En Into The Inferno, Herzog corre detrás de una utopía: unir ciencia con religión. Estudios racionales sobre movimientos sísmicos y posibles catástrofes se complementan con antiguos rituales de magia y misterio. Un estudio sobre los volcanes en actividad más peligrosos del mundo es la excusa para analizar el complejo entramado de relaciones entre seres humanos, naturaleza y poder.

¿Existe una verdadera relación entre el hombre y la naturaleza? ¿Qué vínculo une al ser humano con su, hasta ahora, único lugar habitable, la Tierra? Bien al estilo Herzog, Into The Inferno (2016) es un documental que abre un abanico de preguntas sin respuesta en que el hombre es el principal interrogante.

El director de Fitzcarraldo asume como incontestables esas dudas, y lleva al espectador a rastrear las huellas del origen de lo humano con lo natural. Los volcanes recuerdan lo frágil e insignificante que es la vida humana. Hostiles e indiferentes al desarrollo de la humanidad como tal, están dispuestos a destruirlo todo en cualquier momento. Siempre latentes como un peligro ingobernable. Ahí entra el factor ritual, casi mágico, como una forma arcaica de las sociedades de intervenir en la naturaleza. Lo que el hombre no puede gobernar necesita de la ayuda divina para ser controlado. Llegar a la boca de un volcán en actividad es similar a entrar en una Iglesia. Un lugar sagrado, frente al que los hombres deben arrodillarse para observar, y pedirle permiso. Un sitio de recogimiento y reflexión que se ofrece como una boca del miedo y el éxtasis, y permite reflexionar sobre la vida y la muerte. El escenario ritual es variopinto: desde el jefe de una tribu africana, que entiende al volcán como un portal mágico, hasta el baile iniciático de los soldados norcoreanos al pie del Paektu.

La trilogía hombre-naturaleza-divinidad es atravesada por un cuarto elemento, denso pero necesario: el científico. Entrevistas a expertos en suelo, terremotos, aparatos de medición y todo lo que el hombre intenta para prevenir la fuerza natural. Delante de la cámara de Herzog, el relato se estructura alrededor de la voz del vulcanólogo Clive Oppenheimer, una suerte de anfitrión amable que recorre con curiosidad y simpatía los escenarios naturales, muy al estilo del actor norteamericano Jack Palance en la mítica serie Believe It or Not.

Existe una necesidad en Herzog de estar en el lugar, de mostrar lo más cerca posible el magma explotando a miles de grados centígrados como si en la inestabilidad brutal de la naturaleza existiera alguna respuesta a la vida humana. En Into The Inferno, el poder de lo natural, que no tiene compasión y arrasa con todo lo que encuentra a su paso, aparece reflejado en los hombres: desde el culto a la personalidad de Kim Il Sung, el dictador norcoreano, hasta el soldado estadounidense de la Segunda Guerra, John Frum, al que la gente del Monte Yasur alaba como un dios.

La facilidad narrativa que maneja Herzog a través de las imágenes hila el argumento con los testimonios y entrevistas que no siempre son interesantes y a veces caen en lagunas que distraen del tema central: la relación entre ciencia y religión, una unión que parece imposible y a simple vista continúa en Herzog como un interrogante sin respuesta.

Into the Inferno (Gran Bretaña/Alemania/Canadá, 2016), de Werner Herzog, 104′.


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