revenant-leoAtención: Esta crítica revela detalles importantes de la trama. El que avisa, no spoilea.

Imaginen a The Revenant como un coche Fórmula 1 de última generación con una pareja de pilotos maniáticos al volante que terminan por estrellarlo. Es el traspié de la omnipotencia. En el caso de Iñárritu, que viene de quedarse con el Oscar por Birdman, a medias se justifica y en el de DiCaprio también porque es DiCaprio. Estaban cebados, querían ganar y eso los condenó. Especialmente a DiCaprio, cuyos estertores dramáticos a lo largo la película representan la agonía del eterno perdedor, de quien quizás se sepa el mejor actor de su generación y al que siempre le andan faltando cinco para el peso. Ojalá que en esta ocasión vuelvan a negarle la estatuilla y que si finalmente la gana sea dentro de veinte o treinta años: un Oscar honorífico a la trayectoria, un premio consuelo. Así quedaría demostrado que el universo no carece de justicia poética, porque esta vez DiCaprio e Iñárritu chocaron una nave, perdieron en la final del mundo. Ojalá, para mayor ignominia, que sea la noche de Tom Hardy. Que se lleve la palma en la categoría de actor de reparto y que después The Revenant no gane ninguna otra cosa, que sea sistemáticamente humillada por Mad Max en cada terna, incluida la de mejor película. Por supuesto, amo a DiCaprio y nada me haría más feliz en el mundo que verlo hundirse.

Dicho esto, es bueno recordar que el cine de Iñárritu nació y prosperó bajo el signo rojo de la crueldad. Lo confirman Amores perros, 21 gramos, Biutiful y ahora The Revenant. Como esa niña consentida de Vieytes llamada Mel Gibson, Iñárritu es un artista del sadismo y Hollywood los adora a ambos: narradores grandilocuentes, profesionales, desalmados, técnicos, víscera y cerebro reunidos. La de Iñárritu no es cualquier crueldad. No se parece a la crueldad de Gaspar Noé, que en su dimensión infinita trasciende en un experimento repugnante; no son los baños de sangre de las historietas de Quentin Tarantino, ni los traumas psicológicos del cine de Lars von Trier, que guiona y filma como un dramaturgo. Es una crueldad hecha a medida de la máquina cinematográfica hollywoodense –del Fórmula 1– y explota al máximo el arsenal de recursos del cine de estudios. Es todo el sadismo que el dinero puede comprar, la crueldad como vector del entretenimiento serio.

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Rodar la película tuvo que haber sido una pesadilla. Desde el minuto uno Iñárritu se propone mostrarnos las dos únicas formas de lucha determinantes en la historia de la Especie: el hombre contra la naturaleza y el hombre contra el hombre. Los escenarios son algo nunca visto, fuera de serie. Olvídense de los retoques digitales de El Señor de los Anillos, o del meritorio retrato de la vida de frontera de Danza con lobos. ¿Cuántas horas de pre-producción se invirtieron para aprovechar unos pocos minutos de luz natural? ¿Cómo se hace para filmar en medio de un bosque inundado, arriba de una montaña? ¿Dónde encontraron locaciones así de prístinas, intactas? Esto es paisajismo HD y nos explota en la cara. Los árboles son altísimos, la nieve, gélida, y la fotografía apenas abarca los accidentes de una geografía que desconoce la escala humana. La larguísima, espeluznante y casi intolerable escena en que a DiCaprio lo despedaza un oso grizzli refresca nuestra memoria atávica de una de las modalidades privilegiadas de la muerte en el mundo natural. Lo repentino del ataque, anticipado por dos cachorros que pasan por un claro, la potencia de la bestia, puro músculo y peso y pelaje, estúpida y eficaz simplemente por la cantidad bruta de energía desatada, aterra tanto como sus fauces. “Nature, red in tooth and claw”, siguiendo la cita más conocida de Lord Tennyson.

Will Poulter portrays legendary mountain man Jim Bridger in the REVENANT. Copyright © 2015 Twentieth Century Fox Film Corporation. All rights reserved. THE REVENANT Motion Picture Copyright © 2015 Regency Entertainment (USA), Inc. and Monarchy Enterprises S.a.r.l. All rights reserved.Not for sale or duplication.

Y luego está la guerra de guerrillas, pre y para estatal. En ausencia del Leviatán reina la violencia artesanal del cuerpo a cuerpo, algo que el Lejano Oeste, las extensiones pampeanas en la época del Martín Fierro y la vida actual en las villas y en el interior de las cárceles de la Provincia de Buenos Aires tienen en común. Iñárritu, arrodillado ante el busto de Hobbes, como antes lo estuvo ante el de Darwin. En The Revenant los hombres matan para protegerse, matan por miedo, por defender un espacio o un recurso, para obtener la ventaja más mínima. Matan y mueren en la urgencia del corto plazo. La brutalidad pre-estatal es táctica e inmediata; la del Estado, estratégica, planificada. Durante miles de años la guerra, la cacería, el asesinato, el saqueo, la depredación y los negocios se confundían en un mismo repertorio de prácticas. Sólo muy recientemente la vida moderna, con sus códigos escritos y sus aparatos represivos, ha llegado a disociarlas y tipificarlas, y no sin pagar enormes costos. Que sean cazadores blancos, tribus de indios enfrentadas o mercenarios franceses que hacen pie en territorio americano en busca de pieles tiene poca relevancia. Matar, escapar; quebrarse y morir: las diferencias psicológicas individuales se reducen a la anécdota en escenarios de presión extrema, cuando las papas queman. En este juego binario, de todo o nada, The Revenant se acerca más a los fragores desesperantes del cine bélico que a los códigos del western. No hay  respiro. En varias escenas el caos de la lucha grupal, el capricho y la rapidez absolutos con que se va segando la vida y los extras caen como moscas –y la coreografía perfecta con que estas secuencias deben ejecutarse para que no parezcan impostadas– recuerdan a Rescatando al soldado Ryan de Spielberg, otro bebé de la máquina, a esos primeros 30 minutos cuando la cámara se mete de lleno en el desembarco en Normandía.

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Entonces, ¿por qué The Revenant no funciona? ¿En qué curva chocan el Fórmula 1? En realidad es muy simple. Para que el milagro de la supervivencia resulte creíble hay que cuidarse de cometer abusos. De lo contrario, estamos en una de superhéroes. Además de su round de lucha con el oso, a DiCaprio se lo llevan las aguas enfurecidas de un rápido, cae desde un acantilado, aguanta una tormenta de nieve adentro de un caballo muerto, lo entierran vivo. Como en El conde de Montecristo (que era un folletín) y como Rambo o Misión Imposible (que son películas de acción), todo lo supera. El hiperrealismo de cada escena de brutalidad, en particular, conspira contra el realismo general de la historia, un defecto que seguramente radica en el guion pero que se nota demasiado en el producto final. Llega un momento en que uno dice basta. Se supone que Iñárritu, quien en alguna entrevista calificó a las películas de superhéroes de “genocidio cultural”, hace otro tipo de cine. Hollywood es Hollywood, pero tampoco la pavada.

Aquí pueden leer un texto de Nuria Silva sobre la misma película.

Revenant: El renacido (The Revenant, Estados Unidos, 2015), de Alejandro González Iñárritu, c/ Leonardo DiCaprio, Tom Hardy, Domhnall Gleeson, Forrest Goodluck, 156′.


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