
Pasaron cincuenta años del estreno de Network de Sidney Lumet (por acá fue en 1977 con el título de Poder que mata) y si el impacto no es el mismo de aquel entonces esto se debe a que los tiempos, el espectador de cine, la televisión y el mundo son diferentes a los de hace medio siglo. Sin embargo, aquello que podía calificarse como una película de denuncia concebida por un representante del Nuevo Hollywood hoy adquiere una potencia acaso mayor, lejos de una coyuntura puntual donde el poder de los medios- en este caso, la televisión – actuaba como blanco fácil para el repudio de décadas atrás. Hoy, el monstruo que representaba aquella cadena de imágenes con sus directores, ejecutivos, secretarios y gente que salía por la pantalla en vivo para el regocijo del espectador-cuervo y la voracidad enfermiza por el rating que propone el guion del dramaturgo y novelista Paddy Chayefsky (1923-1981), un hombre que conocía al detalle los pasillos y las puertas adentro de la televisión norteamericana, pueden resultar meros indicadores de un cine de denuncia detenido o entendible en su propio tiempo. Sin embargo, en estos días, Network sigue extendiendo su importancia más allá de un rating estruendoso o lo contrario.
Nada anda bien en ese espacio de pasillos, reuniones de directorio, programas no aceptados por el televidente, pérdidas catastróficas de dinero y el olor a petróleo que ronda por aquellas coquetas instalaciones de la cadena. Los cambios se avecinan, deben rendirse cuentas a un poder mayor y por momentos invisible – accionistas, inversores, publicistas -, el caso Watergate aún está presente, el hippismo parece un recuerdo, los movimientos de izquierda permanecen en una supuesta – o disfrazada – clandestinidad y las heridas por la derrota en Vietnam tardarán años en cicatrizarse. En ese mundo de imágenes y obsesión por un punto de rating están los viejos empleados del poder (William Holden como Max Schumacher y Wesley Addy como Nelson Chaney) y el empleado orquesta que enhebra estrategias desde su cargo importante (Robert Duvall como Frank Hackett). También el Poder con mayúscula encarnado por Ned Beatty como Arthur Jensen y el cuerpo finalmente a sacrificar, el del profeta construido en las reuniones entre cuatro paredes, personificado por Peter Finch como Howard Beale. Pero alguien empuja desde atrás, vive para la televisión, no disfruta del sexo, camina rápido por las oficinas y es capaz de cualquier acción no compatible con la ética. Para eso está y decidirá más de un destino Diana Christensen (Faye Dunaway, en estado de gracia).
Con toda esta corte de personajes ambiciosos, del pasado y también de ese presente, Network emplea todos los códigos de un film de denuncia combinados con una atmósfera de sátira feroz y sin contemplaciones sobre ese mundo junto a un espectador zombie que consume sin empachos cada consejo, discurso y sugerencia procedente del discurso televisivo. Sátira mordaz que la película de Lumet y el contundente guion de Chayefsky autorizan para la aparición de un denominado Grupo Ecuménico de Liberación con sus correspondientes líderes, supuestamente, en litigio con el Partido Comunista, a un espacio para la gente titulado Vox Populi y a una adivinadora a quien consulta con recurrencia la inquieta Diane Christensen.

Un aspecto interesante de Network se relaciona con la reunión del aspecto público con el privado. Ocurre que algunos de sus personajes están mostrados desde la intimidad y no solamente por las decisiones que toman en las oficinas. En ese punto, Lumet ofrece con inteligencia la crisis matrimonial de Max Schumacher y su esposa Louise (Beatrice Straight) a propósito del amor otoñal del esposo con la voraz Diane Christensen. A este trío maduro en conflicto de relaciones de parejas Lumet lo exhibe con el mayor realismo posible tomando como herencia la perfección de los textos (en las tres escenas de discusiones íntimas suenan los fantasmas de Arthur Miller y Teenessee Williams y del cine realista Made in USA de los 50) trasladados a una ficción sobre la televisión setentista. Ese realismo que elige Lumet (y Chayefsky: no olvidar) termina resultando una sabia combinación entre aquel cine de Elia Kazan de los 50 ahora concebido por un representante cabal del Nuevo Hollywood de los 60 y 70 pero sin la pátina católica-cristiana de Coppola y Scorsese, por ejemplo. En ese punto, la voluminosa filmografía de Sidney Lumet– más de cuarenta películas – puede hoy analizarse como la de un director – puente de tres décadas de cine norteamericano.

