Si nos enfrentamos a Granizo sin información previa sobre su argumento, podríamos -porqué no- esperar una película de desastres naturales. Incluso por el indicio del título podríamos imaginar algo como Twister, Lo imposible, The Mist o tantas otras películas. Pero ahora que las mencionamos volvemos a pensar en Granizo, y bien podría tratarse de una comedia sobre el granizo como la más leve de las desgracias producidas por el clima.

Sin saber qué tipo de película se viene, ante la súbita escena inicial no sabemos cómo responder. Vemos la filmación casera de una familia en vacaciones y entendemos, porque no se ve, que la mamá acaba de ser fulminada por un rayo. Podría ser el preámbulo para muchas risas o el comienzo de un drama. En concreto el arranque de Granizo es atrapante.

Pero esos segundos de buen augurio se empiezan a desmoronar después del título en letras grandes sobre un fondo negro y los sonidos de la intriga. Seguido, en la segunda escena, entra en acción Guillermo Francella con uno de sus ademanes clásicos. Nos adentramos en la historia, en el hogar de un meteorólogo que podría ser el marido de Moni Argento, o bien Enrique El Antiguo a colores. Claro que hay diferencias de caracterización pero Francella arranca en modo Francella. Ni siquiera apelando a algo parecido al medido compinche de Darín en El secreto de sus ojos. Rápidamente, Granizo empieza a ajustarse al corsé de la comedia que todos ya conocemos.

Es la historia de un exitoso y popular meteorólogo que está en la cresta de su ola. Un tipo de la tele, famoso, de guita, en un barrio de guita, que marcha rumbo al debut de su programa televisivo. En ese arranque, el film dirigido por Marcos Carnevale parece una de las novelas televisivas que suelen dar en el horario central de la noche. Todo bien berreta y dirigido a un espectador que se regodea reconociendo a las figuras de ese mismo medio, espectador cansado que no quiere pensar, que se sienta frente a un televisor para no ser incomodado. Entonces Carnevale nos aleja de las ambiciones de pantalla grande para tener que soportar a Polino o a Verónica Lozano, ambos por suerte con apariciones muy cortas, o a “Laurita” Fernández en un papel con más líneas pero también fuera de escala para el cine. Pasillos internos de canales televisivos, interiores de departamentos de guita que no dicen nada, y todo con planos torpes que no ofrecen ideas, que no atrapan ni permiten que los espacios hablen o sumen. Si los personajes no hablasen, lo que los rodea nada nos diría de ellos.

No hay que darle mucho tiempo a Granizo para saber a dónde se dirige, de qué se trata. El conflicto se presenta rápido, cuando el infalible meteorólogo da un pronóstico equivocado y Buenos Aires se ve afectada por una tormenta de granizo que provoca daños materiales a muchos. A partir de ahí, el personaje de Francella se refugia en Córdoba porque todos los damnificados en su ciudad lo quieren linchar. Eso da lugar a varios gags fáciles y esperables. No hay nada más que eso. Por el tenor y la calidad de la película, es difícil pensar que busque instalar un debate sobre la máquina de picar carne que es la televisión, la mafia de las aseguradoras, el cambio climático o cualquier otro tema que se le parezca. La película “funciona” como un pasatiempo, algo para lo que su espectador ya se entrenó viendo algunas otras del mismo director, o del símil Suar, o cualquier tira televisiva de la noche. Comparándola con ese universo, Granizo no desentona, pero queda claro que es una película para ver mientras comemos, o de fondo mientras atendemos a otra cosa. No debería ser una película que vaya a quedar en la memoria del público.

Con varios errores de continuidad, con una actuación de Francella que no sorprende y que está bien lejos de destacarse, y con un guion del que no esperamos nada, la película se las ingenia para avanzar y evitar que la mayoría la abandone antes de tiempo. Quizá porque es tan tibia que no encanta pero tampoco irrita. El micromundo en el que transcurre la acción es tan patético que no importa que la película lo deslice como algo de la realidad de todos. Por señalar algún ejemplo: es difícil pensar que alguien quiera identificarse con alguno de los personajes que aparecen. Ni el vecino más gorila de la ciudad admitirá las similitudes entre las pancartas que le ponen a este meteorólogo y las que los sectores más acomodados de Buenos Aires suelen pasear cuando los medios concentrados los mandan a marchar. Ante el odio en que vivimos día a día, una caracterización despectiva y típica de una encargada de edificio ni siquiera es algo que pueda pensarse como bajada de línea. Así ven el mundo los sectores acomodados, y tienen derecho a decirlo.

Cuando a la película se le agotan los gags de CABA, la trama viaja a Córdoba. Y como todo producto de este tipo tiene el espacio para el golpe bajo, para el drama que no suma, y para rellenar con escenas que pretenden sumarle peso a la historia pero que, ya sabemos, sólo sobrecargan nuestros párpados. El meteorólogo tiene una hija con la que no se habla; ella le reclama y él no se da cuenta, y bla bla bla. Toda esa línea narrativa es redundante y resulta prescindible, pero el director la usa para estirar la duración de la película y permitir un escenario en el que preparar el remate del chiste principal.

En ese sinsentido de Francella en Córdoba, su personaje conoce a un tipo que predice el clima de un modo ridículo, que no viene al caso. Entonces este tipo le avisa al meteorólogo que se avecina una señora lluvia de granizo en Buenos Aires, peor de la que ocurrió hace poco, y mucho peor de la que haya ocurrido jamás. Entonces Francella vuelve a su ciudad para reivindicarse, avisándole a todos los habitantes que se protejan. Todo funciona así, sin sorpresas, sin giros ni contragiros, ni nada de nada. La hija de Francella vuelve a quedar sola y su soledad no afecta ni a la trama, ni a sus gestos de despedida. Y el granizo, como pronosticó el cordobés de métodos poco ortodoxos, ocurre.

Llega el final. La platea que le sigue dando de comer a las bostas de Canal 13 y Telefé termina satisfecha. El otro espectador algo desprevenido cuenta los minutos para que termine. Ni un espectador ni el otro imaginan el final que se trae Granizo. El punto más alto de la película es ese desenlace, con pelotas de hielo gigantes que destruyen el obelisco y otros edificios y monumentos emblemáticos de la ciudad. Es difícil hablar de efectos especiales, de «cine catástrofe», o incluso de cuestiones técnicas para resaltar este final. Pero es justo señalar que lo desmesurado de esos hielos salva los insultos, la decepción indiscutible.

Párrafo aparte y final para los extras del desenlace: duelen los ojos al ver lo mal y burdamente ubicados que están. Cada plano revela una composición desagradable. A tono con esto, los minutos finales de Francella son ridículos. Y al cerrar su participación sin una pisca de algo nuevo, corrobora que Granizo es otro negocio sostenido en el mismo personaje de siempre.

Calificación: 4/10

Granizo (Argentina, 2022). Dirección: Marcos Carnevale. Guion: Fernando Balmayor, Nicolás Giacobone. Fotografía: Horacio Maira. Montaje: Luis Barrios. Elenco: Guillermo Francella, Peto Menahem, Romina Fernandes, Martín Seefeld, Nicolás Scarpino, Laura Fernández, Norman Briski. Duración: 118 minutos. Disponible en: Netflix.


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