*Siempre se trata de volver. La historia de la Argentina es un ciclo que tiende a repetirse, y que los relatos dominantes evitan que se vislumbren como espejos, como un deja vu, como riesgo de caer en los recurrentes abismos del pasado. El documental, por sí mismo, es un artefacto que vuelve sobre el pasado recuperando hechos y contrastando, en sus mejores ejemplos, los discursos oficializados con otros que salen a disputarle el sentido. La crisis causó 2 nuevas muertes fue un retorno en caliente -apenas cuatro años después de los hechos- a las consecuencias derivadas de la crisis de 2001. La diferencia que estableció con otros documentales -que relataban los hechos focalizando la construcción de la figura mítica de Darío Santillán y Maxi Kosteki- provenía de su construcción política que analizaba el hecho como emergencia de un discurso público represivo y del intento frustrado de ocultamiento de la verdad de lo sucedido (un camino similar al que años después utilizaría Maelstrom 2001 para volver a los hechos de diciembre de ese año). Casi 20 años después de ese documental seminal, se trata de volver a esa escena, a ese momento.

*Lo primero que nos devuelve el documental es un cartel que informa lo que sabemos, pero que en el contexto adquiere otra dimensión adicional. “25 años después, la ultraderecha gobierna el país”, se nos dice para dejar implícito que las lecciones políticas que dejó el asesinato de Kosteki y Santillán han sido olvidadas y despreciadas. Pero esta segunda parte no se detienen en el ejercicio comparativo que podría hasta parecer obvio, sino que apuesta por la continuidad de lo que quedó trunco en el documental original. Forzar el relato silenciado por los que pueden ser considerados como responsables políticos de lo ocurrido. Entrecruzar los relatos individuales para encontrar en ellos tanto lo implícito de las decisiones, como las versiones que se contradicen para favorecer posiciones personales (la admisión de Juan José Alvarez es contundente cuando refiere a las versiones: “En esas situaciones uno tiende a creer en la versión que más le conviene, la que menos lo expone”). Entonces, esa extensa primera parte -llamada “Planificación de la masacre”- no parte desde cero sino desde lo probado, para encontrar en esas voces los rastros que desenrieden la maraña. El relato se construye desde la multiplicidad: Eduardo Duhalde, Felipe Solá, Juan José Alvarez, Alberto Atanasof, Jorge Matzkin, el intendente de Avellaneda Oscar Laborde, son voces que confrontan entre sí, pero también con otros dos relatos que los interpelan. El del abogado de las víctimas, Claudio Pandolfi y también el de los entrevistadores, que señalan desde las preguntas las diferencias, punzan para establecer quiebres en el relato, puntos oscuros que no puedan explicarse.

*Que no logren quebrar -del todo- ese bloque casi monolítico resistente a la especulación de cualquier movimiento que pueda considerarse traicionero, no implica que el documental resigne sus objetivos. Lo que logra es reconstruir ese discurso que faltaba y que ahora se repone en boca de sus responsables. Un entramado complejo en el que unos y otros niegan y deslindan, pretenden mirar hacia el frente de la historia mientras la eluden poniéndose de costado. Pero entre todos dejan entrever algunos puntos que construyen el edificio político en el que se basaron los hechos. La reunión de los gobernadores peronistas en La Pampa unos días antes con el mensaje de un endurecimiento represivo -instalado por Carlos Ruckauf, gran ausente de los cuestionamientos por la crisis de 2001, hoy reconvertido como “analista político” en la TV Pública del gobierno libertario- es el punto de partida para lo que Pandolfi señala como elemento central de los sucesos: una Policía acicateada, convertida en un perro rabioso a la que se le quita el bozal en el momento preciso. La decisión del gobierno, admitida por Duhalde, de impedir que la manifestación cruce a la Ciudad de Buenos Aires por una cuestión de orden. Y de allí, el espacio en blanco que implica nunca aclarar cuál es el límite para poner orden. Allí se pone en evidencia el amparo de la política: no hay orden de matar, pero tampoco hay precisiones sobre qué puede y qué no hacer la Policía para mantener el orden. Ese “cheque gris” del que habla Marcelo Sain, por el cual, si algo sale bien, todos se benefician. Pero salió mal. Y la política entonces mira hacia otro lado, mientras ensaya el dedo acusador contra la Policía, sin asumir sus responsabilidades.