Pero volvamos a aquellos estudios televisivos y a la enfermiza búsqueda de un mejor porcentaje de rating. Esos espacios están llenos de monstruos de diferente pelaje. Los empleados y directivos más veteranos representan la resignación y la derrota de aquello que no pudieron cambiar. O de aquello que empeoró y demasiado. Uno morirá de un infarto y otro intentará sin suerte escribir sus memorias sobre el mundo de la televisión. ¿A quién le importará esto?, se pregunta Max Schumacher tirando en el suelo las hojas de ese hipotético libro en medio de una pelea de pareja infiel con Diane Christensen. Por su parte, el ubicuo Frank Hackett, ante el cambio de discurso del profeta mediático Howard Beale, prevé que su carrera ha terminado. Es que el monstruo ya fue creado por estos científicos televisivos. Y allí va Howard Beale ordenando desde la imagen apagar la tele y dejar de ver televisión. Y por ese motivo el verborrágico y perdedor Beale recibirá su merecido de parte del poderoso Arthur Jensen, quien le enrostrará un memorable discurso sobre petrodólares por encima de ideologías, de corporaciones y acuerdos con árabes con tal de perpetrarse en el Poder. En un Poder distinto, lejos del rating y de las individualidades exitosas, ya que las decisiones partirán desde reuniones donde los empleados no tendrán nunca acceso ni presencia. ¿Y Diane Christensen? La empleada funcional, la que decidirá el destino de Beale, y para eso, nada mejor que valerse de los servicios de los representantes del espacio televisivo «La hora de Mao Tse Tung» (efectivamente, Lumet y Chayevsky no olvidan jamás ironizar sobre el tema). Pero nadie está a salvo: tal vez una ventana abierta de un piso muy alto a la calle, al poco tiempo, será la última salida para la ambiciosa ex empleada y directiva de importancia de la empresa. Y falta el público, el espectador-cuervo, el que suelta su bronca en Network, el que también aplaude sin dudar al profeta televisivo y futuro cadáver exquisito siempre con la cámara encendida. Ese público, de acuerdo a la óptica del director y guionista, recoge los pedazos del ex dios del ráting hasta la aparición de otro sujeto inventado, previo paso por las necesarias publicidades.

El monstruo de varias cabezas que representó Network hace medio siglo fue original, incómodo, traumático, irónico, disparatado, serio y divertido a la vez, pero siempre refugiado en las oficinas de la cadena, en las instalaciones del canal, en las gradas con la gente, en las reuniones de directorio. Pero semejante monstruo expandió su vitalidad con el paso de los años. Si ayer Network fue una película donde se critica a la televisión y se describe la deshumanización de un paisaje y de su gente, su potencia narrativa y sus ecos o gritos estentóreos llegan hasta estos días combinados a la locura, la sinrazón, a nuevas complicidades que aplauden el deterioro y el miserabilismo de un contexto sin salida ni posibilidad de retorno. Network, la película, creó a un profeta al que más temprano que tarde se lo sacan de encima. Network hoy fabrica líderes, autoridades, presidentes, personajes todopoderosos deseosos de adquirir y ocupar un espacio de poder. El espectador-cuervo siempre dirá presente, también el beneplácito de la prensa y el apoyo de un sistema que fabrica nuevos monstruos en un laboratorio televisivo con ansias de llegar a sentarse en ese sillón y tomar un bastón presidencial.
Poder que mata (Network, 1976, Estados Unidos). Dirección: Sidney Lumet. Guion: Paddy Chayefsky, Fotografía: Owen Roizman. Edición: Alan Heim. Elenco: Peter Finch, William Holden, Faye Dunaway, Robert Duvall, Beatrice Straight, Ned Beatty. Duración: 121 minutos.
Si te gustó esta nota podés invitarnos un cafecito por acá: