
El comienzo es extraño. Como si se tratara de los viejos programas de cine, lo primero que aparece ante nuestros ojos es la imagen que identificaba a Sucesos Argentinos, el noticiero que durante más de dos décadas se proyectaba en los cines. Pero cuando el espectador podría esperar imágenes del antiguo esplendor de la calle Florida –ya que de ella se supone que tratará la película-, lo que aparece es una sucesión de breves notas visuales de diferentes épocas y que se suceden sin un criterio aparente. Pero si se afina un poco la mirada, podría detectarse hasta cierta ironía en la contigüidad. A la nota sobre la enseñanza a los niños para manejarse en la vía pública, le sucede otra en la casa de Isabel Sarli, recién coronada como Miss Argentina. A un desfile en la Sociedad Rural encabezado por el dictador Juan Carlos Onganía le sigue la publicidad de la gomina Brylcreem (la fijación de la dictadura con los pelos largos fue notoria). Y a la nota que revela el otorgamiento de un préstamo del Fondo Monetario Internacional a la Argentina, le sigue una escena de Dios se lo pague, esa en la que el personaje de Zully Moreno le entrega sus joyas al pordiosero que interpreta Arturo de Córdova.
En cambio, no hay ni habrá imágenes de ese pasado fulgurante de Florida. Como si la comparación entre el pasado y el presente fuera demasiado violenta, se prefiere limitarla a las palabras, al recuerdo de sus habitantes. El pasado, puesto en fuera de campo visual, es evocado como una materia que linda entre la nostalgia y la tristeza por lo perdido. Desde el comienzo, cuando una voz en off recuerda que su madre le decía «vamos a pasear por la calle Florida”. Un paseo hecho de tiendas, de nombres importados (Gath & Chaves, Harrod’s, La Franco Inglesa) que solo sobreviven en sus nombres grabados en la piedra de lo que fueron sus antiguos locales. El presente que muestran las imágenes refleja otra calle Florida. Una hecha de ausencias, de poca gente circulando fuera de los horarios de oficina. De locales cerrados y carteles de alquiler o venta a los que nadie parece prestar atención. Una calle silenciosa, que perdió casi todo lo que antes la constituía en un paseo.
Lo que queda en esa calle es una fauna de personajes ajena al pasado. Personajes que toman la calle como su espacio de supervivencia. Puestos improvisados de venta de libros o donde se sitúa la Bolsa Argentina del Cirujeo –en la puerta de la ex confitería Richmond- o en que se improvisa una mesa para recolectar firmas para salvar a los carpinchos. Y es también el espacio de supervivencia de los jóvenes ya sea trabajando como “arbolitos” o como promotores de paseos turísticos por la ciudad o por el Tigre. El relato de La sagrada Florida se sitúa en ese espacio en el que auscultar el pulso actual implica comprender una mutación irreversible que se advierte entre la palabra de los anónimos entrevistados y las imágenes que revelan esa sensación de vacío, de ausencia irreparable.
De la misma manera, el documental intenta sostener ese lugar que ocupó la calle. Lo hace recurriendo no solo a la presencia del Tata Cedrón cantando para los transeúntes ocasionales. La cámara se detiene en dos de sus espacios tradicionales que sobreviven: la Galería Güemes y el Florida Garden. Mientras el edificio de Harrod’s es un espacio cerrado desde hace años, siendo apenas la cáscara de lo que fue, los otros dos todavía resisten. El primero, con sus fulgores intactos como edificio histórico, independizado de lo que albergue comercialmente en su interior. El segundo, como un espacio mítico que sigue congregando a los que lo sienten como “su segunda casa”. Hay algo de ese pasado que todavía refulge en el interior de los dos lugares, pero que a la vez los remarca como islas en ese espacio transformado. La sagrada Florida no se detiene en la nostalgia aunque la sobrevuele cada vez que alguien añora el pasado perdido. Pero incluso cuando parece querer mirar el futuro, lo único que encuentra es esa charla en la que la discusión sobre qué hacer con Florida no encuentra más respuestas que sostener una identidad que parece estar solo situada en un pasado y que el paso del tiempo se ha llevado consigo.
La sagrada Florida (Argentina, 2024). Guion y dirección: Juan Carlos Capurro. Duración: 50 minutos.
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