arrebato_poster_min2Atención: Se revelan detalles importantes del argumento.

Sandra Gugliotta es una de las directoras que integró la primera edición de Historias breves, película fundacional del llamado Nuevo Cine argentino. Su corto Noches áticas acompañó los trabajos de Caetano, Trapero y Martel, ente otros, allá por la primera mitad de la década del noventa. De esa intervención inicial a la fecha, Gugliotta ha realizado dos largos de ficción, Un día de suerte (2002) y Las vidas posibles (2007), y un documental, La toma, estrenado el año pasado. Ahora llega Arrebato, su cuarto largometraje, su película más ambiciosa en términos de producción y pretensiones comerciales. Así lo prueba la elección de Pablo Echarri, Leticia Brédice, Mónica Antonópulos y Gustavo Garzón como figuras principales. Atrás parecen haber quedado la experimentación, la mirada contemplativa y la indagación social de sus trabajos anteriores, connotaciones que no son necesariamente negativas, pero que dejan entrever una búsqueda permanente por parte de la directora, aunque los resultados no sean siempre los esperados, como sucede en esta ocasión.

Arrebato comienza inscribiéndose dentro del género policial para derivar de a poco hacia el trhiller psicológico, y esta vinculación con el género le exige el cumplimiento de ciertas reglas. Reglas que deben aplicarse para validar su naturaleza -un escritor perturbado por los celos, un triángulo amoroso y una serie de entramados alrededor de un crimen que lo involucran- pero que también pueden tensarse hasta el límite, incluso traspasarlo. Arrebato no hace nada de esto, se mantiene dentro de los límites que el género establece y nunca se propone salir.

Hay una primera escena que parece desprendida del resto de la película, y en apariencia es meramente informativa: Luís Vega (Echarri) es escritor y da clases de literatura en la facultad. Allí lo vemos explicar la estructura del relato ante la mirada embobada de sus alumnos, mujeres en su mayoría: “lo que importa es el cómo”, “con tal de entretener, todo vale; hasta el crimen”, dice, y utiliza el ejemplo de una mujer desconocida que se encuentra fumando y mirando por la ventana en el edificio de enfrente para fundamentar su teoría. Echarri proyecta sobre esa mujer una posible historia, comportamiento que repetirá luego cuando conozca al personaje de Brédice. Arrebato explica ya desde aquí sus intenciones narrativas, tirando todas las cartas sobre la mesa y sembrando las pistas que van a ser fundamentales para el resto de la historia; no se guarda nada. Y esto es un problema, porque el espectador entrenado -y no tanto- sabe que en este tipo de películas hay que estar atento a lo que se dice y a lo que se hace, que cada elemento puede ser fundamental para intuir la resolución de la trama, esa que generalmente se nos revela sobre el final y nos permite atar los cabos sueltos. Pero aquí los cabos parecen atados ya desde el principio. Por eso es que luego de la palabra ‘crimen’ pronunciada por el profesor Vega, y el cartel negro que indica la dirección de Gugliotta, Arrebato se encamina hacia una representación formal que,  promediando la película, confirma sus mecanismos y cae en la repetición del procedimiento, quitándole peso a lo que resta de la historia, volviéndola predecible, y evidenciando lo que ya parecía estar claro de entrada.

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Después de esa primera escena, la película se encarga de mostrarnos la proyección de los trastornos emocionales del escritor sobre la figura de Laura Grotzki (Brédice). A ambos los unirá la sospecha de un crimen y los celos hacia sus parejas.

El caso de Laura le sirve a Vega como material para su próximo libro. La historia amenaza con tomar ese rumbo, pero luego decide concentrarse en la conducta enfermiza que Echarri mantiene con su pareja Carla (Mónica Antonópulos). Brédice es el espejo donde se reflejan las persecuciones mentales de Echarri. Es su doble, su parte oscura, esa que al relatarle los detalles del crimen que la involucra (como después le sucederá a él) le dicta lo que tiene que escribir. Cuando Echarri conversa con ella parece generarse una imagen especular, una sensación de estar hablándose a sí mismo. Más adelante, una escena decisiva terminará igualándolos a partir del uso de un cuchillo.

Mientras miraba Arrebato pensaba en La hora del crimen, una película italiana con la que comparte ciertos tópicos (la obsesión por una mujer, un asesinato no resuelto, la tensión entre la realidad y la fantasía, etc), y me preguntaba qué es lo que hace que el género funcione en una y falle en la otra. Una respuesta posible tal vez sea que la película de Giuseppe Capotondi trabaja la construcción de los personajes a partir de los elementos visuales: la puerta corrediza que atraviesa la cara de Kseniya Rappoport, la escena en la bañera, cuando la mitad de su cabeza se hunde en el agua, conforman la personalidad huidiza de su personaje. Por el contrario, Gugliotta elige prescindir de cualquier elemento concreto para definir a sus protagonistas, y pone el foco en el trabajo con los parlamentos y las pistas que estos puedan dejar al pronunciarse. De hecho, es llamativo cómo la ciudad donde transcurre Arrebato parece casi siempre vacía, cómo Echarri la recorre casi en solitario, negándole toda relevancia y convirtiéndola en una fachada carente de personalidad.

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Una escena se repite en Arrebato. El escritor, cegado y perdido por los celos, intenta recuperar a su ex mujer invitándola a cenar. Esta acude sólo para pedirle el divorcio. No tiene intención de volver con él. Echarri pierde el control y la situación se torna violenta. Carla/Antonópulos abandona el lugar, se va por la izquierda de la pantalla, mientras la cámara se queda con Echarri en la mesa. Luego viene una elipsis temporal -un cartel negro con la inscripción “seis meses después”-, que encuentra a Luis Vega disfrutando del éxito que le depara la publicación de su nueva novela, que no es otra cosa que la narración de los hechos por los cuales se lo vinculó con la muerte de un dentista, y ya libre de toda sospecha. Aquí la escena vuelve a repetirse, pero esta vez la cámara se ubica del lado de la calle y observa cómo Antonópulos sale en la dirección contraria a la que había tomado anteriormente. Incluso permite observar que el personaje de Echarri, que antes se había quedado en la mesa, ahora sale casi pegado detrás de ella. El error no sólo es evidente y grosero, sino que suena forzado y le quita verosimilitud al desenlace de la historia.

Arrebato nunca termina de definir su pertenencia genérica, pero tampoco se anima a ser otra cosa. Las idas y vueltas entre el policial y el thriller psicológico terminan jugándole en contra. Y lo que se propone como una vuelta de tuerca sorpresiva y reveladora, no es más que la evidencia de lo que ya había quedado claro mucho antes, acaso desde la primera escena.

Arrebato (Argentina, 2014), de Sandra Gugliotta, c/Pablo Echarii, Leticia Brédice, Mónica Antonópulos, Gustavo Garzón, Claudio Tolcachir, 85′.


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