coraje en las Islas? ¿Cambiarían en algo las cosas? En lógica se denomina “non sequitur” a esta clase de falacias argumentativas: una cosa no se sigue de la otra, evitemos multiplicar la confusión que para eso existen los canales de noticias. Los traumas piden elaboración −llegado el caso, cualquier elaboración− como las heridas reclaman aire y si el arte no cumple esa función no sirve para nada. O sea que la moral sobra.

A diferencia de la literatura, que a través de Fogwill (en los ochenta) y Carlos Gamerro (en los noventa) puso manos a la obra casi sin demora, nuestro cine pareciera haber llegado tardíamente a la cuestión Malvinas. Como Fuckland en su momento, una película en muchos sentidos irritante y, en mi opinión, injustamente vapuleada por mentes acaso demasiado literales, La forma exacta de las islas apunta a saldar la deuda, corrigiendo algo de la malversación en curso. Y lo hace de un modo bastante interesante.

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Diario filmado de una tesis doctoral, descripción provisoria, intención primera a la que la película no puede reducirse, La forma exacta de las islas entrecruza y superpone una cantidad de miradas sobre Malvinas que, por momentos, logran marear al espectador: allí está la obsesión a la vez académica y afectiva de Julieta Vitullo −la protagonista, el foco narrativo del film− con Malvinas; allí están, además, los testimonios de dos ex combatientes que la acompañan en su recorrido, Dacio Agretti, parco y analítico, y Carlos Enriori, con su temperamento festivo, expansivo, característico de algunos hombres del interior; y, por último, encontramos las invaluables entrevistas a los pobladores, John Fowler, Rob Yssel, entre otros.

Las imágenes casi ultraterrenas de los paisajes, las playas, la fauna, el caserío,  −porción desmembrada de la meseta patagónica, las Malvinas Argentinas son el espacio exterior del país y del planeta−, el juego con las formas y las líneas de la geografía junto con las formas narrativas, merecen este párrafo aislado.

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Finalmente, lo mismo que en Fuckland, en la última vuelta del argumento, nos encontramos con un embarazo y evito revelar más para no aguarle la experiencia a quienes vayan al cine. Sólo agregaré que fue real, que el embarazo sí ocurrió -no como en la película de Marqués y Stratas, donde era una provocación ficcional-, y que es una apuesta fuerte, como cualquier gesto artístico que implique la vida. Malvinas fue la manera con que la dictadura procuró saltar al futuro y su resaca bélica probablemente represente el primer trauma histórico de las generaciones posdictadura, aquellas que no pagaron su diezmo en los campos de concentración. Después vendrían otros traumas, pero quién lo habría anticipado entonces: las Islas continúan haciéndose presentes en nuestro imaginario de maneras novedosas e inesperadas, tal vez incluso den vida, o la están dando.

La forma exacta de las islas (Argentina, 2012), de Daniel Casabe y Edgardo Dieleke, c/ Julieta Vitullo, Carlos Enriori y Dacio Agretti, 85’.


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