El_rostro_de_Karin_C-425542341-largeFotos de la madre de Bergman. No hay voz en off en La cara de Karin. Sólo un puñado de placas que sirven para contextualizar algunas de las imágenes: el momento en que el padre de Bergman visitó por primera vez la casa de los futuros suegros, el rechazo que la abuela de Bergman sentía hacia ese noviazgo, la enfermedad que aquejó a la madre de Bergman durante sus últimos años de vida. Un piano esporádico puntúa el corto. La cámara opera yendo, en las fotos conjuntas, del grupo a la madre, o viceversa. A la foto panorámica de una casa que se parece a las de la saga familiar de las ficciones de Bergman, le sigue una foto de interior, en una operación similar a la de los planos de establecimiento espaciales típicos del clasicismo.

Karin Åkerblom es el centro de todo, pero todo lo ocupa con cierta lateralidad, incluso en las fotografías en que aparece sola. Pesa sobre la película la profundidad de su mirada y, sobre todo, el repliegue de esa mirada sobre sí misma. ‘Si esos ojos se explayaran’ , piensa uno, ‘nada quedaría en pie’. La gravedad protestante lo domina todo con su manto de furiosa dignidad, con la pulcritud notarial de su atuendo. La foto del padre en el púlpito recuerda la ceremonia de Cuando huye el día, esa estética institucional tan aplastante que termina por humanizar los rituales fascistas reinventados una y otra vez por Fellini (no así los del nacional socialismo, cuya imaginería se cuela curiosamente a través del contrapicado del pastor en el púlpito, y del bigote del pastor).

0En una foto de la pareja, sorprende la puesta en escena que los recorta, separa, divide, distancia irremediablemante, merced a un fondo que parte en dos el espacio, dejándola a ella del lado de la luz y a él hundiéndose en la sombra, vestido acaso de ministro, leyendo un libro que no puede ser más que El Libro. Sobre otra fotografía de ambos, Bergman abre lentamente el cuadro desde el vacío entre las dos cabezas hasta la aparición de los bustos. El centro de la imagen, sin embargo, quedará siempre ocupado por una brecha que no clausura la perspectiva dada por el alejamiento de la cámara, ni entibian las miradas de la pareja, dirigidas al vacío en direcciones contrarias, hacia un fuera de campo que nunca habrá de reunirlas.

La cara de Karin (Karin ansikte, Suecia, 1984), de Ingmar Bergman.


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