Siempre es grato encontrar en la cartelera de cines propuestas de otras latitudes, que agujereen el campo dominado por el mainstream de Hollywood, especialmente porque no sucede con frecuencia. Este es el caso de la película ambientada en Egipto aquí llamada Crimen en El Cairo (The Nile Hilton Incident, 2017). Se trata de una película sueca, co-producida junto a Dinamarca y Alemania, dirigida por el sueco de ascendencia egipcia, Tarik Saleh.

El título en cuestión evoca la famosa Muerte en el Nilo (Death on the Nile, 1978), basada en la novela homónima de Agatha Christie, policial clásico de investigación con el sagaz inspector Poirot como el responsable de desenmascarar al criminal. Sin embargo, la línea que sigue aquí Saleh, no es la del policial clásico de enigma sino la de la novela negra, de la cual realiza un uso muy particular. Así como Claude Chabrol empleaba el policial negro como ocasión para develar la doble moral de la burguesía provinciana francesa, aquí Saleh utiliza el policial negro no solo para develar la podredumbre de la institución policial, que hunde sus pies en el barro de la corrupción y connivencia con criminales, sino que dará un paso más, pues dará visibilidad a la situación de profunda desigualdad social en Egipto. Aunque la trama de investigación está presente, queda claro que este no es el principal interés del director pues a poco de comenzar la película descubrimos quién es el asesino. Aunque no sepamos a ciencia cierta quién es realmente, ni cuáles son sus motivaciones, sí lo hemos visto. De este modo, como espectadores tenemos más información que el detective en cuestión y estamos más cerca del testigo ocular de los hechos.

La acción se sitúa en El Cairo, en las semanas previas al 25 de enero de 2011, fecha en que comienza a expresarse el descontento social en forma de revueltas estudiantiles que desembocarán en la conocida Revolución Egipcia, que culminó con la dimisión de dictador Mubarak y la apertura de un proceso electoral. Que la primera imagen que tengamos sea la del mismo Mubarak hablando por televisión de las grandezas de Egipto, y que esa imagen se diluya por una mala sintonía, se convierte en un fuerte signo, presente ya desde la puesta en escena y que estará presente a lo largo del film.

Saleh nos muestra, a través de la vida privada del detective protagonista (negocia con un delincuente de poca monta para que su primo lo enganche en la televisión digital, usa internet en un cyber ya que en su precaria vivienda no tiene) y de su trabajo en la comisaría, que se asemeja a un ente recaudador de dinero, que la situación social y económica de cualquier policía dista de encontrarse bien remunerada. De allí que sea altamente frecuente el pago de coimas, el robo de dinero en lugares donde ha sucedido algún incidente policial, y la connivencia con delincuentes, sosteniendo sus delitos a cambio de una participación económica en las ganancias.

Noredin (Fares Fares) no es precisamente un ejemplo de policía dedicado a servir al ciudadano vulnerable, sino que se mueve en ese mundo según sus intereses. Al ser el sobrino del jefe de policía, Kammal Mostafa, (Yasser Ali Maher), parece ser su protegido. Lo vemos manotear dinero de donde pueda: de los comerciantes de mercadería ilegal, de las escenas del crimen, y también fumar porro y consumir pastillas para vaciar su cabeza de pensamientos de un pasado que lo perturban. Noredin es el arquetipo del detective del cine policial negro: un hombre solitario y torturado por el pasado (ha perdido a su esposa en un accidente de tránsito), taciturno, que siempre está acompañado del humo de los cigarrillos que fuma.

Una joven cantante llamada Lalena es asesinada en un cuarto del Hotel Hilton de El Cairo. Hay dos sospechosos: un importante empresario del gremio inmobiliario y de la construcción llamado Shafiq (Ahmed Selim), hombre de poder cercano al presidente Mubarak y amante de Lalena; y un tunecino llamado Nagui (Hichem Yacoubi) que regentea a bellas mujeres en un Club exclusivo para ricos a quienes luego chantajea mediante fotos íntimas. Hay también una testigo, Salwa (Mari Malek), la mucama sudanesa del Hilton. A la figura del detective que encarna Noredin se suma la femme fatale llamada Gina (Hania Amar), amiga de la víctima, y, por supuesto, el hombre misterioso que sabemos que es el asesino.

