7-cajas-paraguay-goya3El Mercado 4 de Asunción del Paraguay es una Babel y un laberinto. Así lo parece en la mirada de Juan Carlos Maneglia y Tana Schemborí, los directores de 7 cajas. Un laberinto de promiscuidad, pobreza, compras, ventas, transas y trueques en donde todo cambia de manos permanentemente; el vértigo de una ruleta vital que fascina al espectador con su canto de sirenas.

Las citas mitológicas corren el riesgo de ponernos solemnes, y esa es la peor forma de abordar a la película paraguaya. Para conjurar ese riesgo digamos que Víctor (Celso Franco), el adolescente que recorre con su carretilla los pasillos del Mercado buscando changas, es el Teseo de esta historia, conocedor de cada uno de los recovecos de este laberinto sin centro y sin un Minotauro al que enfrentarse. La bestia sacrificial en cambio tiene múltiples cabezas que se suman vertiginosamente a cada vuelta de la trama.

7 cajas es una fiesta del género: el suspenso y la aventura en clave de comedia, como Indiana Jones pero en un único espacio, con héroes cotidianos y un aire engañosamente naturalista en el que las cajas juegan durante buena parte del desarrollo el rol de siete McGuffins a los que el azar y la avaricia zarandean de un lado a otro.

El laberinto geográfico del mercado se corresponde con el del guión y sus calculados puntos de giro que, atravesados por la Babel de idiomas, recorren, impulsan y complican gratamente la historia; al dulce sonido del guaraní se le superpone el duro coreano y el ocasional castellano; a la jerga policial los filosos diálogos que alternativamente unen y separan a Víctor y su Ariadna, la pequeña Liz (una notable Lali González, descollante en un elenco inmejorable).

Laberinto sin Minotaruo, Babel sin torre, 7 cajas tiene la inteligencia de pasar por sobre discursos o moralejas, de zambullirse en la acción sin ninguna clase de inhibiciones, sustentada en ella como en el mejor cine clásico, pero consciente del cimiento social en que el que se asienta, al que le dedica una seca e implacable mirada: la pobreza, la promiscuidad, las redes del delito, que atraviesan todo el mundo que contiene estas siete cajas, son un presupuesto para que su historia exista.

foto-7-cajas-14-197Al mismo tiempo hay una historia de amor como soporte último de la narración, la de Víctor y Liz que, también a la manera clásica, la disimulan y subliman enfrentándose en diálogos mordaces y cargados de erotismo, mientras se juegan permanentemente el uno por el otro frente a las amenazas que surgen de los pasadizos. Víctor es la voluntad para salir adelante, Liz la inteligencia y la seducción, rasgos que se repite en la hermana de Víctor, seductora del coreano Jim, y se suman y fusionan en la travesti que comparte con éstos la cárcel.

Un implícito discurso feminista pone sobre los hombros de las mujeres protagonistas el sostén de este mundo pequeño y caótico de pícaros, delincuentes y asesinos. Un discurso cinematográfico y romántico mira desde los ojos de Víctor. La narcisística reproducción de su figura en cámaras de celulares, circuitos cerrados de televisión y en la reiterada imagen de Yesterday Once More de Johnnie To, la película que guía su educación sentimental por las callejuelas del Mercado 4 asunceño, abren y cierran el notable giro de 7 cajas. Un mundo nuevo, el de la comunicación virtual y la imagen reproducida, universalizada, personalizada y trivializada, pixelando todo con sus colores brillantes. Un mundo de siempre, aquel que pinta a su aldea con los colores del cine para contarnos otra vez las mismas historias de amor y ambiciones.

Aquí puede leerse un texto de Gustavo F. Gros y otro de Ignacio Izaguirre sobre la misma película.

7 cajas (Paraguay. 2012), de Juan Carlos Meneglia y Tana Schembori, c/Celso Franco, Víctor Sosa, Lali González, Roberto Cardoso, Paletita, 100′.


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