Steve Trevor (Chris Pine), luego de ser rescatado de lo profundo del océano, abre los ojos y, pasada la sofocación, ve encima de él, sobre la arena de la edénica y embrujada isla de Themyscira, a la divinidad más divina de todas (¡Gal Gadot!) intentando reanimarlo. Ella, Diana, en su condición de divinidad y como hija de Hipólita, reina de las Amazonas, se (le) pregunta (respondiéndose al mismo tiempo) si él es un hombre.

En este tenue juego de dobles sentidos, descubrimientos y fascinaciones, Mujer Maravilla de Patty Jenkins parece querer establecer un principio bastante atractivo para la relación (más desgastada que gastada) entre la divinidad y el hombre en las películas de superhéroes: la divinidad se afirmará divinidad sólo a partir de la revelación que le haga el hombre y no viceversa. La divinidad es la que duda, no el hombre. La divinidad romperá su “inocencia” gracias a la intromisión de la humanidad.

En el Génesis (III; 5), el diablo hecho serpiente seduce a Eva para que desobedezca (induciendo a Adán) la orden de Dios y coma del Árbol del Conocimiento, diciéndole: “No moriréis. Pero Dios sabe que el día que comáis de él serán abiertos vuestros ojos y seréis como Dios, conocedores del bien y de mal”. Pues bien, en Mujer Maravilla, esta ecuación se invierte de forma sumamente interesante[1]: la divinidad debe alimentarse de los frutos (amor, sexo, política, fraternidad, maldad, artes, objetos, histerias, decadencias, bajezas, noblezas: pasiones) del hombre para poder saberse, finalmente, divinidad.

La gran ventaja que siempre tuvo DC sobre Marvel fue la calidad de sus guiones. El concepto de “novela gráfica” es claramente algo que DC pulió con obras soberbias de Miller, Grant, Moore, Morrison y tantos otros genios del cómic. No obstante, en la gran mayoría de sus películas -poniendo como excepción, y hasta ahí nomás, la trilogía de Nolan con The Dark Knight-, en vez de apelar a esa fórmula medular de contar buenas historias, apela a la amalgama barata del efectismo por el efectismo mismo. El Hombre de Acero (2013) fue un torpe ejemplo de ello apenas redimido por la excelente aparición de Kevin Costner. De hecho, por eso, Snyder en Batman vs Superman (2016) apiló -lamentable y forzadamente- en un híbrido infumable, tres de los mejores guiones escritos sobre Batman y Superman en la historia del cómic de DC para terminar en un mamotreto espantoso de casi tres horas de duración. Acá, en Mujer Maravilla, no hay mayor excepción a semejante regla y, por ello, el guion -sumado a ciertos problemas con el montaje- se resuelve en una extraño mejunje donde la princesa Diana va descubriendo su maravillosa divinidad (de mujer) al tiempo que combate confusos alemanes pre nazis, rufianes de bares de mala muerte, espías y asesinos a sueldo, científicas desquiciadas que le robaron la máscara a Tom Cruise en Vainilla Sky (2001), generales y burócratas estereotipadamente machistas a la medida de Malena Pichot, dioses anacrónicos hermanos de Zeus, la moda de la época, la sobreprotección de su madre, las teorías de género actuales, las presiones exitistas del entrenamiento de su tía-guerrera, las indiscreciones de Bruce Wayne y el fugaz amor con poco y nada de química que siente/vive por el noble espía Trevor y su maratónica enjundia queriendo salvar al mundo a como dé lugar en esa guerra que, hasta entonces, era todas las guerras.

Más prolija que Suicide Squad (2016) y con la clara premisa de no boicotear de antemano la ambiciosa apuesta de DC que se viene, Liga de la Justicia, la Mujer Maravilla de Jenkins apelará a una innumerable sucesión de escenas de combate en cámara lenta y super lenta y a paneles y alfombras verdes de fondo para ambientar -efectos digitales de por medio- trincheras, castillos y ciudades europeas de los años veinte sustentando una historia con tendencia al lugar común (sí, por ejemplo, las Amazonas son multirraciales pero la reina es una rubia blanca danesa interpretada por una Connie Nielsen pasada de bótox) en la que la bellísima princesa no tendrá ni una marca de barro en el rostro a pesar de sus innumerables peripecias en el lodo y, he aquí  quizás, el peor bache de la película: lo inverosímil. Toda mímesis que el efecto especial pretende lograr, en realidad, la quiebra. Cuesta conciliar el tremendismo (carnal, físico, visceral, sangriento) de la Primera Guerra Mundial con la belleza inalterable de Gadot que, con lazo, espada y escudo, después de matar a cientos de alemanes, ni siquiera se despeina o mancha el cuerpo con un puñado de tierra. Diana es tan invencible de principio a fin que la aparición final de su tío Ares parece una anécdota (más) que la película necesita para cerrar de una vez por todas la historia-origen de Diana y pasar, ya sí, a la Liga de la justicia que es lo que a DC realmente le importa.

No obstante, hay un rasgo redimible en la película y se da en la anacronía de la historia… En la Diana del presente, digamos: la que trabaja en el Louvre y es interpelada por la astucia de Bruce Wayne y la foto que encontró al principio de la película intentando reclutarla para su causa de la Liga de la Justicia. Ese rasgo redimible es el poder que guarda su mirada… Una mirada vieja (en relación a su edad), cancina, anciana más bien, pícara y sabia al mismo tiempo, maternal, como sapiente del peso del mundo y sapiente, también, de que puede soportarlo… Mirada típica, por cierto, en los israelíes sobre todo después del servicio militar -en los judíos en general, pero en los israelíes en particular-, y esa mirada en Mujer Maravilla dice mucho, dice todo, casi: pues el diablo no sabe tanto por diablo si no por viejo; por ello, saber el peso del mundo y saber, sobre todo, cómo soportarlo es una cuestión de experiencia más que de facultades divinas, de calle más que de dones sobrenaturales heredados, de vida más que de predestinación olímpica y, quizás, en Liga de la Justica, lo interesante[2] será ver a esa Diana con (ya) casi cien años viviendo entre los humanos demostrándolo para salvar -¿una vez más?- a esa humanidad que tanto necesita para saberse/revelarse diosa: la hija de Zeus simulando una mortalidad sustanciosa.

[1] Aunque no, la verdad, no. Lo único realmente interesante de la película es la bellísima Gal Gadot en todo su esplendor; en especial, por el tremendo parecido físico que tiene a alguien tan (pero tan) especial que conozco; alguien que mientras uno en un atardecer le saca con el celular fotos improvisadas al cielo para guardarse su belleza de anaranjados y magentas (pongámosle), ella, por su trabajo, de seguro, lo anda surcando intempestivamente por alguno de sus extremos.

[2] Aunque, la verdad, no, lo más interesante de la película para mí (y, quizás, sólo para mí) es el increíble parecido físico de Gal Gadot con este ser tan especial que conozco… Con esta mujer que, después de cruzar algún cielo de circunstancia, baja… y camina… y es toda presencia (para bien o para mal) en esta vida mundana de aeropuertos y oficinas lejos de las magias de Themyscira, lejos de toda protección -Hipólita le dice a Diana que los humanos no la merecemos- divina.

Mujer Maravilla (Wonder Woman, Estados Unidos, 2017), de Patty jenkins, c/Gal Gador, Chris Pine, Robin Wright , Elena Anaya, David Thewlis, 140′.