Debido a las sospechas que recaen sobre el empresario Shafiq, además miembro del Parlamento, el jefe de policía Kammal y el procurador judicial deciden cerrar el expediente, caratulándolo como suicidio. Pero en medio de toda la podredumbre del sistema, Noredin, acaso conmovido por el crimen de la joven, que recuerda la muerte de su propia mujer, decide seguir la pista de la investigación de manera solitaria. Poco a poco, y manteniendo siempre la tensión, la trama se irá cerrando sobre Noredin, quien guiado por sus buenas intenciones de resolver el crimen se desliza en el interior las sucias redes del sistema, pues como le dirá en algún momento Shafiq: “La justicia aquí no existe”. De este modo, Saleh nos muestra que mientras el ciudadano común ve avasallado sus derechos día a día, al punto que su vida no vale nada, los poderosos, aquellos que realizan sus negocios en complicidad con el régimen de Mubarak, siempre se salen con las suyas.

Es interesante cómo el discurso capitalista se impone en los vínculos, pervirtiéndolos; cada uno, desde su posición, intenta obtener su porción de dinero: los sudaneses que habitan en condiciones de hacinamiento y se proponen demandar a Shafiq; la policía y los servicios de inteligencia del Estado quieren su tajada. Lo mismo podemos decir de Nagui, chantajeando a los ricos, y de Gina, que es capaz de relegar los sueños de convertirse en cantante para terminar prostituyéndose, seducida por el dinero de los poderosos. En este discurso que comanda los vínculos, no hay lugar alguno para el amor. De hecho la única relación en la que circulaba el amor, aquella entre Lalena y Shafiq, es eliminada, precisamente porque se vuelve peligrosa para la trama de relaciones de negocios.

Otra cuestión para destacar es el uso que realiza el director de los planos generales de El Cairo. A través de ellos muestra la gran desigualdad social que existe en Egipto: pasando de los fastuosos edificios como el Hilton, las mansiones, los clubes de lujo, las canchas de golf a las calles con homeless, mercados, suciedad y hacinamiento, como por ejemplo en el barrio de inmigrantes sudaneses. La riqueza de pocos contrasta con la pobreza de muchos, esos millones que se congregan en la famosa Revolución Egipcia, hartos de ser ignorados y vulnerados por el régimen de Mubarak. Esta protesta social no recae sólo en las condiciones económicas sino también respecto de la represión policial. Las fuerzas del orden aquí no están del lado de los pobres ciudadanos sino que están para apalear, repeler y encarcelar a cualquier voz disidente (como lo vemos en el comentario que le hace el taxista que lo lleva a Noredin, definiendo a los policías como “cerdos” que encarcelan a los estudiantes que protestan). Es este odio del pueblo contra la insignia policial el que, en medio de la Revolución, deja a Noredin cercado, viendo cómo se desvanecen sus buenas intenciones y se escapan los artífices del crimen y los corruptos del sistema.

En Crimen en El Cairo, Tarik Saleh, mediante un buen uso de la iluminación y actuaciones convincentes, logra un adecuado equilibrio entre la tensión que ofrece la trama policial, que mantiene el suspenso hasta el final, y la denuncia de la corrupción policial y la injusticia social, que impera cada vez más en un mundo de capitales globales, pero que se visibiliza con la fuerza del colectivo del pueblo cuando toma las calles.

Crimen en El Cairo (The Nile Hilton Incident, 2017). Dirección: Tarik Saleh. Guion:  Tarik Saleh. Fotografía: Pierre Aïm. Edición: Theis Schmidt. Elenco: Fares Fares, Yasser Ali Maher, Mari Malek, Ahmed Selim, Hichem Yacoubi, Hania Amar,. Duración: 111 minutos.


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