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Algo se esconde detrás de su supuesto humanismo campechano y derrotado, algo repta por debajo de la piel hermosamente fotografiada en blanco y negro de Nebraska: una mirada distante, inmisericorde, pero condescendiente, no hacia la familia protagonista (amorosamente arrullada en el devenir de la trama), sino hacia todo lo demás que la rodea, desde Montana hasta Nebraska. Sólo los paisajes vastos con llanuras que llegan hasta el horizonte se salvan de una cámara que encuentra todo feo, chiquito, gris. Una mirada de clase quiere hacerse pasar por relato objetivo, neutro, cargado de angustia existencial (las penas de la vejez parecen cruzarse en algún momento con las penas de la clase media baja). En un primer momento el espectador podría creer que todo lo feo (que es, básicamente, todo lo que muestra la cámara de Nebraska) se hunde en un gran magma de miserias humanas, para ser finalmente redimidas por la mirada sensiblera que se encarna en el personaje interpretado por Will Forte. Pero no es así: las miserias redimidas se seleccionan muy cuidadosamente y de las otras se burla con un recurso que se pasa de lo patético.

El falso humanismo de Nebraska es peligroso no por lo que tiene de falso, sino por lo que tiene de honesto: si algún mérito tiene Nebraska es que sabe mirar (o, mejor, sabe construir) al personaje interpretado por Bruce Dern, ese viejo alcohólico y despeinado, falsamente antipático (el espectador no puede sino sentir simpatía por su figura desde el primer momento, aunque más no sea por su evidente desprotección) que se irá desplegando con el correr de la película gracias, fundamentalmente, a los relatos de terceros que vienen a llenar esa figura hosca, de pocas palabras, a la cual no conocemos pero que tampoco conocen sus propios hijos.

Woody Grant no es un personaje complejo ni tampoco un personaje bien desarrollado (es apenas el único completo de toda la película), y ni siquiera es un personaje querible. Y ese es su mayor mérito: detrás de su gruñonería y su monomanía no se esconde prácticamente nada; el viejo es lo que es y probablemente sea más grande y más importante que la película que lo contiene. Sin embargo, si el espectador sale de Nebraska conmovido por una sensación de justicia poética alcanzada no se debe a que haya descubierto un corazón tierno debajo del caparazón arrugado, sino a que ha sabido calzar (tal como pretendía la película) con la mirada del hijo, David Grant. El agua tierna y amansadora que baña las orillas del personaje del viejo mala onda es el amor filial, esa mirada que palpita de forma evidente a lo largo de toda la película, aquella única característica positiva que ofrece la película dentro de este universo humano. Sólo el hijo (el menor, el fracasado, el que tiene piel de porcelana, el que solamente puede conseguir una novia gorda y un trabajo de mierda) acarrea la suficiente compasión como para tratar de tratar bien al viejo. Esa sensibilidad es la que habilita todo el relato: es la que permite el viaje a Nebraska, es la que se interesa por perseguir las huellas del pasado olvidado de su padre y su familia, la que se queda sentada junto a la cama del hospital cuando todos los demás siguen con sus vidas, la que maneja despacio, la única que no está conforme con sentarse en familia en silencio frente al televisor como sustituto de la interacción humana. La verdadera historia de Nebraska no es la del viejo Woody (que ni siquiera termina de entender lo que está pasando) sino la historia de esa sensibilidad que atraviesa medio Estados Unidos para enterarse de que su padre alguna vez fue una persona y de que a las personas les interesa la guita. Excepto a su padre.

Nebraska-5Nebraska no tiene ninguna deuda para con la familia protagonista: incluso hasta le concede un rincón de humor y aventura que nos recuerda vagamente lo que es la vida. Todos los malos tratos y las pequeñeces se justifican desde el momento en el que la vieja quejosa le da un beso a escondidas a su marido senil o cuando los hermanos se unen para defenderse del ataque que viene de afuera. Esa dinámica de relaciones estancadas pero cercanas es el humanismo real de Nebraska.

El problema es que para llegar finalmente a esa redención familiera, la película tuvo que construir una larga pasarela de personajes feos, gordos, tontos, ignorantes, aburridos, miserables, rencorosos e interesados, que sólo saben sonreír cuando creen que van a recibir plata. Nadie se salva: ni los amigos, ni la familia, ni los desconocidos, todos merecen el castigo simbólico de una camioneta nueva que se pavonea como muestra gratis de esa gran fortuna que no van a compartir. La fortuna (nos quiere hacer creer Nebraska) es simbólica; lo que verdaderamente posee esta familia y que ningún otro ser que camina o se arrastra por este mundo posee (con excepción de una vieja novia) son los sentimientos. Los Grant son especiales porque se quieren y todo lo demás sirve apenas como lugar del cual escapar. Woody (nos dicen una y otra vez) era demasiado bueno y por eso se arruinó; su hijo es demasiado bueno y por eso su vida es un espanto (del cual quiere escapar) y por eso le presta atención a su viejo ex demasiado bueno.

La aristocracia de los sentimientos, sin embargo, parece esconder otro tipo de distancias. Un verdadero humanismo no se limita a darle sus razones de ser sólo a unos mientras olvida a los otros en el más plano retrato clasista.

Aquí pueden leer un texto de Ignacio Izaguirre sobre esta película.

Nebraska (Estados Unidos, 2013), de Alexander Payne, c/ Bruce Dern, Will Forte, June Squibb, 115’.


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