En Proyecto Florida, el director de cine indie Sean Baker vuelve a centrarse en la marginalidad social de su país. En Tangerine (2015), película que lo consagró y que tuvo la particularidad de ser filmada mediante iphones, indagaba sobre la situación de las travestis en su país, confinadas al ejercicio de la prostitución y expuestas a situaciones de violencia. Aquí, en un ejercicio de estilo más tradicional, toma como protagonistas a esas personas cuyas vidas transcurren en las sombras del parque de diversiones más famoso del mundo. Si el cine de Hollywood como producto de entretenimiento busca mostrarnos el éxito del sueño americano y el patriotismo de la mano de sus héroes de ficción o animación, Baker nos muestra a seres desclasados que luchan por sobrevivir y por conservar su dignidad en la dura realidad que les ha tocado.

Halley (Bria Vinaite) es una joven madre soltera que recientemente ha sido despedida de su trabajo como bailarina de striptease y vive junto a su hija Moone (Brooklynn Prince) en un complejo hotelero, ya que no tiene residencia fija debido a su precaria situación económica. El motel en el que viven, pintado de rosa y con estructura que imita a un castillo, se llama “Magical Kingdom” y se encuentra muy cercano al homónimo Parque temático del Complejo Disneyworld. La zona que en alguna época tuvo su esplendor como proyecto de hoteles más económicos, cercana a Disneyworld, actualmente es un conjunto de moteles abandonados o venidos a menos en los cuales deambulan y habitan aquellos desclasados que viven de pequeñas changas o precarios trabajos que les permiten sostenerse en el día a día (aquí se incluye población afro, los llamados “whitetrash” y personas trans), pero que no logran lo necesario para costearse una estructura habitacional más estable.

La acción transcurre en verano, durante el receso escolar. La pequeña Moone comienza a hacerse nuevos amigos: Scooty (Christopher Rivera), cuya madre trabaja como mesera en una cafetería y lo deja al cuidado de su madre, y Jancey (Valeria Cotto), que vive en el complejo vecino llamado “Nuevo Futuro” y es criada por su abuela de color. A falta de dinero, los niños utilizan esos complejos hoteleros y negocios aledaños como su parque de diversiones: escupen sobre autos, piden monedas para comprarse un helado, fantasean con sus bellas habitaciones en los complejos abandonados y hasta llegan a prender fuego a uno de ellos. Esta situación y el temor a los servicios sociales determinan que la madre de Scooty decida apartarlo de Moone, e incluso que se niegue a entregarle comida de la cafetería; la relación entre Moone y Jancey, en cambio, se afianza. En el desarrollo de esta amistad dos escenas son muy potentes. La primera, cuando Halley y Moone llevan a Jancey a festejar su cumpleaños en un lugar apartado donde verán los fuegos artificiales que provengan de Disney mientras apagan las velitas. Y la segunda cuando las dos amigas tengan una merienda-picnic con la comida que les trae regularmente la camioneta de beneficencia, sentadas sobre el tronco de un árbol. Allí Moone le dice a Jancey que ese árbol es su preferido porque está torcido pero sigue creciendo. Efectivamente, Moone va creciendo como puede, en medio de una realidad adversa y dura, pero encuentra una manera de mantenerse en pie apoyándose en la amistad con Jancey.

Halley hace lo que puede para sobrevivir económicamente y criar a su hija en soledad. Moone la acompaña a vender imitaciones de perfumes en los complejos donde se aloja gente rica, a colarse en ellos para tomar el desayuno, a revender tickets para excursiones. Cuando Halley se vea cercada, comenzará a recibir hombres en su habitación por sexo a cambio de dinero, mientras Moone permanece tomando un largo baño con la radio encendida y se entretiene peinando a sus muñecas. Baker delinea con Bobby (Willem Dafoe), el gerente del motel, una figura compleja y ambigua: si bien intercede a favor Halley cada vez que tiene algún inconveniente y trata de contener a Moone cuando se presenten los agentes de los Servicios Sociales, en el fondo no deja de ser el típico votante americano de Trump, interesado en que funcione su negocio, en que Halley pague a término y en evitar problemas con las autoridades.

Halley es una joven alocada, que fuma porro y subsiste en una economía paralela e ilegal, pero al mismo tiempo es una madre afectuosa y luchadora que cuida como puede a su hija y que trata de velarle la dura realidad que les toca vivir, insuflándole cierto tono de juego. Para los Servicios Sociales, Halley es una mala madre, una mala influencia para su hija. Baker nos insta a preguntarnos: ¿Qué es moralmente más reprochable, criar a una hija en condiciones económicas limitadas, subsistiendo de la economía paralela de la reventa, del engaño y la prostitución, o que el Estado no le brinde a esa madre la ayuda necesaria para poder criar a su hija en mejores condiciones?

Y como ya sucedía en la antecesora Tangerine los lazos cálidos y solidarios de la amistad, aquí con Jancey, serán para Moone el bálsamo y refugio de su triste realidad. Junto a ella  emprenderá un último acto valiente, ese intento de pertenecer, aunque sea de manera efímera, a ese “sueño americano” que siempre se presenta esquivo.

Con una excelente labor de fotografía y acertados escenarios de gran simbolismo que se acompañan de un sólido elenco actoral, Sean Baker nos deja en  Proyecto Florida una mirada cálida y profunda sobre zonas invisibles de la sociedad contemporánea, sin caer en golpes bajos, combinando sensibilidad con una lúcida interpelación sobre las mezquindades e injusticias que cada día se ejercen sobre los menos favorecidos.

Acá puede leerse la crítica de Victoria Lencina sobre la misma película.

Proyecto Florida (The Florida Proyect, EUA, 2017). Dirección: Sean Baker. Guion: Sean Baker, Chris Bergoch. Fotografía: Alexis Zabe. Edición: Sean S. Baker. Elenco: Brooklynn Prince, Bria Vinaite, Willem Dafoe. Duración: 111 minutos.


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