
Islandia tiene un doble inicio. Los dos son tan extraños como la decisión que deriva en este documental. Uno es el final de una película con Tom Cruise en cuyos títulos finales suena una canción hipnótica, que luego se descubrirá que se trata de un tema de la banda islandesa Sigur Ros. El otro es la muerte del padre de Leandro Cerro, director de la película, que derivará en el cobro de un juicio que llevaba adelante y la compra de un pasaje para conocer Islandia. Hay una excusa que le sirve en principio como argumento: el viaje, se supone, es para filmar un documental sobre la música de Islandia –y que la propia voz del protagonista terminará reconociendo como una fantasía ridícula, aunque se asome a ese universo esporádicamente.
Pero también tiene un camino que se duplica. Por un lado es el registro de un viaje planteado como una aventura, no como un avistaje turístico. Cerro recorre el país haciendo dedo, viaja a las ciudades donde se realizan festivales de música, se emplea voluntariamente en granjas orgánicas a cambio de un espacio donde residir, descubre paisajes extraños –lunares los llama en algún momento-. Y sobre todo, conoce gente. Ese recorrido está marcado por nombres que se van sumando en su camino, y que cumplen una función transitoria hasta que ceden su lugar a otro. Caitlin, la fan de Bjork; Rachel y Shirley, las estudiantes estadounidenses que se plantean un estudio sobre las influencias de la política israelí en la música; Antonio, el español en cuya casa vive unos días durante la época de frío; Maria, con quien explora una caverna; Magnus, el cazador de ciervos; Erin, la coordinadora del trabajo en la granja; y finalmente Katja, que lleva adelante el proyecto de hacer un festival de cine alemán en una pequeña localidad llamada Holmavik. Es un trayecto en el que el espacio de la aventura se va ampliando con los paisajes en los que se avanza, como si esa tierra no tuviera límites precisos. Es el paso de la aventura situada en la experiencia musical a otra de mayor profundidad y que involucra los sentimientos y el amor.
Ese deambular por el territorio admite los desvíos –que son parte de esa excusa inicial y que es lo que le permite en principio entablar ese cruce con desconocidos- que hacen que Cerro vaya de una ciudad a otra para registrar conciertos, para conocer a alguno de los miembros de Sigur Ros, para asistir a un concierto de la banda Amiina –tan extraña y especial como para verla en acción musicalizando Las aventuras del Príncipe Achmed– o para adentrarse en algo tan extraño o exótico para nosotros como la Oficina de Exportación de Música de Islandia. Pero esos desvíos contribuyen a generar una idea que aparece implícita: que esa música islandesa que ha trascendido por ser particularmente especial, como Bjork o Sigur Ros, encuentra su relación no solo con el paisaje, sino con un espacio cuyas particularidades hacen inevitable la comparación con esa música. Algunos intentan explicarlo a partir de la relación entre los sonidos de la naturaleza y los que se crean como paisaje musical, pero esa lectura se vislumbra aproximativa, como si no pudiera explicársela más que en esa zona superficial. En todo caso, hay otra formulación que parece adecuarse de manera más fiel. Cuando se advierte que en Islandia los volcanes están bajo la tierra y que las erupciones lo que hacen es abrir las grietas, o cuando se señala que es un territorio joven que está en ebullición, no parece señalarse solo a la actividad del subsuelo, sino a ese otro subsuelo que está construido por la cultura del país.

El segundo camino que el documental desarrolla en paralelo es evocativo. Porque el viaje a Islandia funciona para pensar la figura de ese padre que ha muerto, a partir de los elementos que permiten relacionarlo. Así es que en principio, recuerda esos tiempos en los que su padre era un arquitecto famoso en Mar del Plata, el momento en que se conoció con quien sería su madre. Los festejos en las calles de Reykjavik por la clasificación de la selección de Islandia a la Eurocopa, dispararán los recuerdos de cuando iba con su padre a la cancha. Y más adelante, evocará la debacle que se inicia con la separación y con una pérdida que involucra lo material y lo afectivo –casa, dinero, amigos. El tema del padre circulará en esos tiempos en los que madura la relación con Katja –y en los que la cámara puede dar cuenta solo enfocando su rostro: hay un enamoramiento mutuo entre su mirada y la de la cámara, que es la de Cerro, que resulta evidente-, porque la pérdida en ella asumió otros valores (su padre se fue de la casa cuando ella era niña y casi no tiene recuerdos de él). Esa mención del padre que mantiene la voz off que guía el relato, saldrá del interior del narrador para posicionarse en otro espacio cuando le muestra a Katja una imagen de su padre en el departamento en el que vivió en sus últimos años. Como si allí estuviera la última puerta infranqueable del personaje, parece liberarse de esa imposibilidad de hablar del padre y de su muerte: vuelve a la escena que lo llevó al desenlace, ese recorrido que va desde el acv en la cancha hasta la embolia que llevó a la amputación de las piernas primero y a la muerte después. Pero el relato, en un punto, se interrumpe. Katja parece sacarlo de ese lugar, desde su desnudez y su pedido para acompañarla hasta el río. La referencia a John Cage y la cámara de silencio deriva en el comentario de Katja: “Si estás buscando el silencio, estás buscando la muerte”. Tal vez sea eso lo que guía el viaje de Cerro. No el silencio, sino la búsqueda de los sonidos de ese otro lugar que se vuelve cercano, por la música y por el poema de Borges. En fin, que no es otra cosa que escaparse de la muerte.
Islandia (Argentina, 2025). Dirección: Leandro Cerro. Guión: Hernán Rosselli y Leandro Cerro. Edición: Hernán Roselli, Martín Farina. Duración: 93 minutos.
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