Atención: No se revelan detalles de la trama porque no hay nada que revelar.

Cada lugar común que utiliza las fórmulas ya apergaminadas para generar miedo se da sin el más mínimo giro en La monja, última producción de James Wan, dirigida por Corin Hardy.

Como director, el malayo se mostró ávido por absorber las formas clásicas del género, sobre todo en el uso del fuera de campo, que permite ahondar en climas tensos y admite que el Mal quede innomiado; pues dar nombre, poner identidades, es lo que en el cine de Wan acaba con el ente maligno -pasa en El conjuro 2 (Wan, 2016), donde para desvanecer al demonio es necesario saber su nombre-, y subsecuentemente con el miedo -en La noche del demonio (Wan, 2011) cuando finalmente aparece en pantalla el monstruo de otro plano astral, toda la tensión y el temor quedan para el espectador de lado porque la figura pasa de ser aterradora-. La buena recepción de sus películas ha llevado a sucesivos spin-offs que él produce, pero siempre delegando la dirección algún colaborador. Ya había ocurrido con Annabelle (Leonetti, 2014), parte de la saga de El conjuro, que tuvo una secuela mala (Annabelle 2, 2017) pero como la primera era pésima, una sale más o menos agradecida de la sala. En todos los casos, el resultado de estas producciones fue paupérrimo; sin embargo, es imposible no creer, a estas alturas como una cuestión de insoldable fe, en que la siguiente película que produzca valga lo que la calidad de sus películas como director prometen. Mal que nos pese, La monja no corre con mejor suerte.

El fuera de campo es el eje central generador de miedo tanto en La noche del demonio como en El conjuro, y en las secuelas que ambas tuvieron. Ese motor queda desarticulado en la nueva película de Hardy, quien desde la primera toma permite al espectador ver al personaje del título. Se lo muestra siempre de la misma forma: saliendo de las sombras y atacando con rapidez, sin generar una situación que tense los nervios y recurriendo al grito repentino para hacer saltar a alguien de la butaca. La cuestión no está siquiera en el hecho de que muestre a la monja doscientas veces de sopetón -digamos que a la vez ciento cincuenta ya cansa-, sino en la forma burda y poco esmerada en que se hace perceptible eso que debe dar miedo. La forma profana de presentar algo que debe erigirse como potencia hace que se desestime cualquier intento de temor.

Si la estética de las películas de Wan nombradas recuerda al cine clásico, la utilizada por Hardy refiere al cine de la Hammer, donde lo que impresionaba era lo que ya estaba en pantalla, donde la fuerza era centrípeta y todo se concentraba en el plano: la iluminación teñida de rojo y la sangre como elemento perturbador. Desde la primera toma, La monja adopta los tintes góticos que hace rato han vuelto a ponerse de moda: las brumas constantes trepidando por los bosques espesos que rodean un castillo en -nada más y nada menos que- los Cárpatos, hogar de Drácula. La trama es una copia bastante lineal de la receta utilizada en las películas del conde: un castillo maldito guarda la amenaza que amedrenta a todo un pueblo; el aventurero del lugar llega en su carreta al sitio embrujado, ayuda a los forasteros valientes a entrar a liberar al pueblo del monstruo. Todo eso con una batalla entre la Razón y la fe de por medio.

La cuestión de la fe queda irresoluta o, mejor dicho, se resuelve de manera poco convincente, de buenas a primeras. Desde el principio, el Mal aparece en el centro de la religión católica, encerrado en un monasterio, el sacerdote (Demián Bichir) se presenta como asesino de niños y la novicia (Taissa Farmiga), elegida por el Vaticano, cree en los dinosaurios (porque según ella, la Biblia es una carta que nos manda Dios, pero eso no significa que Él no quiera que le hagamos preguntas). El laicismo crítico que el guion propone en los personajes, los espacios y, por sobre todas las cosas, el hecho de que varias veces una escopeta vale más que un rezo, se va desgranando sin explicación alguna, para dar paso al triunfo de la fe. El guion es flojo desde la estructura argumental, con personajes que se definen sin profundidad, dejando al espectador negado de toda empatía; los diálogos amorosos están hechos con clichés y los chistes malos también están hechos con clichés. Socavando los sedimentos donde el espectador ponía su esperanza, aparece el responsable del guion, Gary Dauberman, guionista de las dos Annabelle.

Así como la productora inglesa Hammer tomaba los monstruos que la Universal ya había situado en un lugar de confort dentro del género, Hardy toma un personaje que ya estaba instalado en un lugar vigoroso que prometía eficacia. No obstante, las fórmulas tanto estéticas como argumentales quedan varadas en la tibieza: no tienen una reflexión que las haga válidas como recurso digerido y apropiado para efectivizarlo, ni hacen un estudio para parodiarlas como formas acabadas proponiendo algo sucedáneo.

El temor mayor que produce La monja es que, si rinde en taquilla, probablemente tendrá secuela. ¡Dios nos libre!

La monja (The Nun, Estados Unidos, 2018). Director: Corin Hardy. Guion: Gary Dauberman. Fotografía: Maxime Alexandre. Edición: Michel Aller, Ken Blackwell. Elenco: TaissaFarmiga, Demián Bichir, Jonas Bloquet. Duración: 115 minutos.


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