Conjuros del más allá podría haber sido una gran película. Tiene todos los ingredientes para transformarse en una historia de terror clásica: el tratamiento del suspenso y cierto gusto por la violencia no gratuita, que en la primera hora logra atraparnos gracias a una clara idea sobre lo siniestro. La puesta en escena remite a un pasado cercano en el que no existían los celulares, y a su vez nos conecta con una época dorada del terror en la que Carpenter era el rey absoluto, referencia ineludible del género para estos jóvenes directores de 30 años que aún siguen teniéndolo como faro ineludible a la hora de pensar el cine de terror (y lo bien que hacen).

Carpenter y el recientemente fallecido George Romero son, sin dudas, los autores más importantes con los que la película dialoga, y sobre los que se asientan sus principales virtudes. La idea del héroe colectivo y de desconocidos que deben vincularse obligados por las circunstancias es la que tracciona la acción frenética del primer tramo, en el que una violencia inesperada y bestial (como en el cine de Carpenter) se conjuga con un humor áspero, generando una átmosfera extrañada. Ese pueblo atemporal en el que un lánguido y bucólico protagonista debe enfrentarse a una horda de desconocidos, que remiten notoriamente al KuKluxKlan y que terminan recluyéndose en un hospital para defenderse de esa fuerza demoníaca, es construido con suma pericia como si se tratara del espacio de un western. El  único orden que  impera, y surge  en esa comunión de voluntades unidas en la adversidad, es el de la más pura supervivencia, y es construido teniendo como referencia la saga de los muertos vivos de Romero. Surge así  un estado de excepción que lleva a los individuos a tener que pactar un nuevo contrato precario para mantenerse con vida, para lograr este cometido primario: trasgredir la ley o fundar una nueva.

No hay, por otra parte, una relectura cínica del género, como las que surgieron a fines de la década del 90 siguiendo la estela de Scream. No hay parodia, ni miradas postmodernas, sino todo lo contrario: hay un deliberado y consciente esfuerzo por construir un relato clásico, en el mejor sentido de esta palabra. La película de Gillespie y Kostanski no juega al pastiche postmoderno, a pesar de que utilice referencias variopintas a la hora de vertebrar la narración. La situación de encierro y de reordenación ante la ausencia del Estado nos permite asociar la película con la saga de los muertos vivos, pero esa situación es aprovechada a su vez  para generar una trama sólida y para construir una lectura personal de lo que representa hacer una película de terror contemporánea.

Entonces, tenemos a un grupo encerrado en un hospital (un grupo de díscolos héroes anónimos obligados por las circunstancias a pactar una nueva y efímera legalidad) y una amenaza indeterminada y muy precisa afuera de ese hospital. Tenemos también una serie de muertes muy violentas y escenas muy logradas en la construcción de esa violencia, que irrumpe de modo brutal golpeando la mandíbula del espectador. Podríamos pensar que la metáfora boxística es la adecuada para pensar las virtudes de la película: es el golpe en el rostro que sacude la buena conciencia del progresismo cinéfilo y ese gusto por lo políticamente incorrecto una de las mayores virtudes de Conjuros del más allá.

El campo de batalla donde se desarrolla la trama y la tristeza que envuelve a las acciones -lo cual favorece la construcción de un clima opresivo- es lo que permite que la película represente una forma de hacer terror que hoy prácticamente ya no existe. El mainstream deja de lado, cada vez más, las atmósferas, los climas y la construcción de la historia para hacer hincapié en los efectos especiales y en los sustos prefabricados. En este contexto, Conjuros del más allá privilegia la historia por sobre los artificios, sin quedarse en el mero guiño canchero.

Si al comienzo utilizamos la metáfora boxística para destacar las virtudes de la película, para la parte final podríamos bien utilizar la metáfora futbolera. Como en el fútbol, las virtudes insinuadas al principio tienden en el último tramo de la película a un barroquismo esotérico que aturde y agobia al espectador. El quiebre es notable: por momentos roza el ridículo y la resolución de la trama desemboca en una inconsistencia que dilapida todo lo generado hasta entonces. Es como en el fútbol, cuando se generan muchísimas llegadas al arco rival pero el 9 no se encuentra iluminado y marra todo lo elaborado con paciencia por el equipo. Así se malogra todo posible homenaje al género, y el final tiende al desbordante cocoliche, barroco y surrealista, que  perjudica la solidez narrativa mostrada hasta ese momento. Como decía mi viejo: de buenas intenciones está empedrado el camino del infierno.

Conjuros del más allá (The Void, Canadá, 2016), de Jeremy Gillespie y Steven Kostanski, c/Aaron Poole, Kathleen Munroe, Ethan Wang, Kenneth Welsh,  90′.


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