ap110608074727_custom-db373f0370bf518ef429bb19e7ed66c05855bcf1-s6-c30Star Trek 2 funciona. Está bien, se disfruta, genera entusiasmo y tiene una vibración particular que la convierte en un maravilloso paseo por lo mejorcito del mainstream actual. Todo muy lindo,  todo muy preciso y todo muy craneal, quizás demasiado craneal para una película que se presenta como una aventura a golpe de hormona. La película está dirigida por J. J. Abrams y es el eslabón moderno de una franquicia que está por cumplir los 50 años. Abrams es, al menos para los productores de la película, la cara moderna de una antigüedad que necesita reinventarse prestándole atención al canon audiovisual actual. Y lo consigue, porque ambas Star Trek no sólo son grandes películas, sino que incluso lograron contagiarle el entusiasmo por Kirk y compañía a una generación de espectadores que ni sabe qué corno es La ira de Khan. Pero detrás de ese triunfo artístico y comercial que supuso Into the Darkness, Abrams sonríe para las cámaras, en un ejercicio de estrellato que lo termina por hacer desaparecer como autor. Su mano, su forma de ver el mundo, se pierde en una trituradora empresarial que entiende el cine como un arte de lógica carnívora, que se engulle artistas para vomitar productos cada vez más impersonales. Muchas franquicias fílmicas se convirtieron en la actualidad en eso, en aparatos que con precisión arrojan directores que terminan por perder su firma.

J. J. Abrams es conocido principalmente por Lost, la mítica serie televisiva que aportó un enorme grano de arena en la comunicación entre espectador y televisión, cambiando  notablemente la forma de ver tele, pero no sólo por esto puede decirse que Abrams tenga un mundo personal (y menos en ese tipo de series, en la que meten mano decenas de guionistas. Brian K. Vaughan, uno de los tantos guionistas de Lost, tiene en las historietas un universo muy personal que en la tele pasa desapercibido). Decía, no por hacer Lost, Abrams es necesariamente un autor, pero sí es innegable que algunos ladrillos de una mirada se construyeron en esa serie, una mirada que erráticamente comenzó en la serie Alias y que amagó en consolidarse con el film Super 8. Pero Hollywood lo devoró, exigiéndole más y más de lo mismo, deformando y deshaciendo este proyecto de autor. Ahora,  ¿esto es culpa de la industria? Obviamente que no. Holywood factura millones, pero es el  realizador el que se define como autor o no.

sam-raimi-photographA partir de esta concepción, los realizadores que en Hollywood facturan millones, pueden definirse en dos grupos: los que saben trabajar a partir de una mirada propia, y los que se entregan a las franquicias, haciendo a un lado sus intereses personales. Y ojo, que trabajar con mundos preconcebidos no implica necesariamente olvidar las firmas personales, que ahí está Sam Raimi y su versión de Spider-Man para probarlo.  Pero en la vereda opuesta, están estos directores que, apabullados por el éxito de franquicias ajenas, terminan dejando en un segundo lugar sus propios proyectos. Siguiendo la estela de Abrams, vuelvo a detenerme en Súper 8. Esa película, sin ser una obra maestra, revelaba algunos de los intereses de Abrams como cineasta, que a vuelo de pájaro fácilmente podían conectarse con Spielberg y el cine de aventura de los ochenta, cargado desde la óptica de J. J. de una amargura espesa, conectada a un período de transición amargo. Pero hasta ahí llegamos, no hay nada más, no hubo una seguidilla fílmica que continúe la construcción de Abrams, porque ahí ya estamos hablando de Star Trek 2, y en dos años hablaremos de Star Wars 7, y en 10 años de otras películas que probablemente vayan acompañadas de un 6, un 9 o un 42, ni importa, porque lo que sucede es que estos directores se evaporan entre tanto capítulo. La misma idiosincrasia de las sagas fílmicas muchas veces tendieron a ocultar la figura del director para priorizar la figura del protagonista, ¿o acaso ahora alguien recuerda quién dirigió Rambo III? Claro que hay excepciones (Aliens), pero son las menos.