*Pero aparece entonces otra dimensión que el discurso no explicitaba. Duhalde -amparado en ese despacho dominado por un libro de Perón y una imagen enorme de la Virgen de Luján-, recupera no solo su propia inimputabilidad -cuando dice que es un disparate que él supiera lo que iba a hacer la Policía-, sino la teoría de los excesos acuñada en los años de la dictadura. En el discurso de Duhalde, los responsables son, exclusivamente Fanchiotti y Acosta. “Es un tipo, no la Policía la que reprimió”, dice, a pesar de la cantidad de imágenes que muestran una represión generalizada y exacerbada. Duhalde insiste con que no tiene información sobre más heridos en esa jornada represiva para sostener ese discurso. De esa manera no solamente protege su posición y la de sus subordinados, sino la de la Policía Bonaerense como institución. Fanchiotti y Acosta, en todo caso, con su exceso de desquicio, son los que ensucian la imagen de la Policía y no, como ocurre siempre, que se piense que esos individuos son emergentes de una estructura en la que los “excesos” son la norma. El relato de la limitación de la responsabilidad que omite la verticalidad de las órdenes, se complementa finalmente entre dos formas que asume el cinismo: la de la falsa credulidad que enarbola Solá y la de la negación de la “pata ideológica” que sostiene Matzkin. La construcción ideológica de esa concepción queda al descubierto en su negación.

*La segunda parte cambia de protagonistas para focalizar en las organizaciones sociales. Más que en el lugar que ocupaban en el momento del asesinato, rastrea su génesis en los años de Menem y la continuidad de sus formas a partir del 2003. Antes que un relato evolutivo propone un cruzamiento de voces que atraviesan especialmente los años del kirchnerismo con visiones contrapuestas o por lo menos complementarias. Si esas voces implican exponer los claroscuros gubernamentales -la decisión de no abrir los archivos policiales tal como había prometido Kirchner, el pacto planteado por Parrilli- a la vez plantean las preguntas sobre el camino de institucionalización de las organizaciones y el acercamiento en la relación con el Estado. Un interrogante irresuelto, pero resonando en la mirada que expone Pablo Solana: el pasaje de la acción directa -el reclamo, la toma de la calle como espacio propio- a la administración -formar cooperativas, rendir cuentas del dinero derivado de planes oficiales-, parece haber funcionado como un desacomodamiento, un desajuste que llevó a las organizaciones a una instancia compleja. Porque el problema no es tanto ese tiempo de articulación con las instancias del Estado -aun cuando se lo juzgue como insuficiente o falto de audacia como sostiene la izquierda representada por Luis Zamora- sino la implicancia con lo que vino después -un gobierno de derecha- y la necesidad de volver a reconfigurarse como instancia de lucha. Es lo que aparece en el regreso de Solana al barrio originado tras la ocupación de las tierras que derivó de las luchas de Avellaneda. Pasaron 20 años y el recorrido revela lo conseguido en la lucha colectiva y a la vez, la limitación de ese avance posible. El tiempo transcurrido permitió solucionar algunos problemas, pero perpetuó lo relacionado con una pobreza estructural que vuelve a exponer la fragilidad del sistema y la imposibilidad de contar con una contención estatal. El cierre es una suerte de regreso al principio planteado en la frase inicial. Desde la perspectiva de aquella estructura cíclica en la que la Argentina parece condenarse a sí misma a repetir los errores del pasado. A aceptar una Policía incentivada a reprimir y liberada en sus responsabilidades. A aceptar la posibilidad de tener de nuevo, muertos en la calle como instancia ejemplificadora. Las imágenes del ataque contra Pablo Grillo en marzo de este año, miran al año 2002 y ofrecen la constatación más clara de esa posibilidad.

La crisis causó dos nuevas muertes – Segunda parte (Argentina, 2025). Dirección: Patricio Escobar y Damián Finvarb. Edición: Damián Finvarb. Duración: 77 minutos.

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