El peligro está en que hay directores que se entusiasman tanto ante la posibilidad de agarrar figuras enormes, que terminan perdiendo identidad cuando apenas comenzaban a construirla. De J. J. Abrams se habla a veces como una especie de continuación lógica de Spielberg, un tipo que entiende y representa el equilibrio justo entre cine industrial y cine artístico (dos categorías imposibles que representan una forma caprichosa de entender el cine). Pero incluso esa ridícula mirada es una mentira grande como la Enterprise, porque de Abrams, a pesar de tener algunas películas en su haber, aún no sabemos nada, no lo conocemos, lo único que comprendemos es que los grandes empresarios (esos lobbys con 50 tipos de traje y corbata que deciden con qué mano Kirk debe agarra una taza de café) se sienten cómodos laburando con él. Y es probable que Abrams también se sienta cómodo trabajando con ellos. Ser más un Michael Bay y menos un Spielberg.

Joss-Whedon__120808043648-275x439En otro lugar, existen directores que son el reverso opuesto, tipos que pueden camuflarse para construir con ladrillos ajenos, casas propias, y gambetear el lobby ejecutivo con elegancia para hacer lo que se les cante. En ese lugar está Joss Whedon, él es por lejos la antítesis de alguien como Abrams. Whedon dirige una película como Los Vengadores (pico del Everest cinematográfico Marveliano) y puede traficar debajo de ese tanque todo terreno una mirada personal, reconocible para el seguidor de Joss, pero invisible para el desconocedor del universo Whedoniano. Y hay otra diferencia enorme entre los directores del tipo Abrams versus los del tipo Whedon, y es que los miembros del segundo grupo, tienen un amor honesto por los personajes con los que les toca trabajar. Solamente así un director puede encontrarse a sí mismo en universos ajenos, porque en su educación sentimental se encontró con esas criaturas a las que ahora debe dirigir. Y acá de nuevo aparece Raimi, un tipo al que le creemos cuando dijo, en las seis millones de entrevistas que concedió al estreno de la primera Spider-Man, que él realmente amaba al personaje, porque Peter Parker, desde la visualidad de las historietas de Ditko y Lee, formaron el paladar de un joven Raimi. Y con Whedon pasa lo mismo: su amor por el grupo, por los personajes femeninos y por las convenciones de los géneros clásicos, lo llevó a comprender el universo de Los Vengadores y poder seguir una temática propia que no se daba patadas con el hecho de dirigir el tanque más importante que parió el 2013. Incluso Whedon, a diferencia de Abrams, no abandonó sus proyectos personales, y ahí está Much Ado About Nothing para probarlo, un film-ejercicio estilístico en el que recreó en plan intimista la obra homónima de Shakespeare, rodeado de sus amigos y filmada en una casa de campo con una cámara de dos mangos. Según el propio Whedon, la idea de concretar esa película (que hizo en menos de 15 días), tuvo que ver con la necesidad de armar un proyecto pequeño en los ratos libres que le dejaba el rodaje de Los Vengadores. Ahí están ambos mundos, el del mainstream más absoluto a la par del espíritu indie, ambos equilibrados en la cabeza de un director que sabe concretar obras maestras en el terreno que se le cante. Insisto,  es un sinsentido pensar que el problema es Hollywood (argumento gastadísimo), el tema está en el espíritu de cada director, que en algún punto de su  carrera debe elegir cómo quiere trabajar y si realmente vale la pena aceptar sin discutir los mil y un caprichos de los ejecutivos dueños de la franquicia. La ironía está justamente en el  modelo propuesto por Whedon, que a pesar de tener menos “pantalla”, termina por sellarle a sus películas una impronta mucho más personal que la de tipos como Abrams, cuyas películas terminan por ser tan buenas como huérfanas.